Aumenta a 290 la cifra de fallecidos por los atentados de Sri Lanka

Hay al menos 32 extranjeros entre los fallecidos en los ataques que terroristas suicidas han llevado a cabo contra tres iglesias cristianas y cuatro hoteles de lujo

ZIGOR ALDAMAShanghái

En Sri Lanka el Domingo de Resurrección se convirtió en domingo de muerte. Eran las 8:45 horas de la mañana y los cristianos celebraban la misa de este día tan señalado en la Semana Santa cuando tres ataques simultáneos con explosivos reventaron otras tantas iglesias: una en la capital, Colombo, otra en la cercana localidad de Negombo y la tercera en la ciudad oriental de Batticaloa. A la misma hora, tres hoteles de lujo -Shangri-La, Cinnamon Grand y Kingsbury, todos en Colombo- también fueron atacados con bombas.

Una séptima explosión, menos potente, se registró varias horas después junto al zoo de Dehiwala, frente a otro hotel, y las últimas, también de menor fuerza, sacudieron el barrio de Dematagoda, situado a las afueras de la capital. Allí, en el complejo residencial Mahawila Garden, se encontraba la vivienda en la que se planearon los ataques y a la que, aparentemente, pretendían regresar los terroristas. Grupos especiales de la Policía los buscaron en su interior y se produjo un enfrentamiento en el que nuevas deflagraciones mataron a tres agentes. En total, se encuentran detenidas 24 personas como sospechosos de tener conexión con estos atentados.

     

Según las autoridades, el número de víctimas mortales superó las 207, aunque la cifra es provisional y podría aumentar. Entre los fallecidos, al menos 32 son extranjeros, pero las nacionalidades no se han confirmado aún y solo se sabe que hay ciudadanos de Estados Unidos, Holanda, Gran Bretaña, Turquía, India, Dinamarca, Reino Unido y China porque así lo han comunicado sus respectivos países. El número de heridos cruzó la barrera de los 500 y los hospitales de las ciudades se vieron desbordados. Muchos de los heridos llegaron en situación crítica, no se pudo hacer nada por salvar su vida y sus cadáveres tuvieron que ser amontonados a la intemperie debido a la falta de espacio en la morgue.

Interior de una de las iglesias tras los atentados. / Afp

A pesar de que ningún grupo se ha atribuido todavía los atentados, la Policía da por hecho que son obra de terroristas suicidas. Hoy incluso aseguró haber identificado a dos de ellos. Las imágenes tomadas en el interior de una de las iglesias, en las que el explosivo detonó en medio del templo y provocó el derrumbe del techo, también parecen indicar que, efectivamente, alguien llevaba adherido al cuerpo el explosivo. «Ha sido un río de sangre. Ha salido el cura y estaba también cubierto de sangre», contó Sumanapala, un testigo del ataque contra la iglesia capitalina de Sain Anthony a 'The New York Times'.

«Ataques cobardes»

«Condeno rotundamente estos ataques cobardes contra nuestro pueblo. Y pido a los ciudadanos que se mantengan unidos y fuertes durante este momento trágico. El Gobierno toma pasos de inmediato para controlar la situación», dijo en Twitter el primer ministro, Ranil Wickremesinghe. Reconoció asimismo que recibieron alertas previas pero no adoptaron las precauciones necesarias, aunque no quiso profundizar sobre el tema y se limitó a decir que el Gobierno hizo lo que debía.

Pero las redes sociales no solo sirvieron para enviar condolencias. Ante la avalancha de bulos y de rumores que las incendiaron hoy en Sri Lanka, y consciente del peligro que eso entraña para la estabilidad social en momentos tan tensos como los actuales, el Gobierno decidió bloquear temporalmente los servicios de WhatsApp, Facebook y Viber. «Hasta que la investigación aclare lo sucedido», dijeron desde el Ministerio de Defensa.

Las autoridades también impusieron un toque de queda entre las seis de la tarde y las seis de la mañana, y declararon el estado de emergencia. Colegios, oficinas, e instituciones oficiales permanecerán cerrados mañana, y puede que el martes también. «Tomaremos todas las medidas que sean necesarias para detener la actividad de grupos extremistas», aseguró en una comparecencia de prensa el ministro de Defensa, Ruwan Wijewardene, que confió en «llevar a los culpables ante la justicia pronto».

Diferentes fuentes señalan con dedo acusador al grupo National Thowheeth Jama'ath (NTJ), que era desconocido hasta el año pasado y al que se le atribuían únicamente actos de vandalismo contra estatuas budistas. No obstante, en enero la Policía detuvo a cuatro hombres acusados de pertenecer a este grupo islamista radical y en su poder encontró explosivos y detonadores. Si se confirma la autoría de los atentados, confirmarían una importante escalada de su capacidad para llevar el terror al corazón de un país que conoce bien el odio interreligioso.

Porque budistas cingaleses y tamiles hinduistas protagonizaron una encarnizada guerra civil que duró veintiséis años y a la que se puso punto final ahora hace una década con una brutal operación militar que acabó con los Tigres de la Tierra Tamil. Las heridas entre ambas comunidades, sin embargo, continúan abiertas. En los últimos años, a esta tensión entre hinduistas y budistas se han sumado también las comunidades musulmana y cristiana, que representan un 11% y un 7% de la población respectivamente.

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