El Rey en Estoril Vargas Llosa, desorientado

ANTONIO GALLEGO MORELL PEDRO VILLALAR

NO se trata de don Juan de Borbón y Batemberg, señor de 'Villa Giralda', en Estoril, a cuya residencia peregrinaron, en los últimos años del franquismo, todos los monárquicos españoles, yo entre ellos, cuyos nombres eran mirados con lupa por los servicios exteriores del Pardo; por algo y para algo, Franco había nombrado embajador en Lisboa a su fiel servidor Ibáñez Martín.

El protagonista es el Rey don Juan Carlos de Borbón y Borbón que vivió parte de su niñez y de su juventud en 'Villa Giralda'. Con la 'rentrée' política he cambiado de lecturas y este libro, publicado por 'Planeta', del periodista y novelista José Antonio Gurriarán es un exhaustivo estudio de más de quinientas páginas del exilio en Portugal de don Juan Carlos de Borbón. Prueba de la minuciosidad con la que el estudio está realizado son los más de cien testimonios de agradecimiento, que se consignan al frente del volumen, a particulares y entidades, por las noticias facilitadas, o los planos de Cascais y de Estoril con indicación de lugares relacionados con el futuro Rey de España. Pero en contraste con la puntual referencia a sus flirteos con jóvenes de su edad, de la realeza o no, no se consigna información de Madrid, que es el otro hilo del teléfono que, constantemente, repiquetea en su exilio: concretamente no se alude a los movimientos y maniobras de los monárquicos del interior en el largo camino, o travesía del desierto, hacia la Monarquía. En concreto, la referencia al «Escrito que el mes de junio del presente año de 1943 -se titula el Manifiesto-, dirigieron a su excelencia el jefe del Estado español algunos procuradores de las llamadas Cortes Españolas. Fue cursado por conducto del Excmo. Sr. Presidente de éstas y a él, se han adherido por carta otros procuradores». Era la reacción interna más dura contra el «todo está atado y bien atado», creado por Franco, para ir alargando su «magistratura vitalicia» (que él creía) e ir segándole el camino a don Juan, al que yo conocí, antes de ir a 'Villa Giralda', en una conferencia que dio Fernando Chueca en la 'Gulbenkia' de Lisboa, a la que me llevó su secretario general, el profesor Dinha Martins, el primer amigo que yo tuve en Portugal, en cuya mesa, a la que me llevó a comer en varias ocasiones, tenía una gran colección de cuadros de Pico de la Mirandola y valiosas ediciones de Erasmo -en el que era especialista-, Camoens y Sá de Miranda, en cuya edición de 'Obras en español' trabajaba yo, hasta la muerte, de mi mujer, cuando tiré a la papelera una serie de carpetas de trabajos en curso que con la tristeza y mi enfermedad ya me era imposible continuar.

Pero volvamos al Manifiesto: éste fue motivado por la «Carta de S.M. el Rey D. Juan III (q.D.g.), al Generalísimo Franco. La prensa y radios extranjeras han dado a conocer a finales de junio los siguientes párrafos que los periódicos españoles no han publicado de la última carta dirigida en el mes de marzo del presente año de 1943 por S.M. el Rey al Generalísimo Franco», es el encabezamiento del Manifiesto para el que se solicita la firma que, en carta conjunta desde Madrid a mi padre (9-6-43), Juan Ventosa y Alfonso (García Valdecasas se entiende) le remiten, le dice Ventosa: «Mi querido amigo: Con referencia a la conversación que ha sostenido con usted Valdecasas, quiero expresarle mi convencimiento sincero de que es nuestro deber hacer todo lo posible para evitar a España nuevos contratiempos y sobresaltos, que juzgo inevitables si no acertamos a efectuar la evolución necesaria en nuestro régimen político. Creo que ello debe hacerse en condiciones de normalidad, manteniendo intacta la unidad del Ejército y sin quebrantar los órganos esenciales de nuestra vida nacional. Estimo que los procuradores en Cortes no podemos ni debemos inhibirnos. Lo menos que podemos hacer es exponer nuestra convicción patriótica a quien tiene en su mano la solución. Esperando que le parecerá bien este criterio y la forma de su expresión que ha obtenido en muchas y calificadas adhesiones, se reitera suyo buen amigo, J. Ventosa».

A continuación, en la misma hoja, Valdecasas escribe: «Querido Antonio: Adjunto copia del documento. Va firmado por el Duque de Alba, Ventosa, Garnica, Halcón, Gamero, Goicoechea, Yanguas, Duque de Arión, García Vinuesa, Joaquinet, alcaldes de Cuenca, San Sebastián y algún otro, Muñoz Rojas, Zayas, Sabater, etc., aparte, bastantes firmas pendientes, entre ellas de varios alcaldes. Si estás conforme, tu firma o autorización para ponerla debe estar aquí el lunes. Si no tienes medio para enviar el documento o carta puedes telegrafiar diciendo 'conforme texto' o bien 'autorizo firma'. Pido a Dios que tus padres estén mejor y sobre todo que se haya aliviado la gravedad de tu madre. Un abrazo, Alfonso».

Al fin acabaron firmando también el Manifiesto el teniente general Ponte y el almirante Moreu, y se produjo la dimisión del ex ministro Valentín Galarza, así como la dimisión de Pemán de la presidencia de la Real Academia Española que llevaba anejo su nombramiento como procurador en Cortes, y de la que acababa de ser elegido presidente.

En esos días visitó Granada el general Antonio Aranda y este estuvo totalmente de acuerdo con el texto, aunque no lo firmó por no ser procurador en Cortes.

Como se comprueba, fue el torpedo de más calado que, desde dentro del régimen, se lanzó contra los manejos del viejo General. Poco después se producía la huelga de transportes, el pulso más fuerte del mundo obrero contra los manejos de Franco, hecho también silenciado en el libro de Gurriarán, por otro lado de apasionante lectura. Pero fueron dos actuaciones que hicieron echar llamas a los teléfonos de Estoril, Madrid y del exilio de París. Franco, a su vez, acusó su desgaste con deportaciones y ceses. No olvidemos que la lucha contra lo que representaba el advenimiento de un Rey de 'todos' los españoles llegó hasta el estertor del grito de Valcárcel al hacer pública, en las Cortes, la proclamación del Rey: «Desde la fidelidad a Franco, ¿viva el Rey!». Pero este grito condicionó la homilía del cardenal Tarancón en la misa de acción de gracias, decisiva para el triunfo de la Transición, del Rey y de Suárez.

El libro debería ofrecer al final una doble cronología a dos columnas con fechas y acontecimientos que en Portugal y en España fueron perfilando la larga y difícil andadura que llevó a don Juan Carlos a la restauración de la Monarquía, y no a la instauración de una nueva como quería el General, y que se consumó el día histórico que, tras su abdicación, hizo a don Juan cuadrarse ante su hijo, saludarlo y gritar su ¿Viva el Rey! con lo cual la Monarquía legitimaba su línea dinástica, tras tres guerras civiles en el siglo XIX -en don Juan Carlos coincidían los dos bandos- y la del 36-39. DECLARÓ no hace mucho Vargas Llosa en una entrevista publicada en España un gran arrepentimiento por su aventura política peruana, que terminó en catástrofe: sus aspiraciones presidenciales, bajo la bandera encomiable del antipopulismo y el liberalismo, perecieron en 1990 arrasadas nada menos que por el demagogo y delincuente Fujimori. El eximio escritor, junto a Gabriel García Márquez en la cumbre de la literatura hispanoamericana del siglo XX, reconocía así que su papel en la vida no había de ser más la política sino las letras, donde ha alcanzado ya todas las metas imaginables salvo el Nobel, que probablemente no le den, sectariamente, por razones ideológicas. Pero es manifiesto que a Vargas Llosa le tienta el gusanillo de la política porque también aquí, en su país de adopción -Vargas Llosa solicitó y obtuvo la ciudadanía española en 1993, aunque también mantiene la peruana-, gusta de tomar públicamente partido. Acaba de hacerlo a favor de esta 'bisagra' que encabezan Rosa Díez y Fernando Savater y que dice ser una formación 'de izquierdas'. Paradójicamente, la simpatía de Vargas Llosa proviene de que el PSOE «ha dejado de ser dique de contención de los nacionalismos» en tanto al PP le falta 'fibra liberal'. Vargas Llosa es, efectivamente, un liberal, adscripción que en América Latina crea problemas a los intelectuales. Se entiende, pues, poco que, en lugar de luchar por infundir el saludable liberalismo en las dos grandes fuerzas, opte por impulsar un partidillo de ocasión que no tiene ni presente ni futuro y que todavía no ha sido siquiera capaz de distinguir la derecha de la izquierda.

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