La tradición de las inocentadas pierde fuelle en los medios

La picadura de una mosca apaga el deseo sexual. Boris Yeltsin es un 'niño de la guerra'... el 28 de diciembre ya no es lo que era en la prensa, salvo en la deportiva

ISABEL F. BARBADILLO
‘La rapada de Puyol’. Broma del diario ‘Sport’./
‘La rapada de Puyol’. Broma del diario ‘Sport’.

La mayor inocentada de la historia no ocurrió un 28 de diciembre sino el 30 de octubre de 1938 cuando los marcianos invadieron la Tierra desatando el pánico en miles de estadounidenses. El genial Orson Welles, apenas conocido entonces como actor, fue el artífice de la fechoría al teatralizar para la cadena de radio CBS 'La Guerra de los mundos', de H. G. Wells. Sólo que lo hizo a modo de boletines informativos, plagados de testimonios de expertos. A pesar de los avisos intercalados de que todo era una ficción, el miedo se propagó a todos los rincones del país. Los ciudadanos, histéricos, colapsaron las líneas telefónicas de la Policía y de la cadena y salieron a la calle, presos del miedo. El caos fue total en la víspera de Halloween. La forma en que se relató la obra marcó un hito en la radio y demostró el poder que este medio podía ejercer sobre las masas.

Hoy, muchos lectores de prensa, radioyentes, televidentes o internautas se habrán sentido 'engañados' o habrán sonreído ante una falsa noticia con apariencia de verdadera. En España y en Latinoamérica la prensa escrita -no por ser la decana, sino porque lo que se escribe ahí queda en las hemerotecas- ha sido la reina de la inocentadas, y los lectores, año tras año, esperaban expectantes leer la noticia que pudiera ser menos creíble e incluso jugaban a localizarla en la vorágine de páginas. Nada más lejos. Los fotomontajes, las informaciones contrastadas, de las que en muchas ocasiones eran cómplices los protagonistas de las mismas (políticos o personajes de actualidad) han ofrecido tan elevados índices de veracidad, que las convertían en hechos inapelables. Hasta el punto de causar en la audiencia reacciones imprevistas, casi siempre buscadas.

Los lectores de 'La Voz de España', por ejemplo, se lanzaron, en los años cincuenta, a la desembocadura del Urumea para contemplar a una ballena que había quedado varada en las aguas que bañan San Sebastián. Ni los periodistas donostiarras más veteranos aciertan a entender cómo pudo realizarse montaje tan excelente en los tiempos en que el photoshop aún era inimaginable.

Consecuencias desmedidas tuvo, por ejemplo, la noticia publicada en 'Le Parisien', en 1986, en la que el diario aseguraba que la emblemática Torre Eiffel sería derrumbada para instalar en su lugar el parque de atracciones Eurodisney. Cientos de franceses se manifestaron ese día contra el gobierno galo para mostrar su desacuerdo. En 1992, el diario 'Ya' hizo creer a los madrileños, con foto a color, que la estatua de Carlos III había sido robada de la Puerta del Sol.

Curiosa fue la inocentada del canario 'Diario de Avisos', que alteró a sus lectores con la publicación de que una plaga de mosca blanca había invadido las islas y que su picadura hacía desaparecer el deseo sexual. «Un experto ha descubierto los devastadores efectos de la melaza, sustancia que elabora la mosca blanca y que ocasiona una enfermedad que se puede incubar respirando y genera impotencia y frigidez», exponía. Para más inri, incluía los testimonios de dos mujeres que aseguraban que sus maridos, picados por la mosca, no funcionaban en la cama.

Miles y miles de noticias falsas y anécdotas que hacían reír, desconcertaban o causaban monumentales cabreos en quienes las sufrían.

Divergencia de opiniones

Desde hace más de una década, la mayoría de periódicos de información general han optado por no tomar el pelo a sus lectores un día como el de hoy. Sobre el asunto, hay opiniones encontradas. El veterano periodista y académico de la RAE Luis María Anson es de los pocos que defienden la inocentada impresa. Argumenta que le parece «una fórmula periodística divertida e interesante, sobre todo si se le da una intencionalidad política o social de actualidad». Anson sostiene que «a través de una inocentada se pueden decir muchas cosas que en otras secciones del periódico producirían heridas demasiado profundas». En el polo opuesto se sitúa otro veterano periodista, el escritor y poeta Manuel Alcántara, a quien las bromas de los editores «siempre» le han parecido «una estupidez absoluta». El decano de los columnistas españoles no concibe que el lector tenga que descifrar dónde está el gazapo. Una valoración que comparte el también escritor y ex director de 'El Norte de Castilla, José Jiménez Lozano, que considera las inocentadas «de muy mal gusto», tanto que a su juicio devalúan el periódico, «que no debería venderse ni a cinco pesetas». Aparte de entender que es «muy difícil inventar una mentira», Jiménez Lozano, Premio Cervantes 2002, respalda que en muchos colegios estén castigadas.

Sin embargo, quedan rotativos fieles a las bromas. En 2003 'El Heraldo de Soria' hizo creer a sus lectores que Spielberg y Harrison Ford iban a visitar la provincia para rodar la cuarta parte de 'Indiana Jones', con planos de los lugares del rodaje. Un tema recurrente que aprovechó dos años después el 'Diario de Avisos' para anunciar la creación de un parque jurásico en el Teide, promovido por el mismísimo Spielberg.

Los periódicos deportivos son los que más se resisten a abandonar esta tradición. Los fichajes futbolísticos se llevan la palma, pero también otros temas, como el publicado por el catalán 'Sport', que dio un sonado golpe de efecto con la rapada de Carles Puyol, como reflejaba la foto. Diarios internacionales reprodujeron la noticia, dándola por cierta, y el fotomontaje fue divulgado por varias webs. Una apuesta con Ronaldinho, decía la noticia, provocó que Puyol se despojara de una de sus señas de identidad.

Aunque para humor, los periódicos latinoamericanos, fieles herederos de la tradición española. Sin cortarse un pelo, y pese a que la noticia podría provocar muchos recelos, el periódico mexicano 'Milenio' tituló el año pasado: 'Guardiola ya es merengue', aunque al final de la página advertía de la broma al apostillar: «Inocente palomita que te dejaste engañar», algo que no se hace en España hasta el día siguiente.

Las radios también mantienen la costumbre de 'masacrar' a los inocentes, aunque menos, y las televisiones prácticamente han suprimido las bromas. TVE ya no 'engaña', aunque el 28 de diciembre de 1996 dedicó un telediario especial que arrancó sonoras carcajadas. Entre las perlas, la de Boris Yeltsin, que anunciaba a la cámara su verdadera identidad. Su nombre real era Juan Manuel Sánchez Fernández, nacido en Ronda. El cambio de nombre y apellidos se debía a que fue uno de los 'niños de la guerra' que había echado raíces en la antigua Unión Soviética. En el mismo telediario aparecía Mijail Gorbachov, que hizo gala de su españolidad al asegurar que sus padres eran vascos y su apellido original, Gorbaechea. Otra inocentada de TVE, impensable entonces y ahora real en España, fue la de que se prohibían las corridas de toros en la Europa de los Quince.

La seria cadena BBC llegó a asegurar, el 1 de abril de 1980, (día que gastan inocentadas los británicos, ingleses, franceses, italianos y estadounidenses) que el conocido 'Big Ben', el reloj más famoso del mundo, tras 150 años de funcionar al estilo artesanal sería sustituido por un sistema digital. La broma saturó los teléfonos de la cadena, ya que miles de londinenses mostraron su rechazo. En 2008, 'The Guardian' reveló que el primer ministro británico, Gordon Brown, había contratado a Carla Bruni, esposa de Nicolas Sarkozy, para mejorar el 'glamour' de los británicos.

La publicidad no se queda a la zaga. Burger King escandalizó a los estadounidenses al lanzar, el 1 de abril de 1998, una nueva versión de su 'Whopper' exclusiva para zurdos con la capacidad de girar 180º. Con 32 millones de norteamericanos que usan la izquierda, los pedidos y las reclamaciones se dispararon. La compañía tuvo que disculparse.

Así que, inocentadas, las justas, aunque algunas, aunque lo parezcan no lo son, como la intervención de Banesto por el Banco de España el 28 de diciembre de 1993. A Mario Conde le hubiera encantado que lo fuera.