Del teléfono a las redes

La revolución informática ha entrado de forma progresiva en nuestras vidas y ya no imaginamos el mundo sin internet

ANA MORENO SORIANOJAÉN

Leía hace poco una entrevista a Jaron Lanier, filósofo estadounidense, compositor de música clásica, informático y uno de los padres de la realidad virtual que, en su último libro, dice abiertamente que hay que abandonar las redes sociales porque, entre otras cosas, nos hacen menos felices y más vulnerables, porque nos aíslan del mundo frente a una pantalla y hacen más difícil el diálogo y la comprensión de otros puntos de vista. También señala su supuesta gratuidad, lo que sin duda hace que no echemos cuentas de este inmenso negocio que utiliza los datos que le suministramos para sus campañas publicitarias.

La revolución informática ha entrado de forma progresiva en nuestras vidas y ya no imaginamos el mundo sin internet, pero si las redes sociales tienen la capacidad de manipulación que les atribuye Jaron Lanier, merece la pena reflexionar sobre su uso y abuso, sobre el tiempo que dedicamos al teléfono móvil.

No era así hace medio siglo, evidentemente... Entonces, ni siquiera había un teléfono en cada casa y las comunicaciones eran, preferentemente, por correo postal; solo en casos excepcionales acudíamos al telégrafo o a la centralita de teléfonos del pueblo para una conferencia; después serían las cabinas telefónicas, en las que hacíamos cola para hablar mientras las monedas caían implacablemente y nos dejaban, a veces, con la palabra en la boca. Cuando se generalizó el uso del teléfono, pagábamos por las llamadas y la frase «cuelga ya» era bastante común en cualquier casa, porque seguíamos pensando que el teléfono era para dar un recado o hablar con quienes estaban lejos y no para conversar, ni mucho menos para sustituir las visitas y los encuentros con la familia y los amigos. Más tarde llegó el teléfono móvil, pero nos parecía bastante lejano e incluso algo pretencioso, pues la mayoría no éramos tan importantes como para tener que hacer llamadas en cualquier momento y desde cualquier lugar. Las cosas han evolucionado de tal manera que lo raro ahora es no tener teléfono móvil y ese dispositivo se ha convertido en una pieza imprescindible, pues no solo nos sirve para hablar, sino para organizarnos la vida con sus mensajes, su cámara de fotos, su agenda, su alarma, su registro de direcciones y toda la información que nos guarda cuidadosamente para ponerla a nuestra disposición cuando queramos. El teléfono móvil no es gratis -ni entonces ni ahora- pero la tarifa plana permite establecer conversaciones de horas y horas por el mismo precio que si llamamos para dar un recado y, sobre todo, permite simultanear la tarea de hablar con tu madre mientras colocas la ropa, llamar a tu novio mientras esperas el autobús o charlar con tu amiga mientras paseas al perro y eso, quieras que no, es importante en una sociedad como la nuestra tan sedienta de tiempo. Pero como a veces las conversaciones se quedaban a medias por otras urgencias, llegaron Whatsapp y Facebook y Twitter para interactuar con otra gente emitiendo y recibiendo mensajes, compartiendo opiniones y fotos e incluso estados de ánimo. Y todo ello sin límite, es decir, que podemos pasar en las plataformas digitales todo el tiempo que queramos diciendo todo lo que nos pase por la cabeza o pase por nuestro lado, leyendo noticias, comentarios, opiniones... y reaccionando como mejor nos plazca; y todo ello, insisto, sin que tengamos que pagar un precio como hacemos cuando compramos un periódico o hacíamos antiguamente en la cabina de teléfonos. Gracias a Whatsapp, podemos desayunar con varios cafés virtuales a modo de saludo y podemos darnos las buenas noches con un montón de emoticonos, palabra que hemos aprendido con la práctica. Gracias a Facebook, podemos mostrar las imágenes que nos gusten, intercambiar mensajes de texto y de voz, intervenir en debates... Pero gracias a las redes sociales, las empresas que dominan las plataformas digitales tienen tal cantidad de información sobre las personas que las utilizamos que pueden orientar perfectamente los mensajes que recibimos con el fin de influir en nuestras opiniones y en nuestras decisiones. Y gracias a Jaron Lanier podemos saber que hay al menos diez razones -las suyas- para dejar las redes sociales. Y las dejemos o no, el debate está servido.

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