Los errores dejan a cientos de niños sin sus padres en EE UU

Varios niños participan en una manifestación contra las políticas de Trump. /AFP
Varios niños participan en una manifestación contra las políticas de Trump. / AFP

Caos y confusión en los aeropuertos durante las últimas horas del gobierno para cumplir con el plazo judicial para la reunificación familiar

MERCEDES GALLEGOCorresponsal en Nueva York (Estados Unidos)

El gobierno que acuñó el término de «hechos alternativos» para defender que Donald Trump había tenido más asistentes a su investidura que ningún otro presidente «en la historia» de Estados unidos debutó ayer con una nueva entrega para el vocabulario de la posverdad. Según dice, ha cumplido plenamente con la orden judicial de reconectar a todos los niños «elegibles» que separó de sus padres en la frontera y afirma que «las estadísticas son dinámicas».

Eufemismos aparte, de los 2.531 niños entre 5 y 17 años que tenía que reconectar con sus padres antes de la medianoche del jueves, sólo 1.442 están con ellos. Eso deja en el limbo a más de mil niños, de los cuales 378 han sido entregados a algún pariente u otra organización, 280 han sido declarados «no elegibles» por diversas razones y 431 perdieron su tren, o más bien su avión, porque sus padres ya habían sido deportados voluntariamente con la promesa de que esa sería la vía más rápida para recuperarlos. Lejos de serlo, el gobierno ya no tiene manera de contactarlos para facilitar la reunificación.

Lo mismo ocurrió el pasado 12 de julio al vencerse el plazo fijado para los más pequeños de entre 0 y 5 años, que tenían prioridad. Sólo 58 de los 103 contabilizados fueron entregados a sus padres. Con todo, el juez californiano Dana Sabraw parece estar dispuesto a darle cierto margen, tras reconocer en una vista el mastodóntico tamaño de la tarea que le había asignado al gobierno. Algo que nunca se había hecho antes, porque ningún gobierno llegó a jugar con los niños de los inmigrantes como arma disuasoria.

El esfuerzo final fue supremo pero igual de caótico y desorganizado como fueron separados. En Nueva York, por ejemplo, el gobernador Andrew Cuomo describió la fila de furgonetas blancas que iban a trasladar al aeropuerto 80 niños acogidos en los Centros de Cayuga, en Harlem, «pero la lista que les dieron no era correcta y muchos no estaban allí», contó en conferencia de prensa. Otra lista posterior con 14 nombres resultó en una apresurada carrera de última hora hacia el aeropuerto de La Guardia donde iban a tomar un avión que salía un poco después de la hora bruja, pero aún así al llegar se encontraron que sólo se les había comprado billetes de avión a la mitad de ellos. A los siete restantes se los llevaron a la carrera hasta otro aeropuerto del estado de Nueva York, el de Westchester County, para un vuelo que salía al alba. Sólo que una vez más, apenas dos pudieron viajar. «A los cinco que quedaban se los llevaron de vuelta al Centro de Cayuga después de tenerlos dando vueltas toda la coche por todos los aeropuertos de la ciudad», informó el gobernador. «Clara incompetencia y un caos deliberado», acusó.

De los 300 niños que se calculaban alojados en Nueva York, el alcalde Bill DeBlasio estimaba que unos 200 habían sido trasladados con intención de reunirlos con sus padres, «pero eso no garantiza que lo hayan hecho». Como ejemplo, un niño de 7 años de los Centros de Cayuga llegó a mediodía del jueves a McCalllen (Texas), pero a su madre la habían puesto en libertad días antes y no sabía de su llegada. Otros dos hermanos de 9 y 14 años a los que pusieron en un vuelo de Southwest se encontraron que su madre había sido deportada, según contó el abogado de estos a la prensa.

Todos ellos pasaban a formar parte de los «no elegibles», junto con aquellos a cuyos padres se les hubiera encontrado algún antecedente penal con el que justificar que se les apartase del grupo. Los dolores de cabeza empezaron a principios de mayo, cuando el fiscal general Jeff Sessions empezó a aplicar una política de «tolerancia cero» que incluye la separación familiar como escarnio público para desalentar el flujo migratorio, con el argumento de que no pueden tener a los niños en un centro de detención.

Las escenas de Nueva York se repitieron por todo el país. Hasta en el mejor de los casos en los que los padres recibían jubilosos a sus pequeños, la forma en la que los encontraron les cortó en seco la alegría. Roxana, una madre de 23 años que recibió a su hijo de 9 en el aeropuerto de McAllen (Texas) lo recibió con un ojo morado y una tos angustiosa. «Me lo han devuelto enfermo, golpeado y traumatizado», se quejó ante la prensa que documentó su reunificación.

Muchos de estos padres liberados con un brazalete en el tobillo y un hijo traumatizado se refugiaban ayer en la Basílica de Nuestra Señora de San Juan del Valle (Texas), a 30 kilómetros de la frontera, convertida en un improvisado albergue. Según el padre Jorge Gomez, cada noche de esta semana han llegado a dormir unos 300, incluyendo mujeres embarazadas, dijo a Los Angeles Times. «Al amanecer los veo dormidos en el suelo abrazando a sus hijos. Eso me hace feliz».

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