Trump redobla los ataques racistas contra cuatro congresistas no anglosajonas

Veronica Escobar (i), Ocasio-Cortez (c) y Rashida Tlaib. /Efe
Veronica Escobar (i), Ocasio-Cortez (c) y Rashida Tlaib. / Efe

El domingo tuiteó «Go home» y este lunes reiteró que «si no están contentas que se vayan»

MERCEDES GALLEGOCorresponsal en Nueva York (EE UU)

Las redadas masivas anticipadas para el domingo no se produjeron pero Donald Trump tenía en mente una cacería más selecta que dejó helado al país. Ya lo decía Martin Luther King, «al final lo que recordaremos no serán las palabras de nuestros enemigos, sino el silencio de nuestros amigos». Lo que más dolía este lunes mientras el presidente de Estados Unidos redoblaba los ataques contra cuatro congresistas no anglosajonas a las que conminó a «que vuelvan a los países inservibles e infectados de delincuencia de los que salieron» no eran las risas de los presentadores de Fox, sino el silencio de los legisladores republicanos.

Pasaron las horas y ni uno solo levantó la voz para defender a las cuatro colegas del Congreso a las que el presidente había gritado por Twitter que «vuelvan a los países inservibles infectados de crimen de los que salieron». Las cuatro eran, según los estándares anglosajones, «mujeres de color», tres de ellas nacidas en EE UU y una nacionalizada estadounidense. Nadie en España consideraría a la puertorriqueña Alexandria Ocasio-Cortez una mujer de color, pero el presidente se retroalimenta del inconsciente colectivo más racista y planta semillas de odio a su alrededor. «Ahora sabemos», aclaró la portavoz del Congreso Nancy Pelosi, que su plan de «Make America Great Again» (Haz America Grande de Nuevo) siempre ha querido decir «Make America White Again» (Haz América Blanca de Nuevo).

La portavoz del Congreso ha anunciado que forzará un voto de condena a los comentarios del presidente para obligar a los republicanos a retratarse. Pelosi aún pertenece a una generación en la que se celebraba la diversidad como fortaleza de un país poblado con colonos y nutrido de barcos que llegaban al puerto de la Estatua de la Libertad. Todavía los inmigrantes representan el 40% de la población estadounidense, inquietos ayer al entender que a ojos del presidente y sus seguidores siempre serán extranjeros. Sobre todo si se atreven a criticar sus políticas.

«En lo que a mí respecta, si odias a este país y no estás contento aquí, te puedes marchar», redobló este lunes el mandatario, sin retroceder un centímetro en los ataques del día anterior. «Si vas a estar quejándote todo el tiempo, te puedes marchar ahora mismo». Y después de dar algunos nombres que antes había querido evitar, añadió: «No sé quién las va a echar de menos, pero supongo que alguien lo hará».

Ocasio-Cortez nació en Nueva York. Rashida Tlaib en Detroit. Ayanna Presley en Chicago. Ilhan Omar en Mogadishu (Somalia), pero llegó a EE UU como asilada política a los nueve años y tiene plena nacionalidad desde los 17. Estas cuatro jóvenes congresistas representan el dinamismo y la diversidad del ala progresista del partido demócrata. Ninguna aspira a ser presidenta, por lo que Trump no se enfrenta a ellas como rivales. Solo las ve como carne de cañón para alimentar la guerra de odio y escándalo en la que se crece su campaña.

Esta vez han resultado ser también el termómetro para medir el dominio que ejerce sobre el partido de Reagan, que tomó por asalto en 2016. Los únicos que se han atrevido a criticarle por esos comentarios ya han abandonado los cargos que ejercían. Marc Short, jefe de gabinete del vicepresidente Mike Pence, defendió a Trump de las acusaciones racistas con una prueba que considera irrefutable: «En su gabinete hay dos personas de color». Se refería a la secretaria de Transporte Elaine Chao, nacida en Taiwan, y al afroamericano Ben Carson, secretario de Vivienda.

Esa cuota que utiliza de coartada no le salvó de comentarios sarcásticos en The Guardian, donde el columnista Richard Wolffe advirtió con mofa: «Pronto vamos a ver a un presidente germano americano confabulándose con un primer ministro nacido en Nueva York de ancestros turcos y rusos». «Con todos esos inmigrantes quedándose con los empleos de racistas con pedigrí, con razón ya no se encuentran buenos nacionalistas blancos que sepan jugar bien la carta racista».