Habría que inventarlo

Se respira un pavor hacia lo diferente, lo original, que termina beneficiando al mediocre, a quien no se atreve, a quien se limita a cumplir con lo que se espera de él

Habría que inventarlo
JOSÉ IGNACIO CEJUDOGranada

Hace poco se viralizó un interesante artículo titulado 'La sociedad del sándwich mixto: por qué los mediocres dominan el mundo'. Analiza bien los días que vivimos, en los que se cerca a quien se empeña en diferenciarse, señalándole y diciéndole: «Pero este, ¿de qué va?». Se respira un pavor hacia lo diferente, lo original, que termina beneficiando al mediocre, a quien no se atreve, a quien se limita a cumplir con lo que se espera de él. El progreso camina hacia la parodia de una sociedad de masas virtuales ridícula en la que cada individuo exige que el resto del universo tenga la misma opinión que uno.

Todos pecamos de eso alguna vez, aunque a mí, esté de acuerdo o no con la estructura de valores de cierta persona y siempre que no cargue cadáveres a su espalda, me gusta pensar aquello de 'si no existiera, habría que inventarlo'. Me sucede por ejemplo con dos personajes tan polémicos como José Mourinho o Neymar. El portugués, tan incendiario siempre que no cuesta imaginarlo como a un niño pirómano en su infancia, parece haber entregado definitivamente la cuchara del odio y la bilis. Se ha convertido en una especie de abuelo de Heidi que se lleva bien con todo el mundo y hasta abraza periodistas. Se ha desenmascarado como 'joker' en la ópera bufa del fútbol pero dice que ya está bien de paro y platós, algo que podría tratarse de un síntoma de debilidad. Ojalá mantenga al diablo dentro. Por las risas.

Luego está Neymar, el hombre del verano. Todos los que somos mediocres futbolísticamente, también algún profesional, le hemos recriminado alguna tarde el abuso de su talento por pura envidia. Se le exige que sea modélico porque gana mucha pasta, pero él prefiere divertirse como si no hubiera un mañana. Volvió al Parque de los Príncipes, decidió el partido con una chilena en el 92' y dijo: «Quería irme, no hace falta que me apoyen». No lo querría cerca, pero me alegro de que exista.