Balconing: El salto mortal

Alarma. Jóvenes turistas juegan a saltar borrachos desde las terrazas de hoteles y apartamentos. Ya han muerto ocho este año

FRANCISCO APAOLAZA
:: JENS MEYER/AP/
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Murió por un vestido. Era alemana y tenía 20 años. El pasado 2 de julio, después de un día de juerga en el Arenal de Llucmajor (Palma de Mallorca), quiso cambiarse de ropa para estar guapa de noche. En lugar de utilizar los pasillos y escaleras del hotel, decidió entrar en su habitación por el balcón. Las copas, un despiste, un traspiés... Cayó de un segundo piso y los médicos no pudieron hacer nada por ella. Fin de la noche. Ella pasó a engrosar la creciente listas de muertes absurdas que atesora el ser humano desde que al griego Esquilo le cayese una tortuga en la cabeza durante uno de sus paseos por el campo en el 456 aC. Lo del filósofo fue mala suerte, pero nadie sabe aún cómo calificar esta nueva y trágica forma de diversión de los jóvenes turistas extranjeros, principalmente ingleses y alemanes, que arrasan con las barras de los bares de Mallorca e Ibiza: les ha dado por saltar de un balcón a otro, o del balcón directamente a la piscina, cuando van hasta la gorra de copas. La última moda mortal se llama balconing (de jump from the balcony, saltar del balcón). De no haberse llevado por delante ocho vidas en los más de cincuenta accidentes de estas características registrados este año, parecería una broma.

El juego es disparatado y necio. Una asnada. Se trata de imitar a los equilibristas en la hora bruja, cuando por las venas corre más whisky que sangre. Saltan a la habitación de las chicas, a la piscina; se cuelan por los boquetes porque se han olvidado la llave, fallan y se matan. Entre la Policía y los servicios de asistencia tienen hasta un nombre para ellos: les llaman los precipitados, el nombre técnico que define a alguien que se ha estrellado contra el suelo.

El domingo pasado fue un día negro. Recogieron a un británico que se había descalabrado desde un segundo piso en Platja den Bossa (Ibiza). Sucedió a las ocho de la tarde y sus amigos apenas recuerdan nada, sólo que habían pasado el día tranquilamente en la playa consumiendo éxtasis, cocaína y cristal. El joven sigue en estado crítico en el hospital de Son Dureta, en Mallorca, a donde fue trasladado. Esa madrugada se cayeron dos más en Magaluf (Mallorca), con traumatismos de diversa consideración. Ya han sido dados de alta.

Cuando la peripecia acaba bien, los jóvenes suelen colgar el vídeo en internet. Youtube está sembrado de grabaciones en las que estos osados se arrojan a las piscinas de los hoteles hasta de un tercer piso. Hay sustos, risas y carreras ante el personal de seguridad.

«Estoy jugando con mis amigos»

Hace ya unos meses, la prensa británica llevó a sus páginas una dramática historia que alarmaba del problema. Andrew Henderson, inglés, 21 años, llegó a España a pasar unos días con sus amigos Lee Major y Alan Ashworth. «Estuvimos todo el día bebiendo. Estábamos todos borrachos», declararon después. Cuando Lee y Alan se quedaron dormidos, Andrew decidió darse una vuelta en solitario. A las cinco y media de la mañana, escucharon un golpe: Andrew se había caído desde el quinto piso cuando intentaba llegar a la habitación del apartamento por la terraza. Abajo, los servicios médicos hallaron su cadáver. En el balcón, los zapatos del muerto.

Cualquiera con dos dedos de frente sabe que no hay que jugar ante el vacío de un quinto piso. Entonces, ¿por qué lo hizo? Otros clientes declararon que le habían visto hacerlo en varias ocasiones y que ellos mismos le habían afeado la conducta. «Tranquilos, estoy jugando con mis amigos», dicen que respondió Andrew Henderson.

Siempre ha habido algún chalado medio ebrio que se ha jugado el tipo, pero el problema es que ahora se ha convertido en una moda, que llega desde Europa con cierto tipo de turismo. Según Inma de Benito, portavoz de los hoteleros de Baleares, existe un perfil «muy claro» de los candidatos a dejarse la vida jugando a balconing: «Tienen entre 18 y 25 años y llegan en grupo a divertirse. Salen de noche, beben mucho, si no toman otras cosas, y cuando llegan, se dedican a saltar por las terrazas con diversos motivos», lamenta. «Les debe parecer posible por la euforia que traen, o divertido... No se sabe muy bien».

Los empresarios que manejan las 250.000 camas de las Baleares temen que estos accidentes afecten a la imagen de las islas. Hasta el punto de que han puesto en marcha un plan para atajar estas prácticas, un empeño que resulta especialmente «complicado»: las terrazas forman parte de la zona privada del cliente. Desde que contrata el viaje en la agencia, avisan al turista de que tanto el balconing como otras costumbres menos peligrosas fiestas, botellones, música alta, escándalos, bebida en la piscina están totalmente prohibidos. Durante la facturación repiten los avisos y los gerentes de los hoteles tienden a separar en habitaciones lejanas a los miembros de un mismo grupo para eliminar tentaciones. Ahora, incluso se plantean instalar mamparas.

Sun, sand and sex

Los candidatos a estrellarse contra el pavimento llegan en manadas, algo comprensible si se rebusca en las webs de viajes. Un paquete turístico con salida desde Londres, vuelo a Mallorca y estancia en un aparthotel puede llegar a costarle a un inglés unas 150 libras (182 euros) mas el transporte y la comida, el precio que pagarían por dos entradas para el musical Wicked en el London Coliseum. Así, los touroperadores llenan los huecos que dejan viajeros con más nivel adquisitivo.

¿Son una plaga? «Vienen a divertirse, pero se portan bastante bien. No alborotan demasiado al margen de que todas las temporadas haya varios precipitados y alguna pelea de vez en cuando».Habla Bartolomé Bonafé (PP), teniente de Alcalde de Seguridad y Policía local de Calvià, el municipio que agrupa varias de las mecas del turismo británico y alemán como Magaluf Palmanova o Santa Ponça.

De Benito da una imagen más o menos idílica de una isla en la que «conviven muchos tipos de turismo, como el familiar», aunque las noticias de precipitados no sean un buen reclamo. Desde hace años, su destino se ha empeñado en que vengan más amantes de la naturaleza, de la cultura y de la gastronomía que los devotos de las tres eses sun, sand and sex (sol, arena y sexo, no necesariamente en ese orden). Son menos audaces y mucho más rentables.

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