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Roe vs. Wade

El Tribunal del Distrito falló a favor de Jane Roe, pero no modificó la legislación entonces vigente sobre el aborto

JAVIER PEREDA PEREDAJAÉN

En 1970, Norma L. McCorvey ('Jane Roe'), presentó una demanda en el Tribunal del Distrito de Texas para cambiar la legislación sobre el aborto, aduciendo que su embarazo había sido fruto de una violación. El fiscal del Condado de Dallas, Henry Wade, que representaba al Estado de Texas, se oponía a la autorización del aborto, aún en estas circunstancias. El Tribunal del Distrito falló a favor de Jane Roe, pero no modificó la legislación entonces vigente sobre el aborto. Dicha sentencia fue apelada en distintas instancias, hasta que en 1973 se pronunció el Tribunal Supremo de los EE.UU. que declaró que la mujer, amparada en el derecho a su privacidad (libertad) -bajo la cláusula del 'debido proceso' y la Décimo Cuarta Enmienda de la Constitución- podía elegir si continuaba o no con el embarazo; el derecho a la privacidad se consideraba un derecho fundamental, sentando doctrina jurisprudencial para todos los Estados Unidos. De nada serviría para revocar esta sentencia que la demandante hubiera tenido el hijo antes de pronunciarse el Tribunal y lo diera en adopción, ni que declarara en 1995 que había mentido, pues el embarazo no fue producto de una violación.

En 2005, la Corte Suprema estadounidense, ante la solicitud de revisar el fallo de 1973 por el daño que se le podía producir a las mujeres, denegó dicha petición. Este caso estuvo financiado, como así han reconocido, por la compañía Playboy, por lo que se evidencian los intereses económicos e ideológicos subyacentes. Ahora, 45 años después de que se pronunciara esta decisiva resolución, el debate sobre el aborto en la sociedad norteamericana continúa siendo vibrante, y a los activistas 'pro-life' se les plantean horizontes de esperanza. Sobre todo a raíz de la jubilación del magistrado Anthony Kennedy -uno de los cinco togados que inclinó la votación en 2015 a favor del matrimonio homosexual, frente a los otros cuatro- que posibilita la elección del magistrado nominado por el presidente Trump, Brett Kavanaugh, calificado como conservador y a favor de la vida. La importancia del nombramiento de este magistrado, así como hace un año su antecesor, Neil Gorsuch, es que los jueces elegidos por los republicanos son mayoría (5-4) frente a los demócratas. Estos dos jueces se unirán a Thomas, Roberts y Alito, nombrados por Bush padre e hijo, frente al sector demócrata nombrado por Clinton y Obama: Bader, Breyer, Sotomayor y Kagan. No siempre los magistrados de un sector u otro han votado según su adscripción ideológica; véase cómo Kennedy, pese a su mentor Reagan, votó a favor del matrimonio gay. Pero como diría Gregorio Peces Barba, uno de los siete padres de la Constitución, a raíz del debate sobre el aborto del art. 14 de la CE, y sobre las decisivas palabras de 'todos' y 'persona': «...desengáñense sus señorías, todos saben que el problema del Derecho es el problema que está detrás del poder político y de la interpretación». Así, los jueces republicanos son partidarios de interpretar la Constitución a modo 'originalista', según la literalidad de la ley, frente a los demócratas que lo hacen a modo de uso alternativo del derecho, conforme a la opinión pública y los grupos de presión. De ahí que se haya librado una auténtica cacería feminazi por parte del partido demócrata contra el prestigioso magistrado de 53 años, de la Universidad Yale, que ha confesado sin rubor ser católico. El disgusto del 'The New York Times' era palmario al contravenir la superioridad moral del 'establishment' cultural progresista: «Un conservador comprometido que probablemente incline el TS a la derecha durante décadas». Con la reñida votación en el Senado, 50-48, ha concluido el exigente proceso de selección de este magistrado vitalicio, al que los demócratas han intentado descalificar con tres presuntas violaciones que han resultado ser falsas. Este sistema tan riguroso de contrapoderes y de pureza democrática choca con el Gobierno de las 'Moncloacas', un hampa de extorsión de «éxito seguro» (la victimista Delgado, dixit), que actúa con la sinvergonzonería propia de un burdel, y con la «extrema, extrema» mendacidad altanera.

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