Parece mentira

Yo tuve una buena amiga musulmana, compañera del colegio universitario. Se llamaba Asia y era de Marruecos

ADELA TARIFA

Parece mentira a que a estas alturas haya quien niegue que muchas mujeres sufren desprecio por serlo, y que incluso haya políticos que lo proclamen sin avergonzarse. Parece mentira que todavía algunos cuestionen que determinadas culturas y credos religiosos nos denigran. Más mentira me parece que existan algunas mujeres consideradas 'progresistas' capaces de minimizan estos hechos en aras de una mal entendida tolerancia enfermiza. Porque hay cuestiones vitales en las que tolerar es sinónimo de consentir. Desde luego una servidora nunca ha consentido que nadie humille a un ser humano en su presencia y lleva toda la vida levantando la voz para apoyar a las mujeres que sufren acoso, violencia o invisibilidad social.

Por eso vuelvo a sentir indignación ante la reciente fuga de una mujer musulmana que pide asilo político para escapar de malos tratos en el seno de su propia familia, que pretende imponerle un matrimonio forzoso. Con esa noticia, y con otras de violencia machista, inauguramos el nuevo año en los medios de comunicación. A la par algunos políticos quieren derogar la ley de violencia de género ¡Vivir para ver! Por eso me sigue pareciendo mentira que no nos enteremos de lo que pasa con la violencia hacia la mujer, con lo fácil que es ver algunas señales. Basta con viajar a ciertos países de centro América para detectar el desprecio hacia la mujer. O, por ejemplo, leer El Sagrado Coram. Tengo un ejemplar de tapa verde, bastante subrayado por el uso. No es difícil. Está escrito para que lo entienda cualquiera. La Sura IV se ocupa de las mujeres. No tiene desperdicio: del derecho a la poligamia se ocupa en el versículo 3. Aconseja al hombre no casarse «con más de dos, tres o cuatro», de las que le gusten, para ser equitativo con los huérfanos. En el 19 dice que si sus mujeres comenten «acción infame» (fornicación), que busque a sus testigos, y «encerradlas en casa hasta que la muerte las lleve», o hasta que Dios las salve. En el 29: que si no se es rico para casarse con «mujeres honradas», tomen «esclavas creyentes», pero sin casarse con ellas salvo que el dueño de la esclava lo permita; y en el 38, se recoge que «los hombres son superiores a las mujeres, a causa de las cualidades por medio de las cuales Dios ha elevado a estos por encima de ellas». Naturalmente, se ocupa con detalle de cómo repudiar a las esposas. Por ejemplo en la Sura II, afirma que «los maridos son primero que sus mujeres», y condena con crudeza «uniones íntimas» con infieles, que son rematadamente malvados e impuros. Respecto a herencias a los hijos «Dios manda dar a varón la porción de dos hijas» (versículo 12). Ya digo, lo he leído varias veces. Por ello a mi no me extraña que los países donde no hay separación Iglesia- Estado y se rigen por este Libro Sagrado, la mujer sea un cero a la izquierda. Pero me parece mentira que toleremos eso en un país democrático que dice defender la igualdad de oportunidades para todos los ciudadanos.

Yo tuve una buena amiga musulmana, compañera del colegio universitario. Se llamaba Asia y era de Marruecos. La mandó su familia a estudiar Farmacia a Granada. Compartíamos incluso mesa en el comedor. Allí las monjas del 'Montaigne' le cambiaban el menú cuando tocaba algo de cerdo. Iba vestida como nosotras, pero apenas tenía ropa de calle a sus 18 años. Para salir a pasear recurría al uniforme del colegio, que era chulo; chaqueta gris, suéter blanco, falda estrecha a media rodilla y zapato negro de tacón. Ella sonreía con timidez y hablaba poco de su vida. Una noche de estudio en mi cuarto Asia me enseño la foto de su madre, con la cabeza y el cuerpo cubierto. Me pareció mucho mayor que la mía. Pasó tiempo hasta que me dijo que le habían buscado un novio al volver. Estaba yo en esos años de romanticismo loco, enamorada hasta las trancas, y me pareció la mayor crueldad del mundo que mis padres hicieran lo mismo conmigo. Pensé que me escaparía de un país así. Pero no dije nada a Asia. Desde entonces la quise más. Salí del colegio un curso antes que ella. Luego supe que nunca volvió a Marruecos; que se caso con un chico español y abandonó la carrera. Pregunté si le iba bien. Me dijo una amiga que sí, que habían puesto una librería cerca de la facultad de Medicina. La vida nos separó. Pasados los años me enteré por casualidad de que murió joven. Pensé con tristeza que al menos había vivido. Porque vivir sin libertar es morir.

Hoy esta columna va por mi amiga Asia. Por todas las Asias que han podido echar alas y volar. Por ellas, y por la infinidad de mujeres que han dejado su vida para defender la dignidad de todas, no vamos a tolerar que nadie considere impura e indigna a una mujer. Por ellas no vamos a permitir que en nombre de una religión, de unos usos culturales o de un programa político, minimicen nuestro difícil camino por la justicia y la igualdad. Y si los que quieren convivir con nosotros no aceptan que la Edad Media aquí ya terminó y que enterramos a La Inquisición, la puerta está abierta.

 

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