Martes, 24 de julio de 2007
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OPINIÓN

TRIBUNAABIERTA
Educación y liturgia
EL tiempo, que en todas partes avanza con más urgencia que sus propios relojes, acaba siempre por encallar en el terciopelo de los palacios vaticanos. En la cerrada opulencia de sus cámaras, convive la más avanzada tecnología junto a miedos que uno atribuye a los pobladores de Atapuerca. Basta que una leve ráfaga de viento liberal levante el pico de las sotanas, para enardecer los ánimos de sus eminencias. Basta que un pensador brillante, un científico curioso o un espíritu iluminado aventure una idea que se eleve por encima de lo escrito en los libros canónicos, para ser considerado sospechoso de herejía, paganismo o algo peor.

Ahora que el poder temporal ha legislado sobre la enseñanza, imponiendo una asignatura denominada 'Educación para la Ciudadanía', causa cierta hilaridad la irritación infantil de los jerarcas eclesiales. Después de ejercer durante siglos un dominio absoluto sobre todos los ámbitos de la vida humana, debe de costarles el acostumbrarse a un papel secundario cuando hay tanto que condenar.



RESULTA pertinente recordar aquí la sentencia evangélica: «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». (Mt. 22, 15-21). El Maestro en cuyas enseñanzas basa la Iglesia su acción pastoral, no emitió juicios de valor sobre la integridad o decadencia del César; se limitó a trazar una línea que separaba lo terrenal de aquello que sólo competía a la esfera espiritual de cada ser. Y resulta sorprendente que, habiendo en el clero tan finos y elocuentes malabaristas de la oratoria y la argumentación, reprueben con tanta simpleza una asignatura sobre principios éticos universalmente válidos. Algún cardenal la acusa de transmitir a los estudiantes «una forma de ver la vida», que abarcaría «no sólo el ámbito social, sino también el personal». ¿Y cómo podría impartirse una disciplina de esta naturaleza sin incluir una forma de ver la vida? La Conferencia Episcopal tacha la asignatura de formación estatal y obligatoria de la conciencia, como si ésta última no fuera otra cosa que un pedazo de arcilla que puede moldearse en una clase de ciudadanía tomada a contrapelo. Si tan fácil fuera, ya habríamos hecho de todos los niños un ejército de ángeles, sin rastro de violencia ni sombra de maldad para el futuro. Y el mundo estaría hoy habitado por ciudadanos pulcros, virtuosos y obedientes.



SI uno se toma la molestia de consultar alguno de los manuales que sirven de guía para esta asignatura, comprobará que las doctrinas perversas que temen recibir sus detractores, no asoman por ninguna parte, y que aquellos apartados más conflictivos, como el sexo o la familia, apenas ocupan unas breves páginas con mensajes que se resumen en lo siguiente: la sexualidad humana, además de a la procreación, está orientada al establecimiento de relaciones afectivas y sentimientos profundos como el amor. Y sobre la familia, se resalta que es la unidad básica de organización social, remarcando que su función educativa como fuente de afecto y apoyo para los hijos, es insustituible. Que circulen algunas obras deplorables, no significa que se vayan a utilizar por el sistema educativo. El cinismo de quienes comparan esta enseñanza con la franquista Formación del Espíritu Nacional, no es sino la burda soflama de quien sólo pretende combatir al Gobierno.

Como tantas veces en el pasado, el sexo y sus implicaciones afectivas, sigue siendo para la Iglesia el blanco predilecto de sus anatemas. Ese enconamiento en reprobar aspectos prácticos de la realidad, ha motivado que los jóvenes se alejen, despavoridos, de su órbita.

Según el estudio 'Jóvenes 2000 y religión' editado por la Fundación Santa María, los jóvenes le piden a la Iglesia Católica que cambie y se adapte a los nuevos tiempos, sobre todo, cuando se les plantean cuestiones morales referentes al matrimonio, la igualdad entre hombres y mujeres, la sexualidad, el aborto, la pena de muerte o la eutanasia; en estos temas, los jóvenes están mayoritariamente en contra de la postura oficial de una institución que, entre otras cosas, prohíbe el uso del preservativo incluso para prevenir el sida o niega a los separados ser felices con otra relación. En definitiva, como resalta el estudio, «son muy pocos los que encuentran en la palabra de la Iglesia ayuda religiosa para orientarse en la vida y hallar respuesta a sus problemas».



POR qué tocan las campanas a rebato por una asignatura en la que el noventa por ciento del temario se destina a fomentar valores cívicos para combatir el racismo, la xenofobia y el sexismo, al tiempo que se potencia el respeto a la diversidad cultural. Es decir, a enseñar derechos humanos, a formar a los que serán el día de mañana grandes defensores de la libertad religiosa, de conciencia o de culto.

En democracia hay que aprender a pensar en común y a aceptar leyes que no nos gustan. A qué viene invocar de continuo el artículo 27 de nuestra Carta Magna, donde se establece que «los poderes públicos garantizan el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones» pero, también, que «la educación tendrá por objeto el pleno desarrollo de la personalidad humana en el respeto a los principios democráticos de convivencia y a los derechos y libertades fundamentales».

A qué inflamar los ánimos de la rebelión, cuando el Estado tiene, no sólo el derecho, sino la obligación de impartir esos valores democráticos comunes, y cuando en el temario se destina un espacio casi marginal al trasnochado asunto de la carne pecadora. No hay, en la mayoría de los textos consultados, otra cosa que una defensa de la tolerancia y la pluralidad moral entre iguales. Si usted considera la homosexualidad una aberración ultrajante, pues inculque esa idea en sus hijos, pero en la escuela debe explicarse que es una opción más, dentro de la diversidad afectiva, en la que muchos ciudadanos sienten y expresan amor. Y, por supuesto, perfectamente legal. Quien dice esto, dice el aborto, la eutanasia o la familia no heterosexual. Los padres tienen, han tenido y van a seguir teniendo el derecho a formar religiosa y moralmente a sus hijos de acuerdo a sus propias convicciones. ¿Faltaría más! ¿Pero quién duda que pueda negarse algo semejante a lo que se circunscribe a un ámbito tan privado del ser humano? La escuela, sin embargo, tiene el deber de enseñar las normas que nos rigen en un mismo marco de convivencia, pues somos parte de la sociedad, nos interrelacionamos en ella y nuestra conducta no se limita al exclusivo núcleo familiar.



ESE rostro malévolo que dibuja la Iglesia ante sus fieles, va contra lo que debiera ser su propósito mayor: propagar el amor y la comprensión fraterna sin ningún tipo de restricción. Es preciso desterrar los viejos tabúes, las rémoras ancestrales de épocas oscuras que no han conseguido otra cosa que crear entre los fieles -y más aún entre los jóvenes- una imagen estereotipada de la Iglesia como institución pétrea y jerarquizada, de Gran Inquisidor obcecado en la moral del pueblo.

Y si no hubiera ya suficiente rechazo entre los jóvenes a una iglesia estática, ahora nos regalan con la misa en latín. Para ensanchar horizontes, supongo. Si ahora mismo la misa es ya para muchos -neófitos y decanos-, una ceremonia de compleja simbología, un recitado monocorde de arcanos bíblicos y fórmulas sacramentales de difícil encaje en nuestro compromiso diario con la vida, la llegada del latín a los altares no hará sino aturdir un poco más a los que ya andaban aturdidos y arrojar a la calle a los creyentes más tibios.



QUE el mundo no muestre su faz más saludable, no es debido al «laicismo dominante y el individualismo», como señala la Iglesia quien, en ocasiones, da la impresión de culpar a la electricidad y el bidé de la decadencia occidental, como ironizaba Savater. Si queremos construir un mundo mejor, debemos comenzar por mejorarnos a nosotros mismos -Iglesia incluida-, mejorar nuestras familias y a nuestro país. Es una tarea paciente, la cosecha de una semilla que germina despacio. Es por ello que se hace tan necesario inculcar en los centros educativos esos valores comunes a todos, vigilando los manuales que sustentan dichas enseñanzas, formando adecuadamente al profesorado y cuidando que los juicios personales no invadan el jardín privado donde cada cuál dialoga con su propia conciencia.

 
Vocento

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