La universidad y la indignación

Ser de barrio obrero o de campo con jornal era un impedimento porque la universidad, que auguraba empleos no menestrales y con pátina social, solo recibía unos pocos

La universidad y la indignación
MANUEL MOLINAJAÉN

Parece todo reciente, pero es un espejismo, sin duda. La universidad hasta el último tercio del siglo pasado era un coto vedado, una especie de vivero social de pudientes y élites socioeconómicas. Un muro invisible, sin alambradas, dividía el que podía acceder a estudios superiores y el que debía destripar terrones o poner ladrillos como los que le precedieron; una herencia cíclica. Es la historia, estúpidos, decían. Ser de barrio obrero o de campo con jornal era un impedimento porque la universidad, que auguraba empleos no menestrales y con pátina social, solo recibía unos pocos. En los años sesenta y setenta poco a poco fue cambiando el asunto con el Desarrollismo y en los ochenta con un sistema de becas desconocido la compensación económica permitió que en gran medida nacer en un lado o en otro del coto no fuese ápice determinista. Aun así tal y como ha quedado el sistema educativo después de Bolonia la sangría en bolsillos poco afortunados es notoria.

Y en esas encontramos al alumnado que recibo en la UJA. Quienes después de haber cursado un grado con becas y esfuerzo en muchos casos se encuentran con un peldaño más en el cual hay que rascarse el bolsillo de manera notoria y sin beca: el máster. En el caso de quienes quieren acceder a las oposiciones de profesorado de Secundaria es obligatorio. No es Jaén la universidad más cara, pero el pico de matrícula es considerable. Entre el alumnado me encuentro gente que trabaja, que más bien 'maltrabaja', es decir, echa horas y horas recibiendo un sueldo mísero por ello. En la mayor parte de los casos el empleo no tiene ninguna relación con sus estudios cursados. Las pasan canutas porque deben compatibilizar la asistencia a clases con el trabajo. En otros casos me encuentro gente que ha dado vueltas en su intento de acceso al mundo laboral y sin fruto retornan a través del máster para darse una oportunidad. Entre ese personal aparecen mayores, incluso algunas madres que deberían tener un monumento al conciliar un hogar, una estirpe y unos estudios. No se les reduce materia, ni se les convalida por tal contrariedad. Conozco también los nervios finales para cumplir tiempos cuando les dirijo su trabajo final y cuando deben exponerlo. Percibo las manos sudorosas, las noches de vigilia en los ojos, presupongo el estómago cerrado o abierto en canal.

Por todos ellos siento una rabia enorme al apreciar cómo los métodos del pasado se perpetúan ya no solo en los más pudientes, que lo mantienen por sus estatus, sino en los cachorros que hacen vergonzosa carrera política en cualquiera de los bandos dominantes. Me duele el menosprecio del esfuerzo que organizadores y organizados se han prestado para saltar por la vara de medir de la igualdad, de quienes no tienen otra oportunidad en sus vidas que la universidad para subir el peldaño respecto a los que en su familia les precedieron, hasta hace casi nada incluso castigados al analfabetismo. Me indigna, sobre todo, su cinismo capaz de negar la evidencia con las manos manchadas de chanchullo. Supongo que el centro de nuestro interés debería estar en la perdida esperanza ferroviaria, en la sangría de facturas de luz o en el agua pública privatizada, pero este asunto me duele porque he sido carne de beca y sé de lo que hablo. Tal vez todo este asunto sea una lección, o no. Qué pena que el libro de cabecera moral de este país siga siendo El Lazarillo.

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