Muere deshidratada una niña guatemalteca de 7 años en manos de las patrullas fronterizas de EE UU

Muere deshidratada una niña guatemalteca de 7 años en manos de las patrullas fronterizas de EE UU

La menor y su padre fueron detenidos el pasado 6 de diciembre. Empezó a tener convulsiones y fue trasladada a un hospital con 41 grados

MERCEDES GALLEGOCorresponsal en Nueva York (EE UU)

El desierto es duro. Si el padre de la niña pensó que lo único bueno de caer en manos de las patrullas fronterizas es que salvarían la vida, se equivocó. No les dieron comida ni agua. A los dos días de haber sido detenidos, como parte de un grupo de 163 personas, su hija de siete años estaba muerta.

«Es una situación muy trágica», lamentó sin el menor atisbo de culpa el portavoz de la Casa Blanca Hogan Gidley. «¿Aceptamos nosotros responsabilidad alguna por un padre que lleva a su hijo al desierto después de una peligrosa travesía por México para llegar a nuestro país? No», atajó con frialdad.

En el gobierno de Trump no queda humanidad ni para llorar a los muertos. El guatemalteco Nert Caal, de 29 años, no pudo velar a su hija. El cuerpo de Jakelin yace en una fría morgue de El Paso, donde el forense realiza la autopsia, mientras que su padre sigue detenido en la frontera entre Nuevo México y Arizona, donde las autoridades guatemaltecas tratan de asistirlo. En entrevista con la cadena Fox la secretaria de Seguridad Doméstica Kirstjen Nielsen, a la que Trump amenaza con despedir si no muestra más mano dura, deseó que la muerte de esta niña «recuerde» a los inmigrantes «los peligros del camino», entre los que nadie contaba con morir en manos de las patrullas fronterizas.

A las 8 horas de ser detenida, la niña empezó a tener convulsiones. Los enfermeros que la atendieron comprobaron que tenía casi 41 grados de fiebre y según el comunicado oficial, «se reporta que no había comido ni consumido agua en varios días». Ante la alarma del personal médico, se la trasladó en helicóptero a un hospital de El Pao, donde falleció el lunes, en cuestión de horas.

No es la primera víctima de la indiferencia migratoria, pero sí la primera que el gobierno elige hacer pública, como si quisiera que su muerte sirva de escarnio. Esa era también la intención de la política de separación familiar, que no ha podido resolver ni por orden judicial. Casi 250 niños seguían el mes pasado bajo custodia, al nos poder localizar a sus padres.

La situación puede ser incluso peor para grupos de población vulnerable que no despiertan la ternura de los niños. Roxsana Hernandez Rodríguez, una transexual de 33 años, portadora del sida, que huía de la violencia y la marginación que sufría en Honduras llegó a final de abril con otra caravana y falleció en mayo en custodia de las patrullas fronterizas de Nuevo México, víctima de deshidratación y palizas. El gobierno sostiene que las sufrió antes de cruzar la frontera. La autopsia indica que las «profundas» heridas internas en ambos lados del costado que provocaron hemorragias son indicativas de golpes y patadas propinados con intención de no dejar señales, amén de las hemorragias en las muñecas, «típicas de haber llevado esposas muy apretadas». La familia ha demandado al gobierno, que lejos de avergonzarse ve en estas muertes una nueva forma de desalentar a los migrantes.