Un colegio de Gijón implanta los servicios sociales obligatorios para los alumnos de Bachillerato

Los estudiantes de primero deben trabajar con mayores, discapacitados o niños, y su labor aparecerá reflejada en el boletín de notas

AZAHARA VILLACORTAGIJÓN
Alumnos del Colegio de la Inmaculada./ Luis Sevilla/
Alumnos del Colegio de la Inmaculada./ Luis Sevilla

Con la que está cayendo, la Compañía de Jesús ha vuelto a hacerlo. O precisamente por eso. Después de revolucionar el panorama educativo asturiano anunciando que suprimían los deberes escolares para los alumnos de los cuatro primeros cursos de Primaria, el centro educativo de los Jesuitas en Gijón acaba de implantar los servicios sociales obligatorios para los estudiantes de primero de Bachillerato, mientras que son voluntarios en el caso del alumnado del segundo curso del ciclo, donde la exigencia académica aumenta ante la cercanía de las Pruebas de Acceso a la Universidad (PAU).

La medida implantada por el Colegio de la Inmaculada, que ha sido acogida «con un entusiasmo sorprendente» por padres y madres, consiste en desarrollar una hora de trabajo semanal en distintas instituciones repartidas por toda la ciudad dedicadas a velar por niños, mayores y personas con discapacidad psíquica, además de realizar acompañamiento a los pacientes del Hospital de Cruz Roja. Eso sí: esta última actividad «está bastante más restringida que el resto, porque también es más delicada», cuenta Juanjo Aguilar, docente de Religión y uno de los coordinadores de un proyecto pedagógico que es pionero en la enseñanza asturiana.

Pedagógico, sí, porque, como explican desde el centro educativo, «forma parte de las actividades curriculares», por más que se desarrolle fuera del horario escolar, una vez concluidas las clases. Generalmente, los jueves y los viernes por la tarde, pero también los sábados y los domingos por la mañana. Y, de hecho, a finales de este mes, cuando los ochenta estudiantes de primero de Bachillerato reciban el boletín con las calificaciones correspondientes a la primera evaluación del curso, verán una observación sobre su desempeño en organizaciones con tanta raigambre en la ciudad como el Sanatorio Marítimo o la Fundación Siloé.

«Hasta ahora, este tipo de servicios era voluntario, pero la gran novedad de este curso es que se trata de una actividad obligatoria que forma parte del currículum», apuntan en La Inmaculada, donde relatan que «es una experiencia directa, personal y organizada de contacto con los pobres y con los oprimidos, de servicio con los más necesitados y de acción para promover la justicia», precisa la Dirección del centro, con José Guerrero al frente.

Medio centenar de adultos

La mecánica para poner en marcha este novedoso plan fue sencilla. «Se organizó una especie de feria en el que la docena de organizaciones con las que colaboramos presentaron la actividad que desarrollan a los alumnos, para que ellos pudieran decidir qué era lo que más les podía interesar, y ellos señalaron sus prioridades», puntualiza Juanjo Aguilar, quien incide, además, en que el proyecto está íntimamente ligado al lema de los jesuitas que reza: 'Hombres y mujeres para los demás'.

«La formación no sólo está en los libros. La formación que buscamos no sería posible sin un contacto real y continuado con aquellos a los que estamos llamados a servir», argumentan. Pero es que, además, «ese contacto no puede quedarse en algo superficial». O lo que es lo mismo: «Es propio de la pedagogía ignaciana buscar la experiencia, es decir, examinar lo que pasa y me pasa para construirme por dentro». En palabras de Juanjo Aguilar, «se trata de que abran los ojos, los sentidos y el corazón» a las realidades de los más desfavorecidos». Y más, con la que está cayendo.

Pero no lo hacen solos: los alumnos que participen en el 'Servicio Social' de La Inmaculada son acompañados por monitores «que les ayudan a apropiarse de lo que viven y descubren», así que siempre realizan la actividad que les toque ese día en grupos de tres o cuatro personas.

Suman medio centenar entre profesores, padres, madres y antiguos alumnos. Porque se han presentado tantos voluntarios que en el centro están «encantados». Incluso familias que no tienen hijos en Bachillerato. «Además de crear comunidad educativa, hacemos algo necesario, que es apoyar a personas reales y colaborar con las instituciones concretas. Y eso ayudará a los alumnos y alumnas a desarrollar un sano sentido de responsabilidad y al colegio, un impacto más positivo sobre la ciudad».