Esta fue la sentencia de muerte de Miguel Hernández

Esta fue la sentencia de muerte de Miguel Hernández

Las razones de su condena las da el llamado Tribunal de Prensa

FRANCISCO ESCUDEROJAÉN

En esta fecha conmemorativa que ahora recordamos, 75 aniversario del fallecimiento del poeta, cobra un especial significado su sentencia de muerte, por cuanto fue el inicio jurídico-administrativo de su calvario, el falaz argumento legal que permitió el cautiverio de Miguel Hernández, su vía crucis carcelario, su agonía y, finalmente, su muerte en medio del rencor y del olvido. Si no fuera por lo trágico del asunto, la sentencia y condena del poeta podría calificarse como claro ejemplo del teatro del absurdo, de la comedia del disparate, sin embargo, la teatralidad cómica de las artes escénicas poco o nada tienen que ver con el drama hernandiano, que fue trágicamente real. El poeta fue juzgado y condenado por el Tribunal Militar de Prensa, con sede en la madrileña plaza de Callao nº4, con sentencia de muerte dictada por el juez Martínez Gargallo con fecha 18 de enero de 1940.

¿Por qué razón un Tribunal de Prensa? Porque Miguel Hernández fue juzgado y condenado a muerte por escribir, por su faceta como escritor. Así de sencillo y así de tremendo. La acusación de aquella pantomima de juicio presentó como pruebas condenatorias el original de Teatro en la guerra, y publicaciones en la prensa del frente como el poema Viento del pueblo editado por el periódico El Mono Azul. Ese fue el delito de Miguel: escribir. Paradójicamente es la misma faceta que le ha valido para que el tiempo, la literatura y la historia le hayan convertido en poeta universal e icono de la lucha por la libertad y los derechos de la gente. En su auto de procesamiento, el juez instructor Martínez Gargallo dice textualmente: « ratifica el procesamiento de Miguel Hernández Gilabert con todas sus consecuencias legales por estimar plenamente acreditado que dicho individuo, de tendencias notoriamente contrarias al Movimiento Nacional, desarrolló apenas iniciado éste una activísima labor literaria en contra de los ideales que lo encarnan, injuriando tanto a sus ideales como a sus figuras más prestigiosas, apareciendo como firmante de varios manifiestos destinados a sembrar en España y en el Extranjero la idea de que tan glorioso Movimiento no era sino una vulgar invasión plagada de crímenes.»

«Activísima labor literaria.». Efectivamente, su delito fue escribir. Y su sentencia a muerte fue decretada por un indecente tribunal formado por D. Pablo Alfaro como presidente, los señores D. Francisco Pérez, D. Ignacio Díaz y D. Miguel Caballer como vocales, y D. Vidal Morales como vocal ponente, quienes destacaron en su sentencia de 18 de enero de 1940 que «.el procesado Miguel Hernández Gilabert, de antecedentes izquierdistas, se incorporó voluntariamente en los primeros días del Alzamiento Nacional al 5º Regimiento de Milicias.. Dedicado a actividades literarias, era miembro activo de la alianza de intelectuales antifascistas, habiendo publicado numerosas poesías y crónicas y folletos de propaganda revolucionaria y de exaltación contra las personas de orden y contra el Movimiento Nacional, haciéndose pasar por el poeta de la revolución. CONSIDERANDO que los hechos probados constituyen un delito de adhesión a la rebelión»

«FALLAMOS que debemos condenar y condenamos al procesado MIGUEL HERNÁNDEZ GILABERT como autor de un delito de adhesión a la rebelión, a la pena de muerte.»

La justicia histórica y la justicia literaria han devuelto al poeta, 75 años después, la dignidad que aquel tribunal de la indecencia usurpó al poeta. Falta todavía que lo haga la justicia legal y administrativa, cuyo aparato sigue, en pleno siglo XXI, manteniendo en vigor aquel disparate. Nosotros, los amantes del poeta, todos aquellos que creemos que la educación y la cultura son el motor de avance de los pueblos, recordamos a Miguel Hernández en positivo, con ese anhelo de esperanza por un mundo mejor que el propio poeta expresaba en su poema Canción última:

«Florecerán los besos sobre las almohadas.

Y en torno de los cuerpos elevará la sábana

su intensa enredadera nocturna, perfumada.

El odio se amortigua detrás de la ventana.

Será la garra suave.

Dejadme la esperanza».

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