La salvadora de Gata

La joya árida de Europa no sería lo mismo sin el afán de doña Paquita, defensora de 3.300 hectáreas sin rastro de especulación urbanística

ARTURO CHECA
La salvadora de Gata

En los lindes de San José, en Almería, mientras el sol se empieza a acostar perezoso sobre el horizonte, un pastor recorre una loma junto a un rebaño de medio centenar de cabras blancas serranas. Un fuerte viento mueve a su antojo palmitos y pitas. Dos perros lanudos siguen al campero, solícitos, con los hocicos casi pegados a los talones de su amo. El cabrero acompaña sus pasos con un cayado en su mano derecha. En la izquierda, un destello rompe la armonía de la estampa. El hombre empuña un móvil y habla mientras agita la vara en el aire. Modernidad y tradición, ambas cohabitando sin anularse la una a la otra en pleno corazón del Cabo de Gata. El primer parque natural marítimo-terrestre de Andalucía, el punto geográfico de más baja pluviometría de toda Europa y lírica aridez, no sería lo que es hoy sin el tesón de una mujer casi ya centenaria: Francisca Díaz Torres, doña Paquita (Morella, Castellón, 1911). De físico delgado y menudo, pero con una decisión firme e inquebrantable que mantiene desde hace casi un siglo: defender del devorador cemento, la especulación inmobiliaria y el afán edificador un paraje inédito en la geografía española, las 3.300 hectáreas del yermo pero bello terreno de su finca, El Romeral, el alma del parque natural almeriense.

Francisca será nombrada mañana Hija Predilecta de Andalucía, un reconocimiento a una anciana que ha hecho posible que playas como la de Mónsul o los Genoveses sigan pareciendo casi vírgenes en un país de costas hormigonadas; que las cabras celtibéricas trashumantes continúen pastando en las mismas tierras en las que pacían hace ya 200 años; que uno se detenga en la quietud de El Romeral y tenga que pestañear para poder creer que, allá hasta donde te alcanza la vista, no se vea ni un centímetro de moderna edificación entre vetustos cortijos, eras, aljibes, montes, espartos y chumberas.

Ella es la señora del Cabo de las Ágatas, como llamaron los romanos al 'finisterre' suroriental de la Península, después de constatar la abundante presencia de este mineral en la rojiza superficie del paraje volcánico. Y en torno al Promontorio de las Coralinas, como lo bautizó Ptolomeo, ha girado toda la vida de doña Paquita. Nació en Morella, pues allí impartía justicia su padre, magistrado. Pero no tardó ni un año en volver a respirar los aires del sur en Canjáyar, a los pies de Sierra Nevada. El colegio de la Compañía de María de Almería fue escenario de los primeros juegos y carreras de una inquieta niña que pronto se hizo mujer. A los 21 años se casó con José González Montoya, el otro 'culpable' de que el Parque Natural del Cabo de Gata-Níjar sea lo que es. Hijo de Antonio González Egea, banquero, senador y alcalde de Almería durante la Monarquía de los años 20 -con una calle en su honor en el centro de la capital-, heredó de su padre la finca de más de 6.000 hectáreas de la Bahía de San José. En el cortijo El Romeral, el buque insignia de la parcela, iniciaron su vida juntos Francisca y José. Muchos muebles aún conservan las iniciales de González Montoya.

Hasta que la contienda fratricida española se cruzó en su camino.

La Guerra Civil los separó. Las hostilidades sorprendieron a Francisca en Granada, donde cuidaba a una hermana enferma, esposa del gobernador civil de la República. José cayó preso en Almería y dio con sus huesos en la cárcel del Ingenio, una fábrica de azúcar convertida en amargo presidio de reclusos políticos. «Fue una época muy angustiosa para ella, tres años en los que no se vieron y en los que escribió un libro de páginas muy tristes y tapas negras», recuerda Ángela, amiga desde niña de doña Paquita. El final acechaba a José. Incluso llegó a entregar su alianza a un carcelero para que se la diera a su amada cuando llegara el momento de ser fusilado. Lo salvó 'La Gota de Leche'. La institución benéfica surgida en Francia y que durante la guerra veló por la alimentación de los más pequeños para paliar la mortandad infantil, reclutó a José para sus filas y lo salvó de una muerte anunciada.

Matanzas y migas

Del drama, la pareja pasó a la dicha. Empezó entonces una existencia plácida para ellos. José, educado en un colegio inglés y de cultura europeísta, despertó en doña Paquita el gusto por viajar. Estados Unidos, Sudamérica, Europa, Australia... La almeriense y su esposo recorrieron medio mundo. Ángela recuerda que incluso «conocieron a la Reina de Inglaterra». Y de allí se trajeron la costumbre tan 'british' de tomar el té por las tardes. Eso sí, adaptado a la española; a las seis de la tarde y tras la siesta. Ángela la acompañaba cada día. También era asidua a las fiestas que organizaban a menudo en sus tierras. Junto a los muros del cortijo El Romeral no cuesta mucho imaginar la música y el gentío que tomaban la zona durante las multitudinarias celebraciones. «Francisca siempre ha sido muy acogedora y disfruta agasajando a los que la rodean». Ángela no olvida aquellos encuentros con medio centenar de personas en el campo, en los que hacían matanza de cinco cerdos «y unas migas sensacionales con 6 kilos de harina que llevaban al salón entre dos hombres».

Doña Francisca nunca ha ido de rica. En su casa se juntaban tanto acomodados amigos como empleados. Que se lo digan a Antonio Ferre, agricultor, pastor y ahora cortijero. «Una vez estuvo allí don Manuel Fraga y repartió puros entre todos». Pocos conocen tan bien a la anciana como este hombre de unos juveniles 70 años. «El campo es muy bueno...», justifica. Antonio nació en El Sotillo, un cortijo rehabilitado ahora como hotel. «¿Ves dónde está el restaurante? Pues ahí vine yo al mundo», rememora mientras sostiene un palillo entre sus dientes y se escupe en las manos antes de aferrar el volante de un todoterreno con el que conduce por El Romeral. De sus andanzas por medio mundo no sólo se trajeron vivencias y recuerdos. Hicieron suyo un modo de vida. Así lo cree César Torres, sobrino de doña Paquita y encargado de gestionar ahora todo el patrimonio de la familia a través de la sociedad Grupo Playas y Cortijos. «En sus muchos viajes aprendieron lo que es un urbanismo humano».

La amenaza de la autovía

Y lo pusieron en práctica en El Romeral. Impulsaron en sus tierras una fábrica de crin vegetal. Crearon una reserva de riego para la alimentación de caballos, cabras y ovejas, algunas de estas especies americanas que el matrimonio se trajo del continente americano. Hasta que a mediados de los 60 estalló en España el boom del turismo. Por toda la costa empezaron a aflorar mastodónticas construcciones hoteleras. El Mediterráneo comenzó a languidecer. Por aquel entonces, «San José eran cinco casas», apunta César Torres. Francisca y su marido pudieron haberse enriquecido. Dinero fácil con sólo haber vendido sus terrenos al mejor postor como tantos y tantos hicieron. El Cabo de Gata no estuvo protegido como parque natural hasta 1987. Ninguna ley evitaba en aquella época construir donde fuera. Pero no era la idea de doña Paquita y José.

Ellos hicieron la primera normativa, la misma que luego se adoptó como buena en decenas de escrituras en la zona. Parcelas con un mínimo de 500 metros cuadrados, con un máximo urbanizable del 30% (como mucho 150 metros de construcción), a una sola altura y con la obligación de los propietarios de colocar árboles y aljibes. El matrimonio incluso batalló con el Ayuntamiento para que oficializara la norma. «Lo poco que vendieron fue por necesidades económicas», justifica el sobrino. Así ocurrió con más de 3.000 hectáreas adquiridas por el grupo Michelin y en las que hoy se extiende el Centro de Experiencias de Almería, uno de los puntos de ensayo de neumáticos más importantes del mundo. Hasta las ruedas de los vehículos de la NASA se testan aquí. Una vasta extensión industrial de la que la sierra del Cabo de Gata hace de barrera natural para no enturbiar la bella vista de El Romeral. Modernidad y tradición cohabitando en armonía. El afán conservacionista del matrimonio afrontó otro reto a mediados de los 70. Por su parcela se proyectó lo que hoy es la autovía del Mediterráneo. «Era un arañazo que partía en dos la bahía de los Genoveses». César no olvida a sus tíos batallando para evitarlo. Y se trazó otra ruta.

La señora del Cabo de Gata se quedó huérfana de amor en 1976. La muerte de José González no varió ni un ápice su ilusión: mantuvo los cultivos de cereal en su parcela y los rebaños pastando.

«Cuéntame cosas de las de antes»

Pero la vida aprieta. Los elevados costes de mantenimiento de sus vastas posesiones y la crisis en la que entró el campo español a comienzos de los 90 obligaron a Francisca a tomar una decisión. Aunque sin renunciar a sus principios. La empresa Torres y González Díaz S. L. fue el germen del Grupo Playas y Cortijos, encaminado a desarrollar en la zona un turismo sostenible. «Mi tía nunca se ha sentido empresaria. Era la única forma de conservar la zona y de que la parcela no se la acabara comiendo a ella». Así nacieron el cortijo El Sotillo y el hotel Doña Pakyta, un antiguo almacén de esparto frente a la playa de San José. Ambos no superan las 30 habitaciones «para que el impacto sobre el parque natural sea escaso».

Doña Paquita cumplirá este miércoles 99 años. Todo un siglo de existencia ha llenado de brumas su memoria y sus recuerdos. Ella sonríe y se confiesa «feliz» cuando le cuentan que la Junta de Andalucía la ha nombrado Hija Predilecta. Y al día siguiente, si alguien se lo repite, se alegra otra vez con una noticia que para su mente vuelve a ser nueva. Pero ahí sigue estando su Romeral, del que disfruta a menudo. Y en esas ocasiones, entre aljibes, montes, espartos y chumberas, coge a Antonio Ferre y le pide que la suba a un cerro para otear la playa de los Genoveses. Y allí, mientras contempla el Cabo de Gata, doña Paquita ruega con un susurro al cortijero: «Anda, Antonio, ven y cuéntame cosas de las de antes».

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