«El lenguaje es una criatura voraz»

Andrés Neuman presenta hoy en Granada su último libro de cuentos, 'Hacerse el muerto'

INÉS GALLASTEGUI IGALLASTEGUI@IDEAL.ESGRANADA.
El escritor bonaerense-granadino Andrés Neuman. :: ALFREDO AGUILAR/
El escritor bonaerense-granadino Andrés Neuman. :: ALFREDO AGUILAR

Andrés Neuman (Buenos Aires, 1977) presenta hoy a las 20.00 h. en la Biblioteca de Andalucía su último libro, 'Hacerse el muerto' (Ed. Páginas de Espuma). El volumen reúne 30 relatos escritos de 2004 a 2011 con longitudes, intenciones y temas muy diversos donde el lector encontrará motivos para la emoción, la reflexión y la carcajada, más dos 'dodecálogos' en los que el escritor afincado en Granada teoriza sobre la narrativa breve.

-En el 'Tercer dodecálogo de un cuentista' dice que «exigir unidad a un libro de cuentos es como poner un candado al laboratorio». No le preguntaré qué tienen en común los relatos de 'Hacerse el muerto'...

-Procuro escribir con muchísima libertad e improvisación cada uno de los cuentos y luego, en una segunda fase que puede durar años, tratar de encontrar el sentido, los puntos en común y los parentescos entre las piezas. A veces se les pide a los libros de cuentos que tengan un estilo o un espacio común, y a mí me parece una lástima: si un autor se molesta en empezar decenas de piezas con el mismo contexto, personajes y estilo, ¿por qué no ha hecho una novela? Valoro muchísimo de la narrativa breve que el mundo pueda empezar y acabar cada día, esa sensación de que cada pocas páginas todo puede ocurrir. Ahí reside la libertad irreductible del género. Tú puedes ser un autor realista y detalloso y de pronto un día levantarte fantástico y parabólico. Hay algo de experimento al comenzar un cuento que un excesivo orden a priori podría obstaculizar. El registro es el tragicómico o, como me dijo un amigo, el ciclotímico: de la euforia a la tristeza, de la alegría al duelo, como es la vida y como es nuestra época. En el libro hay piezas cómicas, piezas muy dolorosas y un acercamiento no melodramático a la muerte; de ahí el título.

-En 'Una silla para alguien' habla de la enfermedad y el fallecimiento de su madre. ¿Ha sido liberador?

-Para alguien que se alimenta de ficción, poder trasladar ese hecho al territorio de la ficción termina de incorporarlo a la realidad, como digestión última y más saludable de lo que duele. En ese sentido, sí fue liberador, en idéntica proporción a la incomodidad y a la tristeza de haber escrito esas piezas. Pero no creo en la escritura como una terapia ingenua: 'Échalo todo fuera y te sentirás mejor'. Sí, pero el pobre lector no tiene la culpa. Formalmente uno debe tener la contención que tiene con cualquier otra pieza. En términos emocionales sí fue catártico. Y fueron los cuentos más difíciles de corregir de toda mi vida. ¿Cómo distanciarse de la muerte de una madre? Hubiera sido imposible escribir de ello a la semana siguiente. Ya han pasado cuatro años y es el tiempo justo para que la literatura haga su trabajo y el dolor también.

-¿Al final de esos experimentos, alguna vez grita 'eureka'?

-Sería muy pretencioso por mi parte. Siempre existe la posibilidad de que todas las frases que acabas de escribir hayan sido dichas ya o estén en la Red, rebotando. A veces sí hay la sensación de hallazgo, ese gozo de estar improvisando una forma.

-En 'Después de Elena', el telón de fondo son las tóxicas relaciones entre profesores. ¿Es así la universidad?

-Sí. Pero no la de aquí, sino todas. El problema no es la universidad, sino la naturaleza humana. Y la suma de egos, la competencia entre quienes conviven, la burocracia y la jerarquía feudal es una mezcla muy mala. Dar clase me parece una belleza -vengo de una familia de docentes-, pero la vida universitaria me parece una pesadilla en términos emocionales; solo una vocación académica potentísima puede aguantarla. Y yo no la tenía: salí por la ventana. Por lo demás, conservo muy buenos amigos en la Universidad de Granada y allí aprendí muchísimo.

-Usted reflexiona sobre literatura dentro de las novelas y los relatos...

-Me interesa mucho la teoría, pero la que llega después de la práctica y se ve modificada por ella. Los 'dodecálogos' nunca han pretendido ser un programa a desarrollar sino un cuaderno de conclusiones en marcha, un diario de rodaje. Voy teniendo experiencias lingüísticas, ideas acerca de la escritura, problemas estilísticos que me llevan a reflexiones que no pertenecen a la ficción pero pueden resultar interesantes para alguna gente. Los 'dodecálogos' son una manera lúdica de reflexionar.

Literatura intermitente

-¿Escribir cuentos es una especie de reposo del novelista?

-En absoluto. Hipólito G. Navarro, que es uno de los mejores cuentistas de este país, dice en broma que él para descansar entre cuento y cuento escribe una novela. Muchos de los grandes cuentistas de la historia ni siquiera escribían novelas o lo hacían con menos interés: Poe, Chejov, Borges, Carver, Flannery O'Connor... El problema es intentar establecer una jerarquía entre ambos géneros. Presentan problemas y dificultades distintos. La novela es disciplina, paciencia, un diseño estructural y una convivencia con el personaje que no se dan con el cuento. El cuento exige una minuciosidad estilística, una tensión verbal, unas fulguraciones y una corrección obsesiva, en círculos, que no se da en la novela. Este libro lo empecé un poquito antes de 'El viajero del siglo' y lo terminé un poquito después. La naturaleza de las formas breves es intermitente.

-'El viajero del siglo' (Premio Alfaguara y Premio de la Crítica) ha sido traducido a diez lenguas. ¿Cómo ha sido recibido fuera de España?

-Me resulta hermoso pensar que se traduzca una novela que cuenta la historia de amor entre dos personas que se traducen y lo traducen todo, aparte de hacer otras cosas bastante más indecentes. Me gusta porque esa novela que fue escrita con mucha calma, a lo largo de cinco años, está teniendo un recorrido largo, lento. Acaba de salir en Francia, y el año que viene se publicará en Estados Unidos.

París 'malafollé'

-¿Cómo se ven Granada y España desde el extranjero?

-He estado unos meses en París y la distancia define los contrastes. Uno percibe con más intensidad lo bueno y lo malo, lo que le desespera y lo que adora. Por un lado uno piensa por qué a Granada le costará tanto invertir en cultura como motor económico, por qué será tan difícil organizar las infraestructuras, por qué será una ciudad que nunca se pone de acuerdo, por qué será tan ruidosa... Pero a la vez uno piensa: qué privilegio la hermosura de esta ciudad, el clima, los amigos... Y luego en Granada la gente es encantadora comparada con la de París. En vez de la 'malafollá', habría que hablar de la 'malafollé'. En París te insulta todo el mundo: los camareros, los taxistas, los vecinos... El francés vive en estado de indignación: primero se indigna y luego busca con quién justificarlo. Está bien tener un pie aquí y un pie allí; más que poseer los lugares, pasar de puntillas por ellos.

-¿Qué está haciendo la crisis con la literatura?

-Para la literatura como lenguaje es muy estimulante, porque el arte se nutre de las dudas y las dificultades. Pero para la industria editorial, la parte material del arte, es un obstáculo. Hay un problema ideológico serio: cuando estamos justos de dinero, en la política pública y en el comportamiento individual, lo primero que se recorta es lo cultural, por supuesto mucho antes que las cervecitas. Invertir en cultura es mucho más barato que invertir en defensa o en campaña electoral. Además a la industria editorial le han caído dos piedras encima: la crisis económica general y el advenimiento lento pero incesante del libro electrónico.

-Usted tiene un blog (Microrréplicas) y se mueve con soltura en el mundo digital...

-El Facebook me parece interesante y tiene un uso novelesco y poético. Pero todavía no se ha inventado el sotftware para que el día tenga más de 24 horas. Como eso no es posible, he elegido seguir leyendo y escribiendo durante el tiempo que podría estar conectado a Facebook. Estoy conectado a internet muchas horas al día, me gustan mucho los blogs y escribo uno. Para mí todo es escritura: el lenguaje es una criatura voraz y creer que se va a degradar por cambiar de formato es tener muy poca fe en la literatura. La maravilla del arte es que no se crea ni se destruye sino que se transforma.