Un día de octubre

Las grandes batallas de Jaén se plasman en el monumento de Higueras

MANUEL MADRID DELGADOJAÉN.
El monumento dedicado a las Batallas de Jaén. :: IDEAL/
El monumento dedicado a las Batallas de Jaén. :: IDEAL

En la foto aparecen serios, posando, con la sobriedad de quien quiere ser inmortalizado en lo que presupone un momento solemne. En el centro el obispo Juan Manuel Sanz y Saravia, el solideo sobre el pelo cano, las manos apoyadas en un bastón. A su izquierda el jienense diputado en Cortés José del Prado Palacio -con el tiempo llegará a Ministro de Instrucción Pública-, representante de la Corona, llegado esa misma mañana, que mira fijamente por detrás del obispo y que manifiesta su autoridad en el uniforme de gala, en el sombrero emplumado, en los entorchados y las medallas y las galas. A la izquierda del político, el escultor Jacinto Higueras, que luce ya en su pecho la Cruz del Mérito Militar que acaba de imponerle el delegado real. Rodeándolos personajes que resultan anónimos, vestidos con frac y pajaritas, con bigote o con barbas similares a las del rector Unamuno. Rostros serios y solemnes de hombres que acaban de llegar al monumento que Jaén ha levantado para conmemorar las grandes batallas que se libraron en su suelo.

En solemne procesión cívica las autoridades han recorrido las principales calles de la ciudad, acompañados por las bandas de Linares y Jaén que entonan marchas militares, hasta llegar a lo que pasados unos años se convertiría en el ensanche de Jaén ideado por el arquitecto Berges. Allí el obispo bendecirá el espléndido monumento ideado por Jacinto Higueras y a continuación oficiará solemne misa de acción gracias. En la foto aparecen en el momento de la llegada, tal vez han contemplado ya el monumento, tal vez ya ha sido bendecido. Es el 20 de octubre de 1912.

Jacinto Higueras Fuentes había nacido en Santisteban del Puerto en febrero de 1877. Formado en los talleres de Agustín Querol y de Mariano Benlliure, el Monumento de las Batallas lo catapultó a la fama. Presentó la maqueta del mismo en el Concurso Nacional de Escultura de 1910. El grupo relativo a la Batalla de Bailén consiguió la Medalla de Plata. El escultor salta a la fama y a partir de ese momento se suceden los encargos de monumentos e imágenes religiosas. Su fama llega incluso a la Casa Real, algunos de cuyos miembros asisten -ya en la década de 1920- al tallado del Cristo de la Buena Muerte de Jaén.

Entre 1910 y octubre de 1912 Jacinto Higueras, sin embargo, está enfrascado en este monumento soberbio, el mejor de cuantos existen en tierras de Jaén. En esas tierras se habían librado en julio de 1212 y julio de 1808 dos de las batallas más importantes de la historia de España: en la primera la unión de todos los reinos cristianos logró frenar el empuje almohade, facilitando el descalabro que los reinos musulmanes sufrirían durante el reinado de San Fernando; en la segunda, las tropas napoleónicas probaron por primera vez el sabor de la tierra amarga y de la humillación y de la derrota, y Dupont y la soberbia francesa no pudieron con el arrojo de los hombres del general Castaños. Setecientos años después de la primera batalla, las autoridades provinciales quisieron conmemorar ambas con un monumento que estuviera a la altura de las circunstancias. Y el de Jacinto Higueras lo está.

Características técnicas

Técnicamente el Monumento de las Batallas se asienta en un plinto trapezoidal, sobre el que se levanta un pedestal. A ambos lados del mismo los relieves en bronce, evocando las gestas militares. El relieve de la Batalla de las Navas o de Úbeda es un brillante ejemplo de escultura moderna, rotundo, recio: los guerreros cristianos se agrupan en una masa compacta de caballería dispuesta a cargar contra las tropas enemigas. El movimiento es mínimo, y sin embargo todo el grupo refleja el instante previo al movimiento definitivo, ese en el que no es posible detener al caballo, ese en el que retumba el suelo con el galope de la caballería. La batalla de Bailén, por el contrario, es plasmada con más movilidad, con mayor prestancia: ya no se trata de dar forma a las mesnadas de los reyes medievales, sino de expresar la gallardía de hombres que comienzan a estar imbuidos por las ideas del romanticismo, por el arrebato de la libertad y del patriotismo. En ambos relieves late la pasión de la lucha, el olor de la sangre, los gritos de los heridos: tal es su viveza, tal es su expresividad, tal es la fuerza de su mensaje de victoria.

El monumento se culmina con una esbelta columna mineral que se levanta desde el centro del plinto, soberbiamente coronada por una bella estatua de bronce que representa a Niké, la diosa griega de la victoria. En sus manos los galardones de los héroes, sus alas desplegadas. Tal vez es esta columna la que brinda toda la prestancia y belleza del monumento, la que lo convierte en algo admirable.

Victoria y ensanche

La erección del Monumento de las Batallas y la justa fama con que gozó desde muy pronto, facilitaría que a partir de los años 20 en esa zona comenzara a proyectarse una brillante ampliación urbanística. Un parque bautizado con el nombre de la estatua griega que corona la obra de Higueras o algunos de los más representativos edificios del modernismo racionalista en la provincia son la más brillante consecuencia de aquel monumento inaugurado en octubre de 1912. Y así, la obra de Higueras y la de Berges converge en uno de los espacios más modernos, dinámicos y sorprendentes de la provincia. ¿Eran capaces de imaginar eso aquellos hombres vetustos, serios, empaquetados en sus oficialidades que el fotógrafo sorprende una mañana de un 20 de octubre ya tan lejano?

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