Del Avellano al Rinconcillo

La historia literaria de Granada está conformada por una serie de lugares en los que los 'culturetas' de la época se rendían a la bohemia y a la tertulia

JUAN LUIS TAPIA
Imagen de la sala de tertulias y exposiciones situada en la redacción de 'El Defensor'./
Imagen de la sala de tertulias y exposiciones situada en la redacción de 'El Defensor'.

GRANADA conserva aún algunos de los lugares que fueron escenarios de estampas protagonizadas por los escritores del momento. El recorrido va desde los cármenes albaicineros, a la Fuente del Avellano, el Café Alameda, las ventas del extrarradio y a la Alhambra, un monumento que pertenecía a la vida de la ciudad.

La Granada literaria del XIX es la de las tertulias en cafés, redacciones de los periódicos y cármenes del Albaicín. La Alhambra y la fuente del Avellano tendrán un papel importante en el mundillo de las letras de aquellos 'modernos' granadinos.

Uno de los primeros dinamizadores de la vida cultural será el escritor Antonio Joaquín Afán de Ribera, quien a su buena pluma unía su fama de conquistador. El escritor era el alma de las tertulias que se desarrollaban en el conocido e histórico Carmen de las Tres Estrellas. Todos los domingos acudían a la cita de Afán de Ribera autores como Francisco Seco de Lucena, Ángel del Arco, Gabriel Ruiz de Almodóvar, Rafael Gago Palomo, José Ventura Traveset y Nicolás María López Calera, entre otros. Las conversaciones literarias llegaron a tener tanta fama que incluso eran reproducidas en la prensa local del momento. El carmen era una casa morisca en la que, a tenor de Melchor Fernández Almagro, no sólo se hablaba de letras, porque era un lugar para 'Las Tertulias de Academo y del Amor', «organizadas por un siempre epicúreo y sibarita Afán de Ribera».

El Carmen de los Cipreses es otro de los espacios de esparcimiento de este grupo de escritores finiseculares. Nicolás María López adquiere el antiguo Carmen Fajardo, donde recibirá las visitas de amigos y compañeros del mundo de las letras.

Aquella Granada será el escenario de las correrías juveniles de escritores como Francisco Villaespesa e Isaac Muñoz.

Orgías

Este último residía en un carmen de la Alhambra, en el número 34 de la Calle Real, donde según el mismísimo Villaespesa «celebraban orgías que escandalizaban a los burgueses y a los beatos de la ciudad. Decían misas negras, celebran cópulas en ataúdes con prostitutas vestidas de monjas, bebían vino en calaveras, se paseaban por la ciudad vestidos de moros... Isaac se gastaba en aquellas locuras el dinero que su padre, coronel de Intendencia en Ceuta, le mandaba para sus estudios».

Las reuniones se celebran alrededor de botellas de manzanilla, de jerez, de coñac y de anís, pero sobre todo de ajenjo, que será la bebida de moda entre los modernistas. La Cofradía del Avellano, con Ganivet a la cabeza, será uno de los espacios elegidos para escanciar un buen aguardiente. Fue el desaparecido Francisco Izquierdo quien desmitificó el tópico mojigato de que iban a tomar las aguas de la fuente a los pies de la Alhambra, para decir que aquellos cofrades acababan por los suelos.

«En torno al río Darro se sitúa otro fingimiento, el llamado 'La hidráulica con dos patas', que se refiere a todas esas historias que cuentan que los miembros de la Cofradía del Avellano iban a tomar las aguas de aquella fuente, cuando pillaban unas borracheras de mucho cuidado. Ganivet llevaba garrafas de orujo de Diezma a aquellas reuniones», escribió Izquierdo en 'La Granada fingida'.

Es fácil de imaginar la escena campestre junto a la fuente en la que Rusiñol bien podría estar enfrascado en el orujo junto a Ganivet, Ruiz de Almodóvar y López Calera, entre otros. La escena también se repetía, pero con otros caldos, en alguna taberna flamenca de los barrios del Albaicín y el Sacromonte.

La Acera del Casino

El ambiente de la Generación del 27 tendrá su núcleo en el Centro Artístico Literario y Científico de Granada, en la Acera del Casino, donde hoy se encuentra el Centro Cultural de CajaGranada. La asociación cultural conserva hoy unas salas en el edificio del Teatro Isabel la Católica, pero nada parecido al viejo esplendor, donde se encontraba 'la pecera', un salón acristalado desde el que se observaba a los socios culturales habitualmente leyendo la prensa nacional y granadina.

Su viejo anfiteatro, convertido hoy en sala de exposiciones y conferencias, fue escenario de la edad de oro de las letras granadinas y de las pugnas culturales entre las rancias plumas y los nuevos aires de una serie de jóvenes vanguardistas muy críticos con 'los putrefactos'.

Fernando de los Ríos, quien fuera presidente del centro, recuerda cómo allá por 1915 se levantó de su despacho al escuchar al piano una sonata de Beethoven y quiso ver quién era aquel intérprete. Ante el piano se presentó un joven de cabello negro y elegantemente vestido, que se presentó con el nombre de Federico García Lorca.

No obstante los creadores e instigadores del ambiente literario serán los periodistas Constantino Ruiz Carnero y José Mora Guarnido, quienes vertirán desde sus artículos sosa cáustica contra la adormecida y enquistada situación cultural de Granada, un enclave que aún tenía como próceres de las letras a Villaespesa y a Manuel de Góngora.

La Acera del Casino era el 'territorio comanche' de las letras y el Café Alameda, el centro de operaciones de los jóvenes valores y de los periodistas emprendedores. García Lorca residía en la misma calle y era habitual encontrárselo en los cafés de la época junto a sus amigos, como el Royal, en plaza del Carmen y en el viejo Suizo. No todo eran vino y versos, porque Lorca frecuentaba el dispensario de Aguas de Lanjarón de la calle Reyes Católicos.

Rinconcillo

El centro de todos los centros de aquellos 'culturetas' de los años veinte era el Café Alameda, que estaba en la Plaza del Campillo, en una casa que hoy se encontraría junto al restaurante Chikito. Mora Guarnido describe el ambiente de aquel lugar en el libro 'Federico García Lorca y su mundo'. «Por las mañanas y hasta las primeras horas de la tarde, sus clientes eran los bravucones de los Mataderos, la Pescadería y el Mercado de Abastos, gentes de pelo en pecho, que iban a sus negocios; por las tardes y noches, acudían allí los torerillos, los aficionados al flamenco, tocaores y cantaores del café cantante La Montillana situado en las cercanías, abastecedores de chulos y amigos de La Manigua, y el público del Teatro Cervantes (entonces en Plaza del Campillo), donde se representaban zarzuelas y números de corte erótico a últimas horas de la noche. Narra Mora Guarnido que en esa marea ambiental se situaba un quinteto de piano e instrumentos de cuerda que daba todas las noches conciertos de música clásica. Precisamente, en el fondo del café, detrás del pequeño tablado donde actuaba el quinteto, había un rincón lo suficientemente grande para acoger a dos o tres mesas. Allí se reunían los s'rinconcillistas». La ginebra, el ron y el vermut eran las bebidas favoritas de aquellos jóvenes, y por supuesto la manzanilla, concretamente de la marca La Guita. Federico García Lorca era muy aficionado en aquellas tardes a tomar un café con un buen 'chorreón' de ron motrileño.

El personaje dinamizador, como se diría en la actualidad, de aquellas reuniones era Francisco Soriano Lapresa, un hombre leído y escandalizador de la 'carcundia', que abastecía a los jóvenes de literatura rusa y de lo último de la música europea contemporánea. Al grupo se sumaba Melchor Fernández Almagro, Antonio Gallego Burín, Miguel Pizarro Zambrano, el filólogo José Fernández-Montesinos, José María García Carrillo, Fernando de los Ríos, el arabista José Navarro Pardo, Manuel Ángeles Ortiz, Ismael González de la Serna, Hermenegildo Lanz, Juan Cristóbal, Ramón Pérez Roda, Luis Mariscal, Francisco García Lorca, Ángel Barrios y un jovencísimo Andrés Segovia.

Burdeles ilustrados

La Manigua era otra de las zonas frecuentadas por los escritores del momento. Los chicos de bien de Granada solían iniciarse sexualmente en los burdeles de un barrio que se encontraba en las calles adyacentes a la actual de Ángel Ganivet y San Matías, donde aún hoy se encuentran algunos locales. Muchas de aquellas casas eran excepcionalmente lujosas. La Bizcocha era una de las madames más afamadas. Cuenta el amigo de Lorca, Miguel Cerón Rubio, quien frecuentó asiduamente el ambiente del lupanar granadino, que al poeta le horrorizaba aquella zona.

No obstante, Manuel Ángeles Ortiz señalaba que en varias ocasiones acudió a La Manigua con su gran amigo desde la infancia, García Lorca, pero para buscar a viejos cantaores con motivo del Festival de Cante Jondo de 1922.

El 'Sevilla' y Góngora

El restaurante Sevilla, junto a la Catedral, es el centro de las reuniones gastronómicas, además de alguna venta que otra a las afueras de la ciudad, donde degustaban un rico conejo al ajillo, y «siempre pagaba Federico», recordaba el ya desaparecido Eduardo Rodríguez Valdivieso.

Será en el céntrico y antiguo establecimiento donde se desarrollará la famosa anécdota de Dámaso Alonso sobre Góngora. García Lorca acordó con un camarero del 'Sevilla que se aprendiera un poema de las 'Soledades' del poeta del Siglo de Oro. Fue entonces cuando Lorca le dijo a Dámaso que en Granada no era necesario recuperar a Góngora y que todo el mundo en la ciudad tenía bastante conocimiento de sus versos. «Ven aquí», le dijo Lorca al camarero, quien recitó uno de los poemas. «Ves, Dámaso, cómo es cierto lo que decía», le comentó el poeta granadino. Estas y otras muchas anécdotas corrieron frente a unas buenas croquetas y jamón serrano regado con manzanilla de Sanlúcar.

jltapia@ideal.es

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