Virtudes Molina: «Mis recuerdos van ligados al campo y sus olores, al frescor de las higueras por la mañana y a los tomates recién cortados»

La profesora Virtudes Molina, exsecretaria del Consejo Social de la UGR, descubrió su vocación en Montillana, la tierra de su familia, a donde retornaba cada verano desde Granada para sentir la libertad de trillar en la era, correr por las calles o dar clase a los niños del pueblo

Virtudes Molina en Cantabria, donde cada año pasa unos días en verano huyendo del calor andaluz./IDEAL
Virtudes Molina en Cantabria, donde cada año pasa unos días en verano huyendo del calor andaluz. / IDEAL
ÁNGELES PEÑALVER

Virtudes Molina Espinar se acaba de jubilar como docente de Geografía e Historia en el instituto Trevenque de La Zubia, aunque antes ejerció 18 años como consejera-secretaria del Consejo Social de la Universidad de Granada, el órgano de gobierno que garantiza la participación de la sociedad en la institución académica. Desde hace unos años se refugia en el fresquito de Cantabria durante los veranos, pero en su primera infancia pasaba los estíos en Montillana, municipio granadino de los Montes Orientales, el pueblo de toda su familia paterna y materna. Aquello le parecía el paraíso.

«Mis abuelos maternos tenían 34 nietos de todas las edades, a los que en vacaciones recibían encantados, procedentes de Madrid, Barcelona, Granada... En verano nos juntábamos muchos primos. Nuestro mote era 'Los Chaveas'. Aún está en mi mente esa frase cuando paseabas por el pueblo y alguna mujer te decía... ' bonica, ¿tú de quién eres?'. Y respondías... 'de Leonardo y Rosario'. Entonces siempre había otra mujer que decía: 'Mujer, esta niña es de Los Chaveas'. ¡Y asunto aclarado!».

Aquella época se le antoja fantástica aún hoy día: el trajín de la casa en los almuerzos y las cenas, las conversaciones en la puerta de la calle para aprovechar el fresquito, las jugosas charlas nocturnas de las vecinas mientras los críos jugaban hasta muy entrada la noche... «No había horarios fijos ni callejuelas que se libraran de servirnos como escondite. Era genial. Todo el pueblo para los niños».

Virtudes ha ocupado distintos cargos dentro de la Consejería de Educación de la Junta de Andalucía, entre ellos el de coordinadora de la Inspección de Enseñanzas Medias y de Delegados Provinciales y de Directores Generales. Su dilatada vida profesional no emborrona el recuerdo de una infancia rural plagada de matices: «Sentía emoción cuando nos dejaban ir a las eras y nos montábamos en el trillo y trillábamos, siempre de uno en uno y con un mayor. Aquella sensación detrás de los mulos dando vueltas por la parva era casi de vértigo. ¡Y ni te digo el revuelo que montábamos cuando alguno de los mulos levantaba su cola y hacía sus necesidades! Aquello nos daba para reír todo el día».

Los olores

De lo más intenso -abunda esta mujer que aún atesora en su mente el olor a hortaliza recién regada y a higueras bañadas de rocío- era cuando cogían los tomates, pimientos y demás productos de la huerta. «Recuerdo también cuando me enviaba mi madre con mi hermana a por el pan, al único horno, el de Julianillo. Aquello era un poco estresante, ya que no podías salirte de la fila de mujeres porque se acababa el pan y no veas la que te caía si volvías sin pan a la casa», se ríe esta mujer que en 1980, con 22 años, sacó las oposiciones de Cátedra de Instituto en Madrid. Con 23 años, ya fue nombrada directora de un centro en Estepa (Sevilla).

Algo excepcional que le marcó para siempre fue dar clase -siendo muy niña- en Montillana, donde el curso duraba una semana más que en Granada capital. «La cuestión era que mi madre, que era amiga de la maestra, le pidió que me dejara ir allí al colegio esa semana (en esos momentos todo era más sencillo y no debía haber tanto control administrativo). A mí me encantaba porque la maestra me ponía a ayudar a otros niños y sinceramente eso me daba un subidón tremendo y no me extraña que fuera el germen de mi vocación».

Virtudes considera una suerte poder haber pasado aquellos veranos en un pueblo sin calles asfaltadas, sin polideportivos, sin coches... «Percibías una sensación enorme de libertad. Sólo volvías a casa para dormir, comer o coger la onza de chocolate y el pan reglamentarios de la merienda. Aunque lo mejor, visto con perspectiva, fue todo lo que aprendí de esa gente sencilla y sabia, cuyo trabajo era duro y dependía del tiempo. Esa percepción siempre me ayudó a sentirme muy privilegiada al pensar que mi trabajo solo consistía en sacar buenas notas en el colegio de la Presentación, esperando siempre las vacaciones para ir al pueblo y estar con mis abuelos y primos».

 

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