Cuando Marina Roldán atraviesa el umbral que la conduce a su lugar de trabajo, en Pedro Martínez, el entorno se transforma y es como si ... la joven se teletransportase a un pueblo de la costa granadina. La temperatura aumenta, de repente, veinte grados, la humedad se dispara y unas frutas ovaladas de color rosa y espinas verdes se convierten en las protagonistas del escenario. Ella se dispone a cortar y recoger las que están maduras mientras echa la vista atrás y recuerda los años de su otra vida. «Pasaba once horas delante de un ordenador, los trayectos eran infinitos...ese trabajo me tenía encerrada en casa», dice.
Fue traductora multimedia en Barcelona, donde estudió y pasó toda su juventud. Hasta que un día decidió romper con toda su rutina en esta gran ciudad para empezar de cero en un pueblo de apenas 1.200 habitantes. «Quería respirar tranquilidad, aire fresco, estar rodeada de naturaleza y tener tiempo», afirma con rotundidad. Su expresión, cuatro años después de tomar ese camino, indica que fue la acertada. Se ha olvidado del ajetreo y el bullicio que antes sufría día a día y lo ha cambiado por el olor a tierra mojada, la quietud y la tranquilidad de las calles de Pedro Martínez o el canto de los grillos al caer la noche durante el verano.
Ve, ahora, cómo la vorágine de su vida discurre a otro ritmo. «El encierro y todo lo que nos pasó durante la Covid supuso un punto de inflexión. Fue eso lo que nos motivó a dar el paso y apostar por este camino», detalla. Y no se le ocurrió un lugar mejor que el pueblo de su abuela materna, donde pasó muchos veranos de niña y en el que creó los mejores recuerdos de su infancia.
Eso es, precisamente, lo que quiere para su hija Mar, de solo año y medio. Piensa en que dedicarse a la agricultura en un municipio pequeño le va a permitir tareas tan sencillas como llevarla al colegio, pasar más tiempo con ella y con su pareja, Samir, actividades cotidianas que no se podría permitir en una gran ciudad. «En Barcelona tardaba una hora en ir a cualquier sitio en metro y no me habría podido permitir tener hijos y formar una familia», reflexiona.
Se siente afortunada por el mero hecho de ver que su nueva oficina de trabajo está rodeada de naturaleza y algunas pocas casas aisladas.
Fruta del dragón
La pitaya que Marina cultiva en este municipio de los Montes Orientales, comarca al norte de la provincia de Granada, es la única fruta del dragón que existe en decenas de kilómetros de distancia. «Apostamos por este producto porque hace cuatro años era muy novedoso en España y queríamos innovar y abrir otras opciones en esta zona», explica.
Rodeados de cultivos de olivos o pistachos, los más característicos del territorio, buscaron una alternativa que les permitiese crecer y lograr un éxito que mantienen hoy día. Distribuyen la mercancía a una cooperativa en concreto.
La joven desafía el clima seco del pueblo, las bajas temperaturas de invierno y las altas en verano y consigue elaborar un producto inmejorable. El secreto de la fórmula es darle el mayor «mimo y cuidado posible». Lo demuestra en cada una de las labores que componen su día a día. Desde adaptar la temperatura del invernadero en el que crece la fruta del dragón a controlar los productos con los que nutre cada pitaya para que crezcan de forma adecuada.
Calidad de vida
Ese mimo y cuidado lo comparte en el trato a los vecinos que conoce de siempre y en la mentalidad, a sus 36 años, de que lo que desean los jóvenes es disfrutar de una calidad de vida que abunda –o solo existe– en los pueblos. En Pedro Martínez, puede comprar, ir a algún bar, hacer rutas en plena naturaleza o divertirse en las fiestas.
Lo cuenta mientras sujeta y parte orgullosa una de las pitayas que produce. Aunque no se aventura demasiado a hablar del futuro, su rostro lo hace por sí solo. No se imagina ya cómo sería su vida fuera de Pedro Martínez. Quiere que su hija crezca en ese entorno y lo haga comiendo todos los días la fruta del dragón.
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