Vientres y neoliberalismo

Escucho hace poco a un deplorable personaje televisivo que vive de tener una apariencia, una fachada singular y arrimar el ascua a la sardina más calentita

MANUEL MOLINAJAÉN

Cada uno está en su derecho de hacer lo que le venga en gana y capricho con su dinero y con su cuerpo. De hecho existen personas autodestructivas a las que es imposible ayudar y poco a poco acaban con ellas mismas, dentro de la más estricta legalidad. Hablamos de un problema tan solo moral, en el cual la individualidad prima sobre la mirada social. El auxilio o la solución es tan solo algo optativo. Ahora bien, distinta es la causa en la cual coinciden la necesidad de utilizar el cuerpo para obtener beneficio cuando otro lo paga, me refiero al cuerpo como mercancía. En este caso la moral cada uno hace de su capa un sayo.

Escucho hace poco a un deplorable personaje televisivo que vive de tener una apariencia, una fachada singular y arrimar el ascua a la sardina más calentita. Hay muchos, bueno, pues uno de ellos. Con su chabacanería habitual era recordado en una entrevista de hace unos dos años sobre la decisión de haber comprado con su pareja un vientre de alquiler. Cuestionado sobre el nombre que pondrían a la criatura, lo tuvo claro en un ataque de inconsciente mezclado con realidad: Altagama. La razón era obvia, le había costado la compra como un coche de alta gama. Sentí la más absoluta vergüenza ajena del tono utilizado, que dejaba de manera nítida su calaña. Hablaba de algo tan serio como un mercadeo, un despropósito bandera del neoliberalismo más rancio, el que propone que todo tiene un precio porque todo se compra. El ínclito al ser recordada su frivolidad verbal dedicó en tuiter este mensaje a quienes estaban en contra de sus principios sobre el asunto: «iros a tomar por culo infelices!!!». Pura gramática de la lengua.

Si uno tiene un deseo irrefrenable de paternidad o maternidad y por alguna causa no puede desarrollarlo me parece que hay una solución que mucha gente ha llevado a cabo como es la adopción. Proceso engorroso y lento pero que culmina con enorme satisfacción. Puedo aportar un ejemplo de una pareja amiga que adoptó con enorme esfuerzo varias chicas y hoy son los abuelos más felices del mundo, las hijas más felices del mundo y los nietos y nietas más felices del mundo. Un enorme esfuerzo en el que más que ayuda existió todo lo contrario. Claro, no hablamos de perritos que se abandonan en un contenedor o gasolinera cuando pasa la caprichosa ilusión inicial.

Existe un derecho del menor abandonado que debe ser respetado, a veces con excesivo celo, porque incluso prevé situaciones de los adoptantes en un futuro que ni las leyes pueden atisbar. A mi alrededor todas las personas que conozco como adoptantes y adoptados son felices, han unido un encuentro tal vez insospechado de seres que llegaron al mundo cada uno como pudo para dar y recibir amor y cariño. De ahí que no aprecie la compra de un vientre de mujer para lograr esa circunstancia. Veo negocio puro y duro, capitalismo salvaje que rebaja el estado de la mujer a mercancía para goce del pudiente, mientras en los orfanatos alguien espera que la vida le ofrezca la oportunidad de un hogar y la experiencia de vivir en familia, sea esta como sea, en principio que sepa que a casa llega un niño o niña, no un cachorro de yorkshire. Por cierto, algunos jovenzuelos utilizan estas perritas para reventarlas pariendo y hacer dinerillos con las camadas.

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