El salinero del pueblo más salado de Granada

Enrique Lorenzo Villegas, fotografiado junto a dos pequeños montículos de la mejor sal que se obtiene en La Malahá./
Enrique Lorenzo Villegas, fotografiado junto a dos pequeños montículos de la mejor sal que se obtiene en La Malahá.

Enrique Lorenzo lleva 35 años en las salinas de La Malahá, de las que se extraen más de un millón de kilos que se emplean en alimentación o en la estación de esquí

ANTONIO ARENAS

Es casi parada obligada para todos los conductores que viajan desde Las Gabias a la comarca del Temple. Detenerse en la última bajada, antes de llegar a La Malahá (topónimo de origen árabe que significa alquería de sal), y contemplar sus salinas, que aunque no son las únicas de interior pues también las hay en Fuente Camacho (Loja) y Montejícar, llama la atención por su dimensiones, y, en estos días, en los que se lleva la primera y principal de las 'sacas', por las montañas de este oro blanco del que ya hay constancia en tiempos de fenicios y romanos.

Como encargado en los últimos 35 años siempre ha estado Enrique Lorenzo Villegas, que a mediados del verano, si el tiempo ha sido caluroso, o bien entrado agosto, si ha sucedido como en éste, que tuvo un inicio fresco, procede a amontonar la sal que en las jornadas posteriores trasladará al vecino almacén. Aquí se pasará por el molino y se envasará en espera de los primeros clientes. Operación que se repetirá en una o dos ocasiones más antes de que el otoño abra sus puertas para concluir con una media superior al millón de kilogramos de sal.

Para él es lo más habitual. Nos referimos a pasar el verano pendiente de las albercas y de cómo la evaporación hace que su fondo vaya adquiriendo su color de blanco inmaculado. Lo que se ha modificado con el tiempo es la mecanización en las siguientes labores. Hasta hace unos años era normal ver en esta dura tarea, tan dura como la sal apelmazada al fondo, a cuatro o cinco hombres que con rudimentarias herramientas la arrancaban para hacer numerosas 'pilillas', que posteriormente eran trasladadas pacientemente en los serones colocados sobre un borrico. Una vez en el almacén se hacían veredas en la montaña de sal para que el asno subiera hasta la parte superior, donde se iba depositando la carga. Así una y otra vez hasta que toda la producción pasaba del estanque al almacén. Ahora la extracción y transporte se han mecanizado y se lleva a cabo con pequeñas excavadoras y un 'dumper'.

Limpieza

Cuando llegamos nos encontramos al hijo de Enrique limpiando y preparando el almacén donde aún quedan varios restos de sal de la anterior temporada. Enrique, con su sombrero calado, llega un poco más y nos explica que ahora están amontonando pues «este año hemos empezado más tardecillo porque el verano ha venido más tardío. De hecho, el 10 de julio hacía frío, al menos aquí». También que como en temporadas anteriores se espera se cumplan los pronósticos y que finalmente se superen las mil toneladas de sal que extraerán principalmente en esta saca y «otra en septiembre u octubre, dependiendo de cómo venga el tiempo». Sal cuyo principal cliente es la empresa Cetursa, que la emplea en las carreteras contra el hielo. También es usada para alimentación, en el salado de jamones o en la fabricación del pan por parte de los panaderos. La campaña en la que recuerda que se recogieron más kilos y comercializaron fue la «anterior al año de las nieves (2003), pues se llegaron a vender hasta 1.600.000».

Es agradable realizar un pequeño recorrido por estas singulares salinas, «una de las más antiguas de Andalucía», en cuyas proximidades se conservan el conocido como 'torreón' y un puente romano.

Inicialmente ocupaban un terreno de 3,30 hectáreas de extensión en el que se distribuían las 87 albercas, siete calentadores, nacimiento del agua, un almacén, distinto del actual situado en la zona conocida como Las Salinillas, pues se sabe que el anterior era del siglo XII, y otras dependencias. En las Salinas Altas y Bajas unos obreros picaban con azadas, rodillos o borriquetes, en tanto que otros la iban amontonando. En años normales, tradicionalmente se llevan a cabo dos recogidas correspondiendo a los meses veraniegos de julio, agosto o principios de septiembre. Para iniciar la saca se espera que la espesura alcance entre los 8 y 10 centímetros y se vacía el agua de la parte superior.

Durante el período nazarí esta actividad tuvo una gran importancia en La Malahá, junto con el aprovechamiento de sus aguas termales y la producción de la seda. Se sabe que curiosamente las industrias de salazones de Almuñécar y Salobreña se servían de esta sal malaheña muy apreciada por su grado de salinidad y blancura. Y una curiosidad que desvela Sebastián Aguilar, el artista malaheño de los 'hilos de cobre' fruto de su experiencia como trabajador en alguna temporada en estas salinas: «Aquí las heridas cicatrizan enseguida».