Castellote

MANUEL LÓPEZ PÉREZ

CIEN años se cumplen en estas fechas pre-navideñas de un suceso que conmovió los entresijos del Jaén de nuestros abuelos: la muerte súbita en el púlpito catedralicio, del obispo don Salvador Castellote y Pinazo. Y bueno es recordarlo para memoria de unos y enseñanza de otros. Que ese es, sin duda, el oficio de quienes escribimos en los públicos papeles.

Don Salvador Castellote y Pinazo era nacido en Valencia en 1856. De sólida formación teológica y humanística, viajó mucho por Europa lo que le permitió dominar, además del latín y el griego, el francés, italiano, inglés y alemán. Ocupó sucesivas canonjias en Madrid y Valencia, hasta que en 1896 fue promovido para la sede episcopal de Menorca. Y de allí vino a Jaén en diciembre de 1901.

Aquí hizo una gran labor. Recorrió en visita pastoral todas las parroquias de la Diócesis, finalizó e inauguró la primera fase del gran edificio del Seminario, se lució más de una vez como orador sagrado, ejerció como Senador del Reino y hasta dio rienda suelta a sus dotes pictóricas pintando algún cuadro. Todavía anda por ahí un retrato que hizo de León XIII.

Fue en suma, un obispo cercano, querido y admirado.

Como era de esperar, su docta preparación le deparó el ascenso. Y en 6 de diciembre de 1906 fue preconizado obispo de Sevilla.

Para despedirse de sus diocesanos, el 23 de diciembre de 1906 ofició en la Catedral y subió al púlpito para glosar el evangelio de la IV Domínica de Adviento y agradecer su afecto, apoyo y comprensión a las gentes de Jaén.

En ello estaba, cuando comenzó a hacer extraños gestos que alarmaron a los concurrentes. El canónigo magistral don Leopoldo Eijo Garay subió raudo al púlpito para tratar de retirarle, pero el prelado se lo impidió y trató de continuar su alocución. Apenas pudo pronunciar unas palabras más para terminar cayendo desvanecido.

En un sillón se le trasladó a la sacristía donde fue atendido por el doctor don Bernabé Soriano que se encontraba entre el público y los médicos de guardia en la Casa de Socorro, señores Molina y Ríos. Pareció recobrar unos instantes la conciencia y el canónigo-chantre don Pedro Gaspar Larroy le administró los sacramentos, tras la absolución que le impartió el claretiano P. Ildefonso Bastarás. Nada más pudo hacerse sino trasladarle, ya exánime, al Palacio Episcopal donde fallecía sin recuperar la conciencia a las tres menos cuarto. El cadáver fue embalsamado y se expuso a la veneración de los fieles. El Ayuntamiento dictó unos bandos recomendando que la Nochebuena se celebrase silenciosamente y que en casinos y asociaciones se suspendieran las fiestas y bailes. Y el 28 de diciembre se celebró el entierro que fue multitudinario, según se advierte en las fotografías que de él quedan. Cien años han pasado de aquellas tristes navidades. Y en la capilla catedralicia del Niño Jesús aguarda la Resurrección bajo una lápida de mármol blanco engalanada de latino epitafio.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos