Los secretos del Ayuntamiento de Granada cuando se cierran las puertas

El vigilante ilumina 'La rendición de Granada' en la galería de los alcaldes./JAVIER MORALES
El vigilante ilumina 'La rendición de Granada' en la galería de los alcaldes. / JAVIER MORALES

El antiguo convento es un laberinto. Está repleto de pasillos insospechados, almacenes casi en cualquier esquina y zonas enteras abandonadas: hace falta casi media hora para recorrer el edificio. Pero lo más atractivo del Ayuntamiento cuando cae la noche no es lo que hay en su interior...

Javier Morales
JAVIER MORALES

Dice Javier Pérez que cuida del Ayuntamiento como si de su hogar se tratase. Y es que, aunque el consistorio se podría considerar como una casa de todos los granadinos, quizás nadie como él conozca los escondrijos del antiguo convento de las Carmelitas Calzadas. El vigilante lleva siete años allí y en su cabeza está perfectamente dibujado el mapa de este laberinto de pasillos interminables y escondrijos en cada esquina.

Sirva la entrada al edificio para dar un par de pinceladas sobre su historia. De día, las puertas están abiertas de par en par, por lo que no muchos granadinos se habrán percatado de que las aldabas con forma de mano están a un par de metros de altura. Así que de noche, cuando las puertas están cerradas y uno quiere entrar -no hay timbre, portero ni nada similar- la única opción es ponerse de puntillas. ¿Por qué colocaron tan altas las aldabas? El edificio -parte del Ayuntamiento actual- se construyó en el siglo XVI, aunque la puerta es posterior. Cuenta Javier Pérez que la gente llegaba allí a caballo, de ahí la altura de las aldabas.

En cualquier caso, el vigilante no necesita escuchar los golpes en la puerta para saber si alguien quiere entrar al Ayuntamiento. A través de una potente cámara es capaz de reconocer la cara de cualquier peatón que pase por la Plaza del Carmen. A través de unas pantallas, en una pequeña sala junto a la entrada al consistorio, observa los cuatro laterales del edificio y nueve puntos del interior.

Es su lugar de trabajo desde las diez de la noche hasta las ocho de la mañana. Están las pantallas, dos altavoces que reproducen música, un ejemplar de IDEAL, la radio que conecta con la Policía Local y, pegados en una ventana, unos folios con la cara y nombre de cada uno de los concejales del equipo de gobierno. Son los únicos que podrían entrar en el Ayuntamiento una vez que, sobre las diez de la noche, queda desierto. Salvo por el vigilante, claro. Su rutina es sencilla y las noches suelen ser «muy tranquilas». No recuerda ningún incidente, más allá de pintadas en el exterior y las llamadas a la puerta de algún turista. Lo primero que hace cada noche es dar un paseo por el edificio. No es poca cosa: le lleva casi media hora.

Aunque lo tiene todo perfectamente controlado a través de las cámaras, él prefiere hacer la ronda. «Yo considero que esta es mi segunda casa», insiste, así que siempre se cerciora de que todas las luces estén apagadas y las puertas y ventanas cerradas. También desconecta aires acondicionados o calefacción. Sólo deja encendida una lámpara que le indica el camino hacia el baño.

En el patio, que es el único elemento reconocible del antiguo convento, arranca la ronda por el edificio. Todo está en orden, salvo por un par de luces encendidas y alguna puerta abierta. Algo normal, puesto que están instalando sensores para que las luces del Ayuntamiento se enciendan y se apaguen automáticamente y el trasiego de operarios es constante.

Lo primero que llama la atención en la ronda es el ala abandonada del edificio. Son testigos del paso del tiempo las pegatinas de los sindicatos que permanecen en las puertas. La linterna de Javier ilumina un largo pasillo que lleva a ningún lugar.

En la planta más alta, la sala de reuniones en la que habitualmente queda instalado el Centro de Atención al Costalero da paso a una escalerilla metálica que permite acceder a la terraza delantera del Ayuntamiento. Ofrece una vista singular de la estatua del caballo y la propia Plaza del Carmen. Bajo esta, un pequeño almacén en el que está 'escondido' el antiguo reloj del Ayuntamiento. En la terraza corre un fresquito inusual en la noche calurosa de verano. Pero la trasera es aún mejor, porque permite contemplar la Alhambra y, de día, Sierra Nevada. La noche invita a ello, pero hay que seguir la ronda. Aunque no es habitual, Javier hace una excepción para pasar por los despachos -institucional y de trabajo- de Francisco Cuenca, el salón de plenos y la galería de los alcaldes. No hay rincones 'vetados' para el vigilante, y él defiende que así sea, pues es el responsable del edificio y debe tener acceso a todo. No obstante, evita entrar en los lugares en los que no es necesario.

Todo tranquilo. En el paseo, el vigilante recuerda el «duro y feo» día de la detención del exalcalde, José Torres Hurtado. Él estaba a las 7.40 en el Ayuntamiento cuando vio por la cámara a tres personas que se dirigían apresuradamente al edificio. Eran los agentes de la Udef, que le explicaron, a él y al Policía Local que le acompañaba, que desde aquel momento se hacían responsables del edificio. Conocían a la perfección todas las entradas y salidas, recuerda Javier, y se hicieron con todas las llaves 'clave' para evitar salidas del edificio.

Concluida la ronda, hasta las cuatro, cuando llega al Ayuntamiento el IDEAL, pasa la noche entre música y películas, siempre atento a las cámaras y la emisora en la que escucha lo que sucede durante la madrugada en voz de los policías locales. Hay tiempo para alguna cabezada, pero está del todo acostumbrado a las noches en la que es su casa. Y la de todos.

Fotos

Vídeos