El olivar y la cultura

El olivar y la cultura
MANUEL MOLINA
MANUEL MOLINA

Un difícil binomio que no circula en los dos sentidos como debiera, al menos bajo mi punto de vista. Como es recurrente dirijo la mirada hacia otros elementos parecidos y me encuentro de nuevo la vid en lugares como La Rioja o la Ribera del Duero. Parece que en esos espacios sí fluye la relación con naturalidad y se benefician ambas, por un lado la creación con un gran mecenas detrás y el fruto y su líquido con una compañía que siempre lustra, educa y enriquece. Cine, pintura, literatura y otras artes se encuentran amparadas gracias a los beneficios del vino.

Sin embargo, en nuestra tierra y por la experiencia compartida aprecio que el mundo del olivar observa de manera muy extendida cómo las artes son algo ajeno a su mundo. Las excepciones se ocultan bajo el nombre de museo, donde se presenta como eje estrella maquinaria antigua y deja un poso redundante de seca antigüedad, en el cual tan solo alcanza pátina de importancia lo pasado. Se echa en falta en esos lugares algo de vida actual, una pintura, una escultura, una ilustración, un libro, que funcionarían como un eslabón más para demostrar que no quedó solo en ánforas y capiteles la representación del mundo del olivar, sino que continúa viva.

Lucius Junius Modratus, popularmente conocido como Columela, nacido en la Gades de la Bética ya nos ofrecía en dos obras De re rustica (Los trabajos del campo) y De arboribus (Libro de los árboles) unos conocimientos muy interesantes sobre el olivar y su cultivo que ya recogían con anterioridad autores como Varrón o Catón El Viejo. Una joya, sobre todo el primero que ocupa doce libros. Veinte siglos después José Antonio Muñoz Rojas publicó un libro titulado Las cosas de campo, una exquisitez en la que aparecen algunas de las mejores páginas dedicadas al olivar. Ninguna de las mencionadas obras se ofrece en los lugares denominados museo que de manera monográfica tratan sobre el olivar y el aceite. Sirvan como cata para apreciar el valor que se le da a la literatura en este mundo peculiar.

Algunas excepciones pueden ser aplaudidas como las de la Caja Rural de Jaén, pero las creo insuficientes. Aportaré una más, si me permiten la vanidad, a partir de un libro que escribiera trilingüe y que aún tiene vida, Haikus del olivar. Después de muchos noes andaluces acabó publicado por una editorial catalana. Lo presenté en numerosos lugares, pero fue en un pueblecito pequeño de Córdoba, Carcabuey, donde creo que alcanzó su mejor vida. El alcalde, gran conocedor de la cultura, lo adquirió en una cantidad considerable para incluirlo en la bolsa de promoción de su pueblo que aglutinaba algún libro de historia, aceite, zumo de membrillo y el librito de poemas. Me dijo que esos versos eran un embajador extraordinario de su pueblo, que vivía del olivar. ¿Cuántos representantes públicos o gestores de almazaras tendrían esa opinión ante una ilustración, un cuadro, un cortometraje, una película o una escultura contemporánea que tratase el olivar? Llegará, poco a poco, como la lluvia fina calará en algún momento y la sensibilidad y el aprecio por el arte se instalarán en el mundo del olivar. Estamos en ello.

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