Rutas de patinaje gratuitas en el Zaidín

Aprendizaje en una de las jornadas en la pista de Santa Adela./RAMÓN L. PÉREZ
Aprendizaje en una de las jornadas en la pista de Santa Adela. / RAMÓN L. PÉREZ

Un club solidario en el que no importan la edad ni la condición física ha 'enganchado' a casi 200 vecinos | A la actividad acuden familias al completo, profesores universitarios o antiguos aficionados que años después vuelven a 'rodar'

JAVIER MORALESGRANADA

Mari Carmen Laguna llega a la tienda, un local discreto a la sombra de los esqueletos de la nueva Santa Adela. La reciben con un móvil preparado para inmortalizar el momento en el que abre una caja que no esperaba encontrar, mira a la cámara y... «¡gracias amor, mi tesoro, mira qué bien me quedan!» Tiene 54 años y acaba de calzarse unos patines rosas, regalo de su marido. «Me encanta patinar, desde siempre. Patinaba a los 13, 14, 15... Luego me casé, llegaron los niños y ya imposible. Hasta que cogí los de los niños y ahora otra vez. Me encanta. Te libera totalmente». Es una de las casi 200 personas que en los últimos meses se han 'enganchado' a un club de patinaje en el que saber patinar es lo de menos.

Hasta el lugar de las quedadas, la tienda Roller Town, llegan familias en las que los 'peques' abren camino y se acaban uniendo padres y abuelos, profesores aficionados a este deporte, mujeres que regresan a la que un día fue su pasión, o granadinos que simplemente buscan despejar la mente a base de adrenalina. «No hay límites», insiste Iván Medina («zaidinero y niño de barrio», 35 años).

Aunque pide que su historia no centre el reportaje, algunas pinceladas sobre su trayectoria ayudan a comprender el porqué del éxito de la iniciativa. De pequeño era un «solitario crónico» que aprendió a vivir ante el muro de la incomprensión hacia su trastorno de déficit de atención e hiperactividad. Se subió a unos patines y descubrió una forma de escapar de la rutina del 'cole', de disfrutar en libertad y conocer a gente sin prejuicios. Echaba horas todos los días. «Y ahí nació una pasión y una forma de vida. Cada vez que pegaba una patinada, la frustración volaba», cuenta Iván mientras Mari Carmen se ajusta los nuevos 'roller'.

Lo dejó en la adolescencia. Esa época en la que la vida en el barrio desplaza a las cabezas más débiles hacia las drogas, los robos... «Por miedo a mi padre (bromea) o lo que sea me libré de eso y me puse a trabajar», relata. Electricista, fumigador, pintor, albañil, conductor, carretillero, almacenero, camarero, botones, ayudante de recepción, aparcacoches. «No soy un profesional de nada, excepto de esto (el patinaje)».

Acabó como taxista, cogió 35 kilos en siete meses y decidió subirse de nuevo a los patines. Tanto habían evolucionado estas botas sobre ruedas que se vio en una rotonda casi sin saber frenar. Salió del trance como pudo. Comenzó entonces su segunda etapa de patinador.

El club

Con su antiguo socio montó una asociación que atrajo a los patinadores noventeros que seguían en activo. Lo entendieron como «un deporte solidario, callejero, de amigos». Aparcó el taxi y abrió la tienda, donde empezó a ofrecer clases de pago: «La 'cagamos', se pierde la magia».

Así que ahora, en la trastienda, disponen de varias estanterías con patines que ceden a los aficionados: «Nuestra meta es patinizar. Igual que todos los granadinos saben montar en bicicleta, todos tienen que montar en patines. Y lo vamos a hacer gratis, para eso estamos trabajando tres personas en la tienda y el resto son voluntarios». La declaración de intenciones se traduce en quedadas multitudinarias para ir de ruta o practicar en la pista deportiva que hay entre la tercera fase de Santa Adela y la tienda. Sin competencias entre tiendas, «porque no hay patinadores, hay que crearlos», y respetando al máximo a peatones, mobiliario... Aunque reconoce que en otras épocas eso era algo secundario y resultaba divertida alguna 'trastada'.

A las puertas de la tienda empieza a conformarse un grupo de veinte patinadores. A simple vista es fácil distinguir a los 'pro', los que llevan media vida sobre ruedas, de los que van ganando la batalla del equilibrio y a quienes acaban de ponerse unos patines y nada más apoyarse en la acera hacen amago de aterrizar 'de culo'. Ocurre con una chica debutante, pero nada más resbalarse encuentra el apoyo de seis o siete brazos.

La seguridad es máxima y centra los primeros minutos de la charla que ofrece Iván antes de una ruta que no podrá completar, pues está lesionado. El asunto tiene miga. Hay unos patinadores, los más experimentados, que en las rutas urbanas se colocan en determinados puntos clave de la fila. Levantan la mano. «Ellos son los 'stoppers' (paradores), en cualquier momento os podéis agarrar a ellos para que os frenen», explica Iván. Y no, no se caen. Pero hay que abrazarlos de una forma muy concreta...

Dice el propietario de la tienda que es capaz de devolver el equilibrio a un patinador con sólo un dedo. Desde luego, el manejo es envidiable. Quienes empiezan no tienen en absoluto sensación de inseguridad. «Los accidentes son nulos, tenemos protecciones y se pega mucho la 'chapa' de no molestar si vamos por carretera. El que te está adelantando y trabaja desde las siete de la mañana ve a una persona, no sabe si tiene estabilidad o si puede adelantarte». Luces, casco, silbatos, láser para señalar los obstáculos. Todo pensado.

Rutas de distintos niveles

En función del día, hacen rutas de mayor o menor nivel. Las hay más tranquilas -que no son necesariamente cortas, pues pueden alargarse sobre unos diez kilómetros-, de descenso por la carretera de Sierra Nevada, donde alcanzan velocidades considerables, o prácticas en el improvisado 'skatepark' que, gracias a la ayuda de un carpintero, han levantado en la pista de Santa Adela. «Es todo una cobertura a través del intercambio de energía».

Gracias a ella, Guillermo, que sufre una hemiplegia, se sube a los patines para completar una ruta de diez kilómetros: «Cuanto más grande es el obstáculo, más grande tiene que ser el salto». «El patinaje me ayuda a evadirme, ahora mismo estoy saturada entre el trabajo, el niño, lo otro... Patinaba de pequeña, tuve una lesión por un accidente de moto y lo dejé. Pero a mi niño empecé a inculcarle el mundo del patín y a raíz de eso volví a coger los patines. Ahora salimos los dos», dice Estefanía Rubio, de 46 años. Miguel Gea es profesor de la Universidad de Granada. Tiene 49 años y es aficionado a esto desde que sus padres le trajeron unos patines «superespeciales» de Alemania. «Es un 'gusanillo', y si vas con más gente mejor», comenta. Su hijo ya gana campeonatos a nivel andaluz.

Entre las novatas está Guadalupe Inició su 'rodadura' en diciembre, la primera vez que se puso patines. «Me daba miedo, y todavía me da un poco, pero vamos superando obstáculos. Es gente que te ayuda mucho. Al principio me di un golpe fuerte, pero ha sido el único», relata. «Después tienes tus cañitas, y tal...», añade Miguel. Un tiempo extra que ayuda a hacer piña. Ellos son de mediana edad, pero hay patinadores que superan los 70.

Arranca la ruta y los recién llegados cambian la cara de circunstancias por esa expresión rara que sólo produce la mezcla de adrenalina, diversión y el punto justo de miedo. Los peatones se paran para observar la hilera. A este ritmo alguno de ellos acabará 'patinizado'.