«Mi vuelta al mundo va a costar lo mismo que un Volkswagen Golf»

El granadino Salva Rodríguez lleva seis años y medio recorriendo el planeta en bicicleta

ALEJANDRO MOLINAGRANADA.
Salva Rodríguez pedalea en mitad de una jungla en América . :: IDEAL/
Salva Rodríguez pedalea en mitad de una jungla en América . :: IDEAL

En tiempos de vacaciones, el tamaño del equipaje para pasar un fin de semana en la playa puede alcanzar cotas inimaginables. Y es que la sociedad actual no es muy dada a prescindir de cualquier comodidad, por mínima que sea. Si el viaje se plantea con niños pequeños, más vale contar con un coche de apoyo para completar el convoy.

A otros, por el contrario, una bicicleta de trescientos euros con varias alforjas en las que meter la tienda de campaña, filtro para el agua, comida, cámara de fotos y algunos repuestos es más que suficiente para dar la vuelta al mundo. No es una forma de hablar, en el año 2006 el granadino Salvador Rodríguez decidió dar la vuelta al mundo en solitario así y está cada vez más cerca de lograrlo.

Seis años y medio después, se encuentra en América Central. Atrás ha quedado una increíble travesía por África y Asia. Por delante, menos mundo del que ya ha visto y un regreso a Granada que no se espera antes del 2015. ¿Quién sabe si encontrará la misma ciudad que un día decidió abandonar?.

Es difícil entender cuales son los motivos que llevan a un profesor de Educación Física a romper con una vida perfecta para vivir, literalmente, a la intemperie. Salva siempre lo tuvo claro. «Por un lado, llevaba más de 10 años haciendo pequeños viajes en bicicleta y eso me había despertado mucha curiosidad, quería ir a cientos de lugares y usando mis vacaciones no podría llegar a visitarlos todos. Y, por otro, llevaba una vida pequeño-burguesa, de profesor de instituto, que realmente no era lo que yo soñaba de adolescente. Tenía más confort del que pedía y menos libertad de la que necesitaba», explica este aventurero.

Fue así como decidió iniciar una vuelta al mundo que tuvo una primera etapa de 2 años en África y una segunda de 3 y medio en Asia. Ahora se encuentra en plena travesía en Centroamérica donde, según parece, ha iniciado el largo regreso a Granada. Tal y como Salva explica, «desde mi punto de vista, ya me siento en el camino de regreso. Espero llegar a la Antártida dentro de dos años y desde ahí encontrar la manera de cruzar a Europa, visitar algunos amigos y dirigirme a Granada para concluir el viaje. No tengo idea de lo que haré después».

Financiación

A pesar de que la bicicleta no parezca el medio más caro para realizar esta hazaña, lo cierto es que la financiación no es una cuestión menor. «Comencé este viaje con los ahorros que tenía y, cuando en Japón decidí proseguir otros cinco años más, decidí apostar por escribir libros sobre mi viaje como medio para lograr los ingresos que me permitan regresar. De momento, Un viaje de cuento -África- está comenzando a aportar algunos ingresos y espero que el año que viene, con el segundo libro publicado -Asia- los ingresos sean suficientes para volver a casa. No necesito mucho para vivir en una bicicleta, tres mil euros anuales son suficientes, es decir, mi vuelta al mundo va a costar más o menos lo que un Volkswagen Golf».

A buen seguro, el anecdotario llenaría más de dos libros pero si se le pregunta a Salva por los momentos más complicados, todo se relativiza. «La vida en una bici es sencilla y ese es uno de sus atractivos -explica este ciclista- Sin embargo, en lugares remotos o de condiciones duras, sí aparecen circunstancias difíciles como la inseguridad en países en guerra, el frío en inviernos, el calor extremo en desiertos, animales salvajes, tierras deshabitadas... y eso es lo que compensa la sencillez del viaje, pues son los momentos en que la adrenalina se dispara y se pasan días de aventuras».

Salva señala que «empujar la bici por un camino de lodo en Camboya, amanecer en Siberia a veinte grados bajo cero con la tienda enterrada por la nieve, o que el elefante a quien quieres fotografiar te ataque, no son circunstancias diarias, pero pueden crear una situación de la que es difícil salir».

En cuanto al continente que más le ha marcado, la conversación denota un especial sentimiento hacia África, donde las vivencias más gratas y las menos agradables se entrecruzan constantemente. Así, Salva asegura que «ver y compartir la miseria más absoluta, haberme hecho amigo de personas que a día de hoy no sé si estarán vivos, si tendrán para comprar unos zapatos, o si tendrán malaria y no podrán pagar las medicinas, es uno de los peajes más caros de este viaje. Dormir en asilos donde solo hay viejos y niños, pues la generación intermedia la borró el sida. O en aldeas a cientos de kilómetros de un hospital donde los niños pueden morir de una diarrea. Recorrer el África rural, compartir con ellos su vida, es una experiencia muy dura que a menudo me hirió en el corazón».

Alegría y esperanza

Y a la par, tremendamente enriquecedora, pues aprendí de ellos a afrontar cualquier dificultad con alegría y esperanza. Pienso que la generosidad africana. Que un niño cuya cena son dos trozos de pan no más grandes que su mano te ofrezca uno... es algo que te impide volver a ser la misma persona que eras. También en Asia, la compasión budista en ocasiones me ha impresionado. Abrumadoramente, mis recuerdos son experiencias con la gente. El ser humano es con mucho lo mejor de este planeta. Y a nivel personal, me ha marcado mucho vivir con nada más que lo básico, sin lujos ni nada superfluo».

El viajero recuerda «una tarde en una remota aldea del Congo donde saboreaba una galleta María caducada y me hice prometer a mí mismo que no olvidaría ese momento en el que lo más exquisito a mi alcance era una galleta rancia. Ni olvidar que cuando yo regrese a casa y pueda comprar una botella de vino, millones de personas seguirán comiendo galletas rancias por todo manjar».