Luto por el cine independiente

El Aliatar era de las escasas salas de Granada que proyectaban películas distintas a las del circuito comercial

JESÚS LENSGRANADA
Fachada del cerrado cine Aliatar, en la calle Recogidas. / J. E. G./
Fachada del cerrado cine Aliatar, en la calle Recogidas. / J. E. G.

«Y hoy me pregunté, después de tanta destrucción, ¿dónde diablos jugarán los pobres niños?». Así se lamentaba el grupo mexicano Maná de la desaparición de los parques públicos de su país, con las siempre penosas consecuencias que de ello se derivaban. Y así podrían llorar los amantes granadinos del cine, el definitivo cierre de las tres salas del Aliatar, no por cantado, menos lamentable.

Granada es -o aspira a serlo- la gran ciudad cultural de Andalucía y en cada uno de sus rincones se respira el aliento poético de la creatividad o el arte. Pero, en silencio se han cerrado los cines del Alcampo primero e, inmediatamente después, las tres salas del Aliatar, sin olvidar la reciente desaparición de los cines motrileños.

Si el cierre de un cine siempre es triste, lo del Aliatar resulta especialmente trágico. Porque el Aliatar (junto al Granada 10) era el único lugar en que los granadinos tenían la posibilidad de ver a diario un tipo de películas distintas, que se salían de lo normal, diferentes y a contracorriente. Y no es sólo que de vez en cuando pusiesen cine en versión original subtitulada, es que en sus pequeñas salas se podían ver las películas premiadas en los grandes festivales, acreedoras de Leones venecianos, Osos de Berlín, Conchas de San Sebastián y, por supuesto, Palmas de Cannes.

Por el Aliatar ha pasado el cine positivistamente reivindicativo del israelí Amos Gitai y sus paseos emocionales por Palestina, la tortuosa historia de los niños kurdos que vieron cómo el sueño de la liberación americana se tornaba en pesadilla en la sencilla y escalofriante 'Las tortugas también vuelan', el 'western' asiático de 'Himalaya' o la fascinante 'La gran final', sobre el fútbol como gran acontecimiento global de este siglo.

Historias fascinantes

En el Aliatar, en fin, los cinéfilos han podido disfrutar del acento porteño de esas pequeñas películas argentinas que apelan a lo mejor del ser humano. Desde Sorín y su perro Bombón a las largas veladas en la ventosa Patagonia que contara Alejandro Agresti. Los espectadores han sufrido con las tremendas historias de Arturo Ripstein, narradas en un mexicano tan fascinante como cerrado, necesitando de subtítulos los espectadores españoles para seguir los diálogos tremebundos de los protagonistas.

Y todo eso se ha terminado. Premonitoriamente, una de las últimas películas exhibidas en el Aliatar se titulaba 'De latir mi corazón se ha parado'. Ahora que llega a Granada un Festival de cine africano y oriental para abrir una ventana a los exóticos aires de otros continentes, se cierra la única puerta que permitía atisbar con una cierta habitualidad las películas que se hacen fuera de EE UU.

Granada está de luto. Granada es hoy mucho más pobre que ayer. En Granada se acaba de cerrar la única muestra de excepcionalidad cultural cinematográfica que quedaba vigente. La ciudad entona su particular réquiem por una forma distinta de entender la exhibición cinematográfica.