Jacinto Higueras o la serena belleza

Santisteban del Puerto ha mimado y cuidado la figura y la obra de Jacinto Higueras

MANUEL MADRID DELGADO JAEN@IDEAL.ESJAÉN.
Monumento dedicado a Jacinto Higueras en Santisteban del Puerto. :: IDEAL/
Monumento dedicado a Jacinto Higueras en Santisteban del Puerto. :: IDEAL

Jacinto Higueras es el gran escultor jienense del siglo XX, autor de algunos de los monumentos y esculturas más destacados de la historia de la provincia, aunque, evidentemente, no fue un escultor provinciano y hay obras suyas en decenas de municipios españoles. En cualquier caso ahí están, para atestiguar su magisterio escultórico en su tierra natal, el magnífico Monumento de las Batallas de la capital o el que hiciera en homenaje al General Saro, en Úbeda, tan maltratado. El Ministro de Educación Ruiz-Giménez -que también tenía profundos lazos jienenses- definió a Jacinto Higueras, poco después de su muerte y con motivo de un homenaje oficial en Madrid, como «un hombre bueno al servicio de un ideal expresivo, valiente y renovador», lo que define a la perfección el magisterio artístico del hijo más ilustre de Santisteban del Puerto, donde había nacido el 22 de febrero de 1877. Santisteban, claro, no podía menos que dedicarle un espléndido monumento, levantado en 1963 en el centro de la capital del Condado e ideado por Jacinto Higueras Cátedra, el hijo del gran escultor y polifacético artista de renombre él mismo.

Jacinto Higueras Cátedra fue muchas cosas, y en 1939 estuvo a punto de ser un represaliado político por su cercanía a los grupos intelectuales de la izquierda republicana. Pero en la década de los 60 era ya un escultor consagrado que había logrado independizarse de la larga sombra artística de su padre: «El ejemplo de mi padre está vivo en mí existencia y en mi arte. Sobre todo, porque nunca quiso, ni yo lo admití tampoco, influenciarme», declaraba en noviembre de 1961 en las páginas de La Vanguardia, cuando ya había modelado el magnífico busto de su padre que serviría luego para los monumentos que a la memoria de Jacinto Higueras Fuentes se levantarían en Jaén -bastante modesto-, y en Santisteban del Puerto, éste realmente bello. Y es que Santisteban se volcó con su artista mejor, ya lo hemos dicho, levantando un monumento diseñado por su hijo.

Suavidad, melancolía y quietud

El monumento de Santisteban del Puerto se levanta sobre una base circular, de piedra, rodeado de una fuente. En la base, una copia de 'Bética', un extraordinario desnudo de mujer realizado por Jacinto Higueras y presentado a la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1920. (Dionisio Jordán definió está escultura: «un desnudo bien hecho. Sobrio de líneas, justo de proporción, suave de modelado, este mármol tiene todas las características de una Afrodita clásica».) En su momento, se situó en el monumento la 'Bética' original, de mármol blanco, lo que dio lugar a unos contrastes de color que resaltaban la belleza del monumento, pero con posterioridad se pensó que lo mejor para preservar tan valiosa escultura sería retirarla al Museo dedicado al artista, poniendo en su lugar la réplica que hoy existe y que, incomprensiblemente, no se realizó en el mismo material que la original sino en bronce, lo que mermó las cualidades cromáticas del conjunto. En la vertical de este desnudo, se levanta un prisma que sostiene el bronce con el busto de Jacinto Higueras, jalonado por muros de piedra, y detrás de esta estructura un obelisco -también de piedra rojiza pero mucho más esbelto- coronado por una réplica de la Victoria, la delicada escultura con la que el gran artista culminó su monumento más preciado y precioso, el de las Batallas de Jaén.

El conjunto, con esa mezcla de diseño y busto del hijo y réplica de las obras del padre, con las armonías perfectas entre la rectitud de los obeliscos y la piedra y la gracia quebrada y sobria de las esculturas higuerianas, resulta muy atractivo y es, en todo caso, un homenaje digno de un pueblo agradecido a un hijo que nunca olvidó sus orígenes. José Francés y Sánchez Heredero, crítico de arte y Secretario Perpetuo de la Academia de Bellas Artes de San Fernando, dijo de Jacinto Higueras, en su recepción oficial como Académico y tras la lectura que éste hizo de su discurso dedicado al gran Montañés que «como a la orilla de un suave regato en las moradezas del crepúsculo, se le iba el tiempo entre sueño melancólico y resignación quieta», y esa suavidad crepuscular, esa melancolía de sueño y esa resignación de quietud que tiene la línea recta es lo que transmite este monumento a quien lo contempla, resumiendo en su conjunto la fuerza expresiva de Jacinto Higueras. Y esa capacidad discursiva del monumento indica que el hijo conocía a la perfección la vibración estética del padre y que, por lo tanto, sólo él podía levantar un monumento digno de su memoria y de su impronta artística.

Un museo en su memoria

Tan ligado se sintió el escultor a su ciudad natal que, sucedidos muchos homenajes tras su muerte en noviembre de 1954, su viuda y sus cinco hijos deciden donar al pueblo de Santisteban del Puerto toda la obra artística de Jacinto Higueras que se conservaba en el estudio de su hijo Jacinto Higueras Cátedra. Y así, el día de Reyes de 1963, unos días antes de la inauguración del monumento, los herederos del escultor y el alcalde de la villa, Marcial Medina Berzosa, se firma el documento de cesión de un total de ciento doce piezas escultóricas. Ciento doce piezas -básicamente escayolas que sirvieron a Jacinto Higueras para realizar sus esculturas definitivas- entre las que están el busto a tamaño natural de Ramón y Cajal o el de José Antonio Primo de Rivera o el de Martínez Montañés, las imágenes de San Juan de Dios (con la que consiguió la Medalla de Oro de la Exposición Nacional de Escultura de 1920) o una reducida de su extraordinario Cristo de la Buena Muerte o el busto de Jesús Nazareno de Úbeda, y varias maquetas de los muchos monumentos que desparramó por toda la geografía española.

Ese legado, más el mimo con el que Santisteban del Puerto ha tratado la figura y la significación de Jacinto Higueras, convierten al Museo abierto con el nombre del artista -amén de las actividades culturales paralelas al mismo- en un permanente homenaje de su ciudad, tal vez no tan artísticamente destacable como el monumento ideado por su hijo, pero desde luego sí más fecundo.

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