Bufones y rufianes (II)

No por casualidad hoy en el mercado de lo público cotiza la desconfianza y la desidia que permite a estros truhanes hacer caja

Bufones y rufianes (II)
EFE
JOSÉ ÁNGEL MARÍN

La Constitución cumple 40 años en momentos delicados. Y el problema no es del edificio institucional, sino de los dirigentes que lo habitan. Algo dije ya sobre el tal Rufián que es síntoma de lo que comento, aunque lo más lastimoso del caso no es su persona, sino los efectos que provocan estos sujetos cervales.

No sirve de consuelo constatar que siempre han existido legisladores atroces con mirada de jabalí, ni comprobar que el insulto es corriente en la historia parlamentaria española, ni que fueran habituales las amenazas de muerte entre aquellos congresistas de bigote y librea, ni me reconforta el 'mal de muchos' que asume el rufianismo porque también sucede en otras partes del mundo. Esa no es la cuestión. La clave está -insisto- en qué efectos tendrá tanta degradación.

La política española actual sufre achaques y confunde democracia con demagogia. La gravedad del trastorno no pareció aquejarnos en los primeros años de libertad pese a la velocidad de ascenso y la cota democrática alcanzada; entonces apreciábamos altura de miras en quienes se dedicaban a los asuntos públicos. De eso ahora poco queda debido a deficiencias de actitud, de competencia y de respeto. Luego el problema no es el Texto del 78 (por más que necesite reformas), sino quienes distorsionan la partitura constitucional.

Me resisto pues a que aboquen nuestro sistema institucional a la negrura, a que se imponga la cochambre de ineptos y resentidos cuando lo que está en juego es muy serio, cuando lo que arriesgamos es la fórmula civilizada que ha procurado a España un grado inusitado de progreso y bienestar.

No por casualidad hoy en el mercado de lo público cotiza la desconfianza y la desidia que permite a estos truhanes hacer caja. Y de ello hay culpables. Existen autores convictos de este crack de credibilidad, hay forajidos con escaño que hacen saltar por los aires la métrica constitucional y deben responder por ello al convertir su acta de diputado en patente de corso; como si los electores cuando votan regalaran cheques en blanco. Son reos de la quiebra constitucional aquellos que sustituyen el debate por la bronca. Bufones y rufianes que se llevan por delante no solo la credibilidad institucional, sino la confianza en el pacto social de convivencia.

En la esfera privada uno puede ir en pijama y sacar a relucir cuantas lindezas le adornen, pero en el ámbito público las cosas han de ser de otra manera. Cuando hay repercusión o se afecta a terceros cuentan las reglas. Tenemos normas de obligado cumplimiento que son el cortafuegos ante los dramas colectivos en que suelen desembocar los excesos de unos cuantos que nos devuelven a la caverna, que se empeñan en convertir la política en un lodazal. Luego si estos políticos sayones gustan de chapotear en su paraíso de lenocinio, nosotros hemos de oponer sentido constitucional y si ellos enarbolan banderías de huracanes, nosotros hemos de responder con más Constitución.

 

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