La víctima del incendio de Las Gabias: «Tengo miedo a que salga de la cárcel e intente matarme»

Ioana recibe a IDEAL en la puerta de su casa, que ya ha sido rehabilitada. / Alfredo Aguilar

Ioana espera que la Justicia no deje en libertad al padre de su hijo, que tenía una orden de alejamiento y fue detenido como presunto autor del fuego, ocurrido en noviembre

Yenalia Huertas
YENALIA HUERTASGranada

La puerta de la casa de Ioana, la moradora de la vivienda de Las Gabias que fue pasto de las llamas la noche del pasado 6 de noviembre, está entornada. Por el resquicio se puede apreciar un salón despejado y pintado. Hay una plancha en el suelo. Las persianas están bajadas pero no del todo y dejan entrar la luz suficiente para adivinar lo que hay en la estancia. Ioana, de sonrisa triste y apariencia vulnerable, es madre de dos varones, de 10 y 15 años. Ella tiene 42 y vino a España a buscar trabajo. Está en paro y lo único que ha encontrado es tanto miedo al futuro como al pasado.

Si no es gracias al retroceso en el tiempo que permite una hemeroteca, nadie pensaría que la vivienda que se abre tras Ioana es la misma que fue devorada por el fuego aquella noche. Las paredes lucen nuevas, pero los muebles no lo son. Es como si fuera una alegoría de su existencia: mientras ella intenta cada sol resurgir de sus cenizas, sus temores se lo impiden. Parece que la vida le sujeta el pie.

Ioana se pone un poco nerviosa al recibir a los informadores. Los atiende amablemente y con cierta sorpresa. IDEAL le explica que en febrero la Audiencia de Granada dispuso que su expareja, G. O. C., siguiera en prisión provisional como presunto autor del incendio y que hasta el viernes pasado, según el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía (TSJA), continuaba entre rejas. Pero ella está inquieta; afirma que le han dicho recientemente que podría salir de prisión, pero que le avisarían. Tiembla con solo pensarlo.

«Pido que esté encerrado y que me deje vivir mi vida tranquilamente, porque no puedo. Llevo separada tantos años de él... y no me deja. No sé por qué no me deja, pienso que se cree que soy su propiedad», expresa Ioana. Su vida no es que no haya sido fácil, es que se le puso cuesta arriba desde el principio. «Soy huérfana; no tengo familia», asegura. «Estoy sola, no tengo a nadie y encima me pasa lo que me pasa». Los ojos se le humedecen. Su hijo pequeño es sordo, tiene un implante y cruza los dedos para que no se le estropee. Sus recursos son escasos.

Han pasado seis meses desde el incendio y su tranquilidad ha sido relativa: «Sabía que tiene que salir de la cárcel y tenía miedo a que viene otra vez a intentarme ahora hacerme algo, a matarme». El acento de Ioana y su forma de conjugar los verbos delatan su origen: nació en Bucarest, en Rumanía.

Su expareja y presunto autor del incendio es granadino. Tiene «46 o 47 años», dice. Ioana desvía la mirada para evitar hacer memoria incluso sobre la edad de la persona a la que denunció por presuntos malos tratos. Sobre él pesaba una orden de alejamiento cuando la casa se quemó. La Guardia Civil lo detuvo porque algunos vecinos lo vieron por las inmediaciones. Según ella, en fechas anteriores ya había habido un conato de incendio en su trastero. Él, según se desprende del auto de la Audiencia, dijo «no recordar si prendió fuego o no a la vivienda».

A Ioana le pilló –afortunadamente– fuera de casa. Había ido al hospital con una amiga. Justo la mañana de ese día la había llamado la Guardia Civil para que acudiese a Padul a recoger al pequeño, que estaba con su progenitor y, por lo visto no estaba yendo al colegio. Luego, el fuego. La Audiencia de Granada, en el auto publicado este fin de semana en este diario, consideraba que existe riesgo de que vuelva a repetirse la historia, de que el investigado vuelva a «atentar» contra los bienes de Ioana.

«Me llamaron por teléfono diciéndome que mi casa se estaba quemando», recuerda la mujer de aquella noche. Cuando acudió se encontró a los Bomberos, la Policía, las sirenas, el humo... Hubo que desalojar a los vecinos.

Trabajo

En caso de que él salga de su celda, ella quiere marcharse de su vivienda a una casa de acogida. «Porque me da miedo; no puedo vivir así. Estoy nerviosa, con depresión», se justifica. Asegura no haber recibido ayuda institucional en todo este tiempo y repite un deseo: trabajo. Está en paro y no puede comprar lo que necesita para su casa.

«Nadie –lamenta– me ha echado una mano para comprarme las cosas que se han quemado en el fuego». Las llamas le dejaron sin ropa, sin sus pertenencias. Lo perdió todo, menos el miedo. Necesita cerrar esa puerta entreabierta, necesita encontrarse segura.