Nuestros 'villarejos' locales no dan ni para una novela cutre

El excomisario Villarejo y sus filtraciones comprometidas a medios amigas para tambalear las instituciones del Estado

Nuestros 'villarejos' locales no dan ni para una novela cutre
A. AGUDO Y E. MEDINA
A. AGUDO Y E. MEDINA

Y en Jaén, ¿tenemos a un Villarejo provincial? Agudo y Medina han buscado y en un esfuerzo de creativdad ofrecen resultados

CON AMIGOS COMO ESTOS...

CON AMIGOS COMO ESTOS... Antonio Agudo Martín

Ya lo dijo Pío Cabanillas: «Al suelo que vienen los nuestros». Viene a cuento del asunto de las cloacas y alcantarillas que minan el suelo que pisamos.

Una de las frases que más se escuchan en política es la de «tú también, Bruto». Palabras que se escuchan segundos antes de que el amado líder, herido de muerte, ruede por la escalinata tras ser apuñalado por sus más cercanos. Ya lo dijo Pío Cabanillas: «Al suelo que vienen los nuestros». Viene esto a cuento del asunto de las cloacas y alcantarillas que minan el suelo que pisamos. Dédalo de túneles y madrigueras en el que se toman decisiones sobre quien vive y quien muere en el cargo público.

Quiero recordar, maese Medina, que allá por el año 96 las redacciones jienenses recibieron una filtración en la que se desvelaba que los diputados regionales del PSOE Juan Torres, José Pliego y el delegado provincial de Agricultura, Rafael de la Cruz, habían sido sorprendidos con un jabalí en el maletero que habrían cazado de remanguillé. Al final la cosa no quedó en nada pero el disparo, dicen que de fuego amigo, tuvo éxito.

También está escrito en los anales provincianos la frase que le susurraron al todopoderoso socialista López Carvajal: ten cuidado con la sierra. Poco después cayó en el olvido víctima de la dinámica efectividad de Gaspar Zarrías.

También hubo efervescencia subterránea en aquel lioso asunto del solar de la Bariloche y de la rotonda que acabó tragándose prometedoras carreras como la de Inmaculada Solar que estuvo en un gobierno municipal del PP que tuvo que gobernar en coalición consigo mismo. Congresos hagas y los ganes como bien saben Sánchez de Alcázar, Carmen Puri Peñalver, Fernández de Moya o Juan Diego Requena. Las villarejadas y los micrófonos ocultos sacan a la luz grabaciones de peleas entre candidatos o concejales en momentos comprometidos.

Archivos que se enviaban a los medios para debilitar a los propios ante los adversarios. Conclaves y conspiraciones para hacer listas mientras los faxes escupían facturas de cubatas y cañas que se consumían con cargo al presupuesto público en privado. Se aireaba la aguzada pugna interna del PSOE capitalino o se exhibía en el escaparate la turbulencia de Izquierda Unida que varó en el mar de los sargazos municipal a José Luis Cano. Roma no paga a traidores, o sí, pensará Juan Fernández que ha pasado de ser una leyenda del socialismo a grimoso Gollum que hay que esquivar. Por no hablar de Miguel Moreno sólido alcalde de Porcuna y asediado por las que fueran sus legiones.

...NO ESCRIBIMOS UNA NOVELA

...NO ESCRIBIMOS UNA NOVELA ERNESTO MEDINA RINCÓN

Necesitaba un micrófono, de ésos que en las películas te pegan en el pecho con esparadrapo, para grabar las conversaciones con afines y rivales.

Busqué en Google un manual de instrucciones del perfecto candidato. Un enlace daba una lista para que fuere tachando los requisitos cumplidos. Superé sin dificultad los primeros: ausencia de empresas pantallas para evadir impuestos; currículum sin inflar; carencia de amistades peligrosas - con amigos como algunos..., magister Agudo dixit -; tributos locales al día,..., pero tropecé en el último escalón. Necesitaba un micrófono, de ésos que en las películas te pegan en el pecho con esparadrapo, para grabar las conversaciones con afines y rivales. Cerrado Furnieles donde había de todo, recurrí a un chino: «Un micro tipo Villarejo, por favor». «Mejol, altavoz. Bueno para manifestaciones. Munchos gritos pregrabados». Tampoco lo encontré en Sonytel, «los trajimos una vez y no vendimos ni uno. Decían que aquí no hacían faltas esas modernuras. Hasta para la perversión nos falta glamour». En una papelera anónima tiré mi instancia política troceada en papelitos del tamaño de confetis. ¿Dónde iba yo sin una grabadora que me permitiera chantajear a quien osare cruzarse en mi imparable ascenso público?

Sin ocupación futura, necesitaba una idea. Que me vino súbita, «la solución es escribir una novela negra, con corrupción, y su poquito de sexo, ambientada entre la calle Hurtado y la calle San Clemente». Recurrí a los conocimientos periodísticos del compadre de página, algunos de los cuales ilustran estas Líneas discontinuas, y añadí de mi cosecha aquel vídeo de la reunión de Miguel Ángel García Anguita con los municipales en que aludía a la fuerza de sus genitales. También me vino a la mente el archivo sonoro en que el concejal del PP Juan Carlos Ruiz se enzarza con un bombero en medio de la calle con profusión de un refinado lenguaje barroco. Cuando valoré el material recopilado, se me vino abajo el chambao. Cutre con avaricia. El título de la novela no pasaría de una vulgaridad a su altura: 'Casetes vareados' o 'Sexo y cintas de vídeo entre picuales'. Desesperado, porfíé en una postrera investigación. Si conseguía las conversaciones que José Enrique Fernández de Moya mantenía, postrado de hinojos, con Nuestro Padre Jesús cada vez que se presentaba a unas elecciones podía tener tema. ¿Pediría sólo votos? ¿O también desgracias para los suyos y los de enfrente con tal de detentar el poder omnímodo? Novelón a la vista, que se quedó en nada porque no he podido acceder a esas cintas. Y es que no hay oportunidades en esta tierra para una novela ejemplar.

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