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ALMERÍA - JAÉN - GRANADA | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Miércoles, 22 octubre 2014

Opinión

PUERTAREAL
El juicio rápido

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UN hombre ha denunciado a su ex mujer. Lleva seis meses sin ver a sus hijos. Quiere que se cumpla el régimen de visitas. Lo convocan a un juicio rápido. Vocean su nombre y el de su ex mujer en el hall de la Audiencia. El hombre entra. Su ex mujer no se ha presentado. El hombre permanece de pie frente al juez, la secretaria y la fiscal. Ésta lee un fragmento de la denuncia y despectivamente le hace un par de preguntas. La secretaria lo insta a ratificar la denuncia. El juez pide el dictamen a la fiscal: «¿Absolutorio!», replica ésta. El hombre no da crédito a lo que está oyendo. Sólo sabe que lleva seis meses sin ver a sus hijos y que su ex mujer ha incumplido una resolución judicial. Según ella, son los hijos los que no quieren ver al hombre. Y el hombre piensa que el testimonio de sus hijos, aun siendo menores, vale más que el suyo. Y el hombre piensa que el testimonio de su ex mujer, aun estando ausente, vale más que el suyo.

El hombre comprueba con desconsuelo que es sospechoso simplemente por ser hombre. El hombre siente en sí el peso del machismo. La discriminación de los hombres no merece misericordia alguna.

El hombre experimenta el peso de la injusticia. Piensa que si se hubieran invertido los términos y quien hubiera incumplido la resolución judicial hubiera sido él, lo habrían condenado.

No han transcurrido cinco minutos y el juicio acaba. El hombre constata que su denuncia no ha servido de nada. El hombre sabe que ni su ex mujer ni sus hijos tendrán que demostrar nada. Que quien tendrá que demostrar algo es él. Sabe que, aunque demuestre lo que demuestre, la fiscal dirá siempre «¿absolución!».

El hombre piensa en sus hijos. Sabe que sus hijos lo quieren. Que él quiere a sus hijos. Sabe que ha sido padre y madre para ellos. Y sabe que esto no le ha valido de nada. Sabe que, a pesar de haber sido hombre y mujer, ahora es tratado como hombre. Luego los hijos no le pertenecen. Pertenecen a la madre. Porque madre sólo hay una. Él, por el contrario, es un cazador. El hogar y los hijos no son para él. Tampoco el amor ni los sentimientos. Es un hombre y los hombres apencan con los sinsabores.

El hombre ha luchado por la igualdad. Pero comprueba que la sociedad está ciega para vislumbrar las discriminaciones que sufre el hombre por ser hombre. El hombre no entiende que las feministas no combatan esta desigualdad. El hombre sabe que hay un profundo rencor contra el hombre por las injusticias que cometió en otros tiempos. El hombre siente que las injusticias cometidas hoy contra el hombre están creando un profundo rencor que será la causa de nuevas injusticias futuras contra la mujer. Al hombre le gustaría detener este bucle insensato, pero se encuentra impotente.

El hombre no olvida la expresión de la fiscal pidiendo la absolución de la denunciada. El hombre piensa en sus hijos y en quién les explicará mañana que los jueces creían a todos menos a él. Y, sin embargo, él era el único que los amaba como nadie los ha amado ni los amará jamás. Pero en el brevísimo juicio, su corazón no tuvo tiempo de latir. O tal vez sí. Pero sólo para certificar que era un corazón de hombre y que, precisamente por eso, podía ser traspasado impunemente.

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