ESPECIAL

Un recorrido por las venas de la mina de Alquife

IDEAL recorre las desconocidas galerías del yacimiento, que ha vuelto a la actividad tras tres décadas cerrado | Bajo el cerro hay diez kilómetros de túneles transitables, que desaparecerán si vuelve a extraerse mineral

Quico Chirino
QUICO CHIRINOGRANADA

Juan Puche detiene el Land Rover justo en el punto donde se termina el camino donde alguna vez llegó un coche. «Esta vía la acaban de abrir las máquinas porque están trabajando para la primera voladura», comenta. Para andar un paso más da la sensación de que habría que lanzarse en parapente. Juan, director operativo de la mina de Alquife, mira a los pasajeros y pregunta: «¿Tenéis miedo?», mete la reductora y no da tiempo a responder. De los cinco que viajan en el coche solo el reportero se habría negado, pero no ha tenido oportunidad. El fotógrafo baja la ventanilla para disparar –es una metáfora de fotógrafos– a unas cabras montesas. También se cruzará algún zorro que no está acostumbrado a que merodeen campo a través los humanos desde que cerró la mina hace treinta años. El coche desciende la rampa como si bailara claquet sobre un alfombra. Tampoco ha sido para tanto.

La memoria de las minas de Alquife

Atrás quedan las máquinas. La actividad ha vuelto al yacimiento en fase de preexplotación y a mediados de abril se produjo la primera voladura. Cada pala se lleva de un solo mordisco nueve metros cúbicos y en una explanada aguardan ya los camiones para empezar a transportar el material. Cada uno puede desplazar cien toneladas netas –27 más de lo normal– y la intención es llevar a altos hornos en distintas partes del mundo suficientes toneladas de mineral para la ejecución de pruebas industriales, imprescindibles para la continuidad del proyecto. Si el resultado es positivo, las posibilidades de que la mina reabra en 2020 se multiplican.

Las máquinas vuelven a extraer material para transportarlo a los altos hornos.

Los atardeceres en la mina de Alquife son cobrizos y ya quedan pocas horas de luz. La tierra que deshacen las excavadoras mancha como si fuera tinta. Los organizadores de la excursión han avisado de que se vista ropa que después no importe desechar en la basura. Y aunque sabes que tocar la arena te convertirá en un piel roja, es difícil resistirse. Los granos diminutos, mezclados con esquejes de metal, queman ligeramente sobre la palma de la mano.

Un lago de aguas profundas

«Venga, que no nos va a dar tiempo a entrar en los túneles», apremia uno de los guías. Pero los minutos parecen detenidos sobre el inmenso lago, una de las vistas más características de la mina. El agua también tiene un color oscuro por el reflejo de la tierra aunque se podría beber y hasta apetece. Hay 125 metros de pared hasta la parte alta de la montaña y otros 125 para llegar al fondo. Tan hondo que solo pueden entrar embarcaciones preparadas para navegar en aguas profundas. Ni hay olas ni el móvil tiene cobertura y en el lago apenas si hay vida, tan sólo unos cuantos insectos que campan a sus anchas. Para sacar todo el agua y aprovechar el mineral habría que estar bombeando el líquido durante un par de años. Y si todo va bien, se hará.

El Land Rover se detiene frente al cerro de Alquife. Visto desde lejos parece una madriguera gigante. Es quizás una de las partes más desconocidas del yacimiento. «Está hueco», apunta Juan. El suegro del fotógrafo, que es oriundo de la comarca, niega que existan túneles en la mina, que pasó a la historia por ser, en su momento, el yacimiento más importante a cielo abierto de Europa. Es una imagen desconocida. «Hay diez kilómetros de galerías subterráneas», indica Juan. Y llega el momento de encender la pequeña linterna que lleva acoplada el casco, obligatorio desde que empezó la visita. Si la montaña se desprende sobre nuestra testa, tampoco protegerá de mucho.

Las mulas ciegas

Juan Puche es el primero en entrar y lo hace con determinación. «Hace tiempo que no recorro las galerías», puntualiza para terminar de tranquilizar. Justo entonces es cuando recuerdas que al llegar te hicieron firmar un papel de consentimiento que, obviamente, nadie leyó. Dice que hay seis o siete niveles y que cada uno está separado por unos ocho metros. Fueron los ingleses los primeros en llegar a la mina y quienes utilizaron estos pasadizos. El mineral se sacaba con mulas que nunca veían la luz del día; animales que se volvían ciegos y que solo salían a la superficie cuando habían muerto. Ya no hay marcha atrás. Sobre todo, porque el único que conoce el camino de vuelta únicamente camina hacia adelante. En las paredes aún asoman algunas varillas de las que colgaban las lámparas de queroseno para dar luz y en el suelo hay casquillos de bala. Durante años, el Ejército ha utilizado las instalaciones para hacer prácticas y en los túneles debió producirse una balacera. También habría sido oportuno entrar con bandera blanca, por si acaso. Juan sonríe y resta importancia a la situación: lo más que nos podemos cruzar será un murciélago. Podía ser peor.

Un pequeño televisor abandonado en los túneles, donde aún queda mineral. / Pepe Marín

Por el recorrido aparecen vagonetas abandonadas, traviesas de madera y hasta la caja desvencijada de un pequeño televisor portátil. La luz se vuelve oscura sobre el cerro de Alquife y la pequeña linterna del casco es el único asidero. Juan rasca las paredes y apunta que todavía queda mineral en estas cavernas. Cuando la mina entre nuevamente en funcionamiento, las máquinas arañarán estas galerías y desaparecerán para siempre. Las venas del cerro donde las mulas de carga se quedaron ciegas para dar de comer a las familias de Alquife.