Un hombre justo se nos ha ido

«¿Murió?... Solo sabemos / que se nos fue por una senda clara, / diciéndonos: Hacedme / un duelo de labores y esperanzas. / Sed buenos y no más, sed lo que he sido / entre vosotros: alma. / Vivid, la vida sigue, / los muertos mueren y las sombras pasan; / ...¡Yunques sonad; enmudeced, campanas!»

Un hombre justo se nos ha ido
JUAN SANTAELLA

Conocí a Antonio Dionisio en la labor apasionante e ingrata del servicio público. Él era alcalde de un pequeño pueblo del Temple, Escúzar, al que llegó con la esperanza, en parte conseguida, de transformar las carencias materiales y espirituales existentes, para hacerlo más confortable, mejor dotado de infraestructuras, más dinámico y más culto.

Una constante de su vida fue el apego y el cariño que siempre tuvo por su pueblo, al que dedicó, como alcalde, 16 años de su vida, aunque eso supuso un enorme sacrificio para su familia. Visitó despachos, se entrevistó con responsables provinciales, autonómicos y nacionales -llegó a cartearse con Felipe González, Solchaga, y otros ministros y autoridades- con tal de lograr el desarrollo de un pueblo al que quería.

Gracias a su esfuerzo y a la ayuda de sus concejales, consiguió agua para todo el Temple; ordenó el saneamiento y la depuración de aguas, acometió el alumbrado eléctrico y el asfaltado de calles y plazas, logró instalaciones culturales y deportivas, una casa de la juventud y una banda de música, una residencia geriátrica y un hogar del pensionista, mimó el medio ambiente y los servicios sociales... y logró un polígono industrial, que ojalá sea la sede del acelerador de partículas.

Fue la construcción de ese polígono industrial, en el que él tantas ilusiones había puesto, el que resultó ser una de sus experiencias más decepcionantes. Antonio Dionisio, que solo se movía por razones de justicia social, sin búsqueda de interés particular alguno, se encontró con personas que se movían por intereses particulares, y, por ello, por ser un hombre justo e íntegro, desde ámbitos políticos y empresariales, maquinaron su dimisión. Fue entonces cuando descubrió la traición de muchos, incluidos algunos de los suyos, y pudo ver la cara más oscura de la naturaleza humana. Cuando Antonio tuvo que aceptar acuerdos que iban contra los intereses de su pueblo y contra sus principios, fue fiel a sí mismo y a los suyos y abandonó la alcaldía. Algún día se le hará justicia en su pueblo a este hombre bueno, desprendido, utópico y honrado a carta cabal. Este ha sido el episodio más amargo de su vida, el más deprimente.

Antonio Dionisio, mi amigo, fue, además, una persona sensible que dejó huella en todos los lugares en que ejerció de maestro, en varios pueblos y en la capital, tanto en los alumnos como en sus familias, siempre utilizando la música -era un gran compositor y músico- para crear en todos ellos ambientes de armonía. Creó varios grupos musicales, coros, a uno de los cuales pertenezco -Psallite Domino-, en los que había un ambiente cargado de afecto y hermandad, así como zarzuelas o escenificación de cuentos. Amaba su profesión y siempre tuvo el cariño y la admiración de cuantos lo conocimos.

En todo momento, sobre todo en los más difíciles, Antonio estuvo arropado por su espléndida familia, a la que quería y con la que gozaba y sufría -tuvo que vivir siempre con el dolor de una hija que murió siendo pequeña-, integrada por su esposa Mari Carmen, sus cuatro hijos y sus cinco nietos. En su familia proyectó los grandes ideales de su vida y en ella cosechó la mejor siembra que él y su esposa realizaron. También tus amigos -grupo al que me siento honrado de pertenecer- te recordaremos siempre como un hombre cargado de vida y de ilusiones, íntegro y decente, hombre limpio en un tiempo de oscuridades.

Tu ausencia nos deja un vacío enorme y tu presencia nos ha hecho mejores. ¡Qué bien dirigías nuestro coro! ¡Qué bien ordenabas nuestras voces! ¡Cómo sabías acompasar las experiencias vividas! ¡Que Dios, en el que tanto creías, te de la acogida y el descanso que mereces!