los 'influencers' o 'influenciantes', pasados por el tamiz

Mal empezamos, compadre Agudo, porque no estoy dispuesto ni siquiera a utilizar el término proveniente de esa lengua que hablan unos bárbaros del otro lado del Canal de la Mancha que, borregos y engañados, votaron salirse de Europa

los 'influencers' o 'influenciantes', pasados por el tamiz
ERNESTO MEDINA RINCÓN y ANTONIO AGUDO MARTÍNJAÉN

Si petronio viviera...

Era el Adolfo Domínguez del foro que determinaba si podía llevarse la toga con arruga o la caída, color y longitud que convenía a cada estación.

Mal empezamos, compadre Agudo, porque no estoy dispuesto ni siquiera a utilizar el término proveniente de esa lengua que hablan unos bárbaros del otro lado del Canal de la Mancha que, borregos y engañados, votaron salirse de Europa. No existe neologismo hispano que recoja la Academia. Lo más aproximado sería 'influenciante', que más que a pastor de masas, suena a índice macroeconómico. En realidad mis pejigueras lingüísticas son sólo el síntoma de una preocupación cada vez mayor. Los tiempos que corren se asemejan a la caída del Imperio Romano. Preveo otra oscura época medieval donde el individualismo que ha caracterizado a OCCIDENTE – escrito entero con mayúsculas – se diluya en el gremialismo de un Gran Hermano que impone modas, tendencias y votos.

En la Roma antigua a Petronio lo llamaba Tácito 'arbiter elegantiae', el árbitro de la elegancia y, mutatis mutandis rebus, dictaminaba cuál habría de ser el vestuario de la temporada otoño-invierno. Era el Adolfo Domínguez del foro que determinaba si podía llevarse la toga con arruga o la caída, color y longitud que convenía a cada estación. Sucede, sin embargo, que Petronio era un intelectual de postín; asesor de Nerón hasta que el emperador se volvió loco; y se convirtió en el primer novelista occidental cuando escribió el Satyricon. Motivos más que suficientes para señalar los caminos que debían transitarse en cuestiones de buen gusto u opinión política. Papel que siempre se ha reservado para los intelectuales que por su formación, inteligencia y sentido común encauzaban al personal. Cuando los intelectuales no han cumplido con su misión o la masa amorfa ha prescindido de ellos han sobrevenido los fascismos o los populismos. Tal y como sucede en la actualidad, donde estamos permitiendo que ignorantes, zoquetes que muestran su zafiedad hasta en la espiración del aire sean quienes muevan al populacho – en el sentido más peyorativo que quepa a la palabra - , que manifiesta su capacidad crítica con un 'me gusta' a las majaderías que los modernos influenciantes suben con desparpajo exento de ridículo cada día a las redes sociales. Incluso algunos de estos guías cibernéticos son ordenadores programados para forzar el giro de los gustos y apetencias de la gente. No nos resta ni la posibilidad de responsabilizar a un idiota que al menos albergaría espíritu humano.

Los nuevos bárbaros no están en las fronteras. Se han introducido en la sociedad silenciosamente. Por eso de votar, ni hablamos. Petronio, ¿dónde estás?

Los 'influencers' han venido para dejar huérfanas a las academias y bibliotecas.

Los futuros clásicos, maese Medina, ya no se envuelven en togas ni adornan sus sienes con laureles o ramas de mirto. Tampoco hunden sus sentidos en el insondable abismo del cosmos en busca del interruptor de los deus ex machina. Los futuros clásicos, amigo Ernesto, visten con camisetas patrocinadas y sólo se asoman al ágora con una pantalla de por medio. El conocimiento ya no se transmite de boca a oreja y hoy Homero sería padre de un granujilla de pelopincho en lugar del relator de los sufrimientos de Odiseo hasta que llegó a Springfield, perdón, a Itaca. Asistimos a una autentica estampida de las ideas a través de los hilos invisibles que conectan a los seres humanos a través de los esmarfones. Qué hubiera sido del relato de Heródoto si el desenlace de la batalla de Maratón se hubiera dado a conocer en un grupo de whatsapp en lugar de que un pardillo corriera hasta reventar los 40 kilómetros que le separaban de Atenas. Lo mismo la primera Guerra Médica se hubiera quedado sin continuación. El pensamiento se ha vuelto tan rápido y no da tiempo de bañarse en un río y meditar sobre lo que fluye. Es más fácil hablar con un oráculo llamado Siri o un adivino apodado Cortana para que nos cuenten, resumido, lo de Heráclito.

Segadas pues las espigas adoradoras de Safo, habrá que hacerse a la idea de que el mito de la caverna es El Rubius grabando vídeos en su despacho. Los 'influencers' han venido para quedarse y dejar huérfanas a las academias y bibliotecas. Si tienes que taladrar tornillos roscachapa, abres un tutorial en la red. Que se te pinzó el glande en la cremallera, no vas al médico, consultas cómo aflojar la presión en la Wikipedia. Que aún no sabes quién era Petronio, pues se lo preguntas a un tal Google, el destructor de Delos y cartógrafo de las Cícladas. Los maestros ya no son gente que te explica y responde a tus dudas o cuestiones. Los que mandan en el cotarro son los Vegeta, WillyREx o Wismichu. Los nuevos bárbaros ya están en Instagram o en Twitter. Son la caballería de Mongolia a lomos de corceles virtuales que asolan las llanuras habitadas por las masas que ni parpadean cada vez que el alfanje de la alienación cae sobre ellos. Los dioses salven a Petronio y a las palabras esdrújulas que agonizan entre :) y :(

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