La cuna del buen flamenco

Los extranjeros ven en los artistas españoles el mejor referente para aprender este arte

ÁNGELA GÓMEZ ANAYAGRANADA.
Con arte. Javier Martos explica un paso a Lin.:: ALFREDO AGUILAR/
Con arte. Javier Martos explica un paso a Lin.:: ALFREDO AGUILAR

Andalucía puede presumir en muchos aspectos. Es uno de los destinos predilectos para el turismo ya sea por su rico patrimonio monumental, por la oferta montaña-playa o por el calor que desprende su gente. Pero el punteo de una guitarra española y el compás que marca un bastón o las 'tapillas' de unos tacones sobre un tablado es otro de los rasgos andaluces que enamoran. El flamenco cautiva no sólo a autóctonos y al resto de la población española, sino que llega a sobrepasar fronteras, por tierra, aire y mar, y deja una huella imborrable que, incluso, anima a quienes la pisan a seguir caminando para dejar la suya propia en sus respectivos países. Allí, quienes lo aprenden y lo practican, intentan acercarse al sentido y a la forma que el flamenco adopta en Andalucía.

En ese afán de conseguirlo, los extranjeros vienen expresamente a España y en muchas ocasiones a Andalucía para asistir a clases o cursos intensivos que les ayuden a perfeccionar la técnica y la destreza que se tiene que tener sobre las tablas. Un reto para ellos en el que entra a formar parte la labor de los profesores españoles -la mayoría de las veces artistas consolidados- que son los encargados de pulir las habilidades de los que intentan 'vibrar' de la misma manera que sus maestros.

Extranjeras con arte

Olga Tsaturyan tiene 35 años y es de nacionalidad rusa, aunque afincada en Kazajistán. Lleva bailando 5 años con pequeñas interrupciones. Se enamoró del flamenco en su primer viaje a España, cuando asistió a una actuación en un tablao. «Quería que no acabase nunca. Sentí un sentimiento imposible de dirigir que se sometía al sonido de la guitarra y a la fuerza de la voz del cantaor», comenta hechizada por este arte. Fue esa la chispa que encendió sus ganas de aprender la técnica y el ritmo del baile flamenco y acudió a Chúa Alba, una artista granadina que ofrece clases particulares, además de cursos durante todo el año. «Me sorprendió su deseo de compartir sus conocimientos», explica Olga, agradecida por toda la dedicación que Chúa le brindó y que le ha ayudado a formarse mejor como bailaora. No obstante, Olga piensa que nunca llegará a bailar de la misma forma que las artistas españolas. «Es incomprensible cómo lo hacen... Yo no conseguiré nunca dominar ni la mitad de los palos flamencos». Otra alumna de Chúa fue Olga Ostroverkh, una ucraniana de 39 años que lleva bailando flamenco desde hace 11. Su profesor de literatura le hablaba mucho sobre esta cultura musical y se quedó embelesada, pero ella pensó que nunca podría acercarse a ese mundo pues su flechazo fue en plena época soviética y, en ese momento histórico, los kilómetros se convirtieron en medidas más largas.

Maestra en su país

Pero llegó el día en el que pudo pisar tierras españolas. Estudió baile en una escuela flamenca de Sevilla y, actualmente, es profesora en su país. «Es mi trabajo, mi hobby, donde se encuentran también mis amigos. Probablemente eso es la felicidad, ¿no?», explica satisfecha. Ella, al igual que su tocaya de Kazajistán, desiste al intentar compararse con las bailaoras de aquí. «Cada vez que veo una buena bailadora española entiendo que nunca voy a conseguir hacerlo tan bien. No hay ningún estilo que no me guste pero sé que no estoy lista para uno serio como, por ejemplo, el flamenco jondo», admite. Otra mujer extranjera que sintió la llamada y la vocación por el flamenco fue Natalja Garanina. Natalja es de nacionalidad rusa aunque vive en Latvia y se sumergió en el flamenco hace 3 años. Lo considera como un estilo de vida, «una expresión de lo interior», aunque es paciente con su aprendizaje. «Estoy empezando, sé que no bailo bien por ahora».

En el intento de mejorar en estas mujeres la precisión y la técnica que este arte reclama estuvo presente Chúa Alba. La bailaora granadina lleva casi 30 años inmersa en el mundo del flamenco. Se dedica a la enseñanza, aparte de tener sus propios proyectos con los que ha recorrido medio mundo. Chúa asegura que ha tenido alumnas de prácticamente todos los puntos del planeta, que «vienen aquí para refrescarse», aunque la mayoría «vienen ya sueltas». Ella, sobre todo, les resuelve dudas técnicas, indispensables para una buena formación ya que, según la artista, «en este mundillo hay un ambiente estirado y distante con los alumnos» que merma su aprendizaje.

Un día de clase

Asistimos a una clase particular de Chúa con Valery, una chica de Montreal (Canadá) que lleva 4 años aprendiendo flamenco en su país de origen. Valery siente el flamenco como «la afirmación de la mujer», y ha venido a Andalucía para aprender 'Farruca', un palo en el que destaca el zapateado con gran profusión de contratiempos y figuras rítmicas de enorme virtuosismo y que convierte este género en un prueba definitiva para muchos bailaores.

En el enclave granadino del Albaicín se encuentra la escuela Carmen de las Cuevas, un centro dedicado tanto a la enseñanza de la cultura flamenca como al aprendizaje de la lengua española, con alumnos de más de 20 nacionalidades. Las clases de flamenco engloban distintas modalidades como coreografías, compás, guitarra española... Existen cursos intensivos que oscilan desde las dos semanas a las once para cada modalidad y, a su vez, diferentes grupos según la complejidad de las clases para que cada uno avance a su ritmo.

Dentro de la escuela, en el estudio 'Los mayas', Javier Martos imparte el curso intensivo de Baile de Coreografía a un grupo de siete chicas, de las cuales tan solo una, Maribel, es española. Al igual que nuestras anteriores protagonistas, todas ellas son alumnas que ya cuentan con cierta experiencia puesto que reciben clases particulares o asisten a escuelas de flamenco en sus respectivos países. «En las primeras clases vienen un poco asustadas e inseguras de sí mismas», comenta el profesor, «por eso, en esos días hay que darles confianza para que pierdan ese miedo y se suelten sobre las tablas», aconseja Javier. Fue curioso observar cómo esos físicos, lejos de los tópicos españoles, se desenvolvían tan bien delante del espejo, siguiendo los pasos de Javier. «Aprenden rápido. Algunas más que otras, pero todas en general», comenta Martos, orgulloso del progreso de sus alumnas.

Entre ellas se encuentra una francesa, Magaly, que lleva 6 años aprendiendo flamenco. Se decantó por este arte «porque tiene mucha fuerza y se puede desnudar los sentimientos con el baile», explica tras darse aire con la mano por esa hora y media de ensayo que habían tenido. Lin es taiwanesa y lleva 7 años 'taconeando'; Roberta es mejicana y lleva desde 2000 practicando y aprendiendo flamenco. Todas coincidían en que les encanta el baile flamenco por «la pasión» que desprenden los gestos y que «al principio cuesta pero que, poco a poco, se le va cogiendo el manejo».

Las ganas y el espíritu puesto en parecerse al reflejo de los profesores que, frente a un espejo, tallan las 'tablas' de estas flamencas foráneas.

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