Almanjáyar: el territorio de los médicos rebeldes

Víctor de Diego, madrileño, Marta Canet, de Barcelona, y Julia Campello, de Elche, decidieron ser MIR de Primaria en la zona Norte de Granada. / ALFREDO AGUILAR

Julia Campello sacó una nota muy alta en el examen nacional de MIR y eligió a contracorriente: quería ser médico de cabecera en un barrio de transformación social | MIR de toda España escogen los barrios de Almanjáyar y Cartuja para hacer su residencia

Ángeles Peñalver
ÁNGELES PEÑALVER

Por lo que cuentan Marta Canet (26 años, Barcelona), Víctor de Diego (26 años, Madrid) y Julia Campello (28 años, Elche) en las facultades de Medicina de toda España se repite un mantra: quien estudie poco y no despunte en la carrera terminará siendo un médico de cabecera en cualquier barrio o pueblo del país, no un especialista de renombre en un hospital. A ellos, que eligieron la zona Norte de Granada para curtirse como doctores, esa estigmatización de la Atención Primaria -como a muchos otros médicos- les enfada sobremanera.

Los tres alaban cómo entiende la profesión Miguel Melguizo, médico de Almanjáyar recientemente premiado a nivel nacional. Como él, defienden que Medicina de Familia y Sociocomunitaria es una rama riquísima tan importante como cualquier otra, de hecho es la puerta de entrada de los ciudadanos al sistema sanitario. Y cuentan que ellos eligieron ejercerla por vocación, no porque no tuvieran más remedio.

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Julia Campello -hija de enfermeros que de pequeña fantaseaba con ser veterinaria o bailarina- escogió ser residente de Primaria tras haber logrado un admirable puesto 233 - por nota- de entre casi 8.000 aspirantes de toda España. Cuando anunció delante del tribunal que quería irse a un centro de salud a hacer las prácticas fue aplaudida por sus compañeros por 'la rebeldía' de su acción. Entonces ya tenía en la cabeza que su destino iba a ser la zona Norte de Granada.

Componente antropológico

«Lo elegí porque en cuarto de carrera hice unas prácticas aquí con Miguel Melguizo y me encantó su óptica de la medicina, con un componente antropológico, ético, biomédico, además de lo clínico, que también es muy importante», aclara Julia, actualmente residente de cuarto año en el pueblo de Jun.

La cartera de servicios de los centros de salud de Almanjáyar y Cartuja es muy amplia y el lugar es referente en España por cosas como la implantación del DIU por médicos de cabecera para prevenir embarazos adolescentes. Algunos de estos doctores también acompañan a sus pacientes en su domicilio -fuera del horario laboral si es preciso- al final de la vida. Les hacen sedaciones cuando ya están agonizando, siempre con consentimiento previo.

Julia, Marta y Víctor sostienen que la Primaria que se ejerce en Almanjáyar y Cartuja es mucho más completa que la impartida en las facultades. «En clase no te enseñan cómo trabajar con distintos condicionantes sociales, ni a hacer atención domiciliaria a crónicos, terminales... Aquí sí. Hay médicos muy veteranos, con mucha ambición aún de mejorar, con una estabilidad que les permite conocer al paciente a lo largo del tiempo... y eso son condicionantes muy buenos para ejercer», apostillan estos galenos en ciernes que, en cuanto el protocolo lo permite, se desprenden de la bata blanca. «A mí me parece que esas prenda es una barrera con el paciente, me la pongo sólo cuando es imprescindible por cuestiones higiénicas», abunda Julia.

El efecto imán

Hace poco las doctoras aragonesas Sara Calderón, Ana Cuadrado y Lucía Alquéza también terminaron el MIR en el barrio de Almanjáyar, «sede de la despensa de la marihuana en Europa», según el argot policial. Ellas, pertenecientes a generaciones de médicos comprometidos socialmente, lejos de buscar a pacientes obedientes que cumplieran escrupulosamente con sus tratamientos farmacológicos, eligieron hacer su residencia en el centro de salud de Cartuja para implementar estrategias, fuera y dentro de la consulta, que repercutieran positivamente en la vida de sus vecinos. Por ejemplo, pasaron cuestionarios de salud bucodental en colegios de la zona para posteriormente orientar a los padres y a los niños sobre cómo mejorar su autocuidado.

Actualmente, la doctora Marta Canet -enamorada de la Atención Primaria- sigue ese legado y se mueve sin reparos -al igual que Víctor de Diego- entre el vecindario del hotel Luz, la zona del Almanjáyar más profundo donde la enfermedad mental, la drogadicción y la pobreza campan a sus anchas.

Los jóvenes galenos aprenden y colaboran estrechamente con los médicos veteranos de la zona. Entre sus pacientes hay más casos de tuberculosis y VIH, peores hábitos de vida y menor control de enfermedades crónicas como la diabetes o la hipertensión que en otros barrios. Pero los facultativos respetan mucho a los vecinos de la zona y lejos de encarpetar sus datos o presentarlos con frialdad en un congreso, los hacen divulgativos y reflexionan sobre ellos con los líderes de opinión del barrio -como mujeres o párrocos- para mejorar los hábitos sanitarios de la comunidad.

No grandes problemas

Como al final se crean relaciones de confianza, los doctores entrevistados aseguran que no tienen grandes problemas en el trato con los pacientes. Víctor de Diego se ríe ahora cuando se recuerda a sí mismo como un estudiante de Medicina que aspiraba a ser cirujano. Tras hacer una estancia en el barrio de San Roque de Badalona, un distrito multirracial estigmatizado por la droga, y un voluntariado en Etiopía, la idea del bisturí se esfumó y cogió cuerpo la de ser médico de familia. «Esta rama, bien ejercida, abarca más campos: psicología, sociología, familia...», se despide el joven madrileño, quien considera que la Atención Primaria en Granada funciona bien en comparación con el resto de España.

La pesadilla de las Urgencias

Frente a la satisfacción de ejercer y aprender en los centros de salud de Granada tutorizados por médicos veteranos y comprometidos, los tres MIR coinciden en que las guardias hospitalarias en las Urgencias de la capital son una pesadilla por la falta de personal. La escasez de plantillas -según denuncian- les impide ser correctamente supervisados por los facultativos y atender bien a los pacientes potencialmente graves.

«Hacer guardias de 17 horas seguidas no tiene sentido, algún día se tendrá que revisar este sistema por la seguridad del trabajador y del paciente», coinciden. Marta, Julia y Víctor saben lo que es terminar llorando de impotencia en una guardia hospitalaria, pero se reconcilian con el oficio tras cruzar las rejas de entrada de sus centros de salud.

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