Lula Gómez, periodista: «Yo estoy fuera; en Perú las presas, culpables o no, viven en la miseria»

Lula Gómez relata su estancia en una cárcel peruana por el 'delito' de compartir nombre con una 'narco'

INÉS GALLASTEGUIGRANADA

La periodista Lula Gómez (Madrid, 1970) llegó a Perú el 4 de abril de 2004 dispuesta a pasar las vacaciones de Semana Santa en Machu Picchu, pero en el aeropuerto de Lima la detuvieron acusada de tráfico de estupefacientes. No llevaba drogas en su equipaje y en su anterior estancia en el país andino contaba con 2 años de edad. Sin embargo, sobre ella pesaba una condena de 8 años en rebeldía. Su delito: compartir el nombre y los dos apellidos con una tal Isabel Gómez Benito -real o inventada- a la que que, casi diez años antes, otra mujer había enviado desde Perú a un domicilio de Móstoles dos cartas con cocaína. Por el 'gravísimo crimen' de homonimia fue enviada a la cárcel de Santa Mónica, en Chorrillos, donde compartió una celda de 5 por 5 metros con otras 70 mujeres. La movilización de su familia, de la Interpol y de la propia Defensoría del Pueblo peruana, unida a la repercusión de este error judicial en los medios de comunicación, lograron su liberación casi dos semanas después. Incluso fue recibida por el entonces presidente peruano, Alejandro Toledo. Al salir, quiso contar su terrible experiencia, no tanto por ella como por prestar su voz de privilegiada ciudadana del Primer Mundo, de «gringuita» -como la llamaban en el penal de Chorrillos- a sus compañeras de presidio: terroristas, traficantes, 'camellas', prostitutas o simples rateras, pero casi siempre pobres y, en cierto modo, víctimas. En Santa Mónica, recuerda Lula, compartió con ellas el hambre, la suciedad y el pisoteo de derechos. Y en medio de tanta miseria, conoció la solidaridad y la amistad. De todo ello habla 'Condenadas al silencio' (Espejo de tinta, 2006).

-¿Cuándo tuvo más miedo?

-Cuando en los juzgados me dijeron que iba a ingresar de forma inmediata en prisión, en contra de lo que me había comentado mi abogada. Fue un momento de terror y se me cayó el mundo encima. Lo que en un principio podían ser unas horas en una comisaria o unos calabozos se había hecho firme: era una condena real de ocho años de prisión. Otro momento duro fue cuando ya llevaba mas de diez días en la cárcel y, a pesar de la presión de mi familia, los abogados y el Defensor del Pueblo, mi hermano -que había viajado a Perú tras mi detención- vio que no podía sacarme de allí.

-Visto con perspectiva, ¿qué fue lo más doloroso?

-No me parece productivo recrearme en el dolor. Prefiero mirar para adelante y quedarme con esa lectura: estoy fuera. No me parecería justo pensar qué mal lo pasé cuando finalmente estoy fuera y hay personas que, culpables o no, están viviendo una situación de miseria en la cárcel.

-En el libro cuenta que, tras su detención, estuvo dos días sin comer ni beber. ¿En algún momento pasó sufrimiento físico?

-El sufrimiento físico y el psíquico van ligados. Las primeras 48 horas no se me dio de comer ni de beber nada, pero eso me podía haber pasado también en España. La ley no dice que haya que alimentar a un detenido en comisaría. Normalmente son las familias las que se acercan con agua y víveres. En mi caso, como estaba más sola que la una, pasé hambre y sed. Mis compañeras me facilitaron leche y líquidos. En ningún momento hubo violencia física; nadie me levantó una mano, y eso me tranquilizó, pero mi angustia era tal que casi era peor el terror psíquico: '¿Voy a salir de aquí?'.

-En Perú tuvo relación con varias presas, entre ellas terroristas de Sendero Luminoso y narcotraficantes. ¿Cree que esa conexión habría sido posible en libertad?

-Ninguna de las setenta que estábamos allí sabíamos cuándo íbamos a salir. Teníamos la misma comida, la misma angustia, los mismos miedos... Como periodista, no hubiera podido vivir esa experiencia ni sentir lo que ellas, por mucho que me contasen. Para mí no eran presas; eran personas. Tenían su nombre, y el apellido era el delito del que les acusaban. Allí todas éramos iguales.

-El mundo es machista y los países pobres suelen serlo aún más. ¿Cree que la situación de las reclusas es peor que la de los hombres?

-No lo sé. Sé que la cárcel de hombres de Chorrillos es durísima. Yo percibí una solidaridad muy grande entre mujeres: nosotras intentábamos ayudarnos. Por lo que me han contado, en las cárceles de hombres eso es ficción, y las relaciones en las celdas son muy duras. Hasta la literatura y el cine cuentan otras cosas de las cárceles de hombres que yo no viví... y me alegro muchísimo.

-¿Qué le llevó a escribir el libro? ¿Pretendía denunciar como periodista las violaciones de derechos humanos o más bien prestar su voz a mujeres a las que nadie escucha?

-Cuando salí de allí sentía la necesidad de contar, por ser una privilegiada. Sentía que en mí se había cometido una injusticia, pero que había una injusticia todavía mayor hacia esas mujeres que simplemente por ser pobres quedaban condenadas al silencio. No soy juez, menos mal. Cuento lo que vi; no puedo decir si habían cometido delitos o no, si tenían droga o no. Cuento historias de miseria, de mujeres que no son escuchadas jamás, que no tienen derechos ni oportunidades por ser de un país pobre. Me parecía importantísimo darles la voz.

-Su situación era kafkiana...

-Totalmente. Así lo sentí desde el primer momento. Cuando me detienen y pido que comprueben mis huellas -y no hay huellas-, cuando pido que verifiquen si he estado alguna vez allí, cuántas Isabel Gómez Benito hay en el mundo... No sabía que legalmente existía algo llamado homonimia, pero me parecía absurdo que me detuvieran sin comprobar nada de todo eso. Y después descubrí que a la tal Isabel Gómez Benito le acusaban de que le habían enviado dos sobres con cocaína... no tiene lógica. Me daban ganas de mandar un sobre con cocaína al señor Alejandro Toledo, el presidente de Perú entonces... Era todo absurdo.

-¿Ha sentido curiosidad por saber quién es la mujer con la que le confundieron?

-Es muy fácil que no exista. Si yo estuviese en ese negocio y recibiese cartas con droga, nunca pondría mi nombre: pondría mi dirección, pero con otro nombre. No creo que sean tan tontos. Puede que fuera un nombre aleatorio o, como decían las propias presas, un nombre libre de carga penal vendido en el mercado negro.

-Si el error no se hubiera subsanado en pocos días, ¿habría tenido fuerzas para aguantar en ese penal los ocho años de condena?

-Salí en trece días, pero hubiera sido posible que me quedase dos meses, tres, hasta seis... Pero ocho años... me hubiese derruido. Además, creo que nunca hubiese cumplido ocho años: es lo que te da ser del Primer Mundo, tener familia, recursos para pagar abogados...

-¿Ha vuelto a Perú?

-Mi salida de Perú fue alegal: tenía un certificado de excarcelación y para salir necesitaba además que se anulasen las órdenes de búsqueda y captura. Pero en dos de los cuatro juzgados de Lima que emitieron las órdenes se había perdido mi expediente. El problema es que la propia Interpol me estaba diciendo que saliera del país lo antes posible porque la cosa se podía complicar. Y mi mochila todavía no la tenía yo: en ella podría aparecer cualquier cosa... Cuando me recibió el presidente Alejandro Tolero, me pidió disculpas y me preguntó qué podía hacer por mí, le dije que agilizar mi salida. Fui al aeropuerto acompañada de representantes del Ministerio de Exteriores, del Ministerio de Interior, del Defensor del Pueblo, de la Embajada española y de la prensa. Al presentar mi pasaporte volvió a saltar la alarma, pero ya había una orden para que yo saliera del país. Hace un mes me llamaron de la Defensoría del Pueblo diciéndome que ya puedo volver a Perú, que no hay problema.

-¿Ahora tiene miedo a viajar?

-Se me ha quedado cierto miedo a sacar el pasaporte en una frontera, pero no por eso voy a dejar de viajar.

-¿Después de su experiencia, tiene algún consejo que dar?

-Es algo que le puede tocar a cualquiera: una fatalidad. La gente debe tener claros sus derechos y saber que la homonimia no es un delito. Gracias a la notoriedad de mi caso y al trabajo de la Defensoría del Pueblo, en Perú se anularon 300.000 órdenes de búsqueda y captura incorrectas, es decir, en las que sólo figuraban nombre y dos apellidos, pero no aparecía lo que pide la ley: DNI, pasaporte, fecha y lugar de nacimiento, nombre de los padres... Parece que con Fujimori la homonimia era una forma fácil de meter a la gente en la cárcel. De lo que sí alertaría es de que muchas jóvenes españolas están cayendo como moscas: chicas en torno a 20 años, muy inocentes, de clase social no muy alta y con poca formación, que piensan que no pasa nada por traer 800 gramos de cocaína desde allí. Sí pasa, y todos los días entran en la cárcel jóvenes, casi siempre delatadas por las propias organizaciones.

igallastegui@ideal.es

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