Domingo, 3 de junio de 2007
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Próxima estación: Jacobo Camarero
Con 18 años y 11 pesetas montó una escuela para los niños de las calles de Albolote Con 80 primaveras, da nombre a la primera parada del futuro metro de Granada
Próxima estación: Jacobo Camarero
OCHENTA AÑOS. Jacobo Camarero sonríe ante la cámara del fotógrafo. Pronto dará nombre a la primera estación de metro de Granada.
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HABÍA tanto barro, que a menudo perdías de vista tus propios pies. Los tobillos se hundían y los zapatos pesaban más a cada paso. Mientras que las huellas que dejaban carros y animales servían de guía a todos aquellos que cruzaban el camino, el estiércol avivado por las lluvias lo convertían en un paseo poco agradecido. Hoy, aquellos despojos, mezcla de tierra, agua y abono, se han convertido en una gran avenida a la entrada de Albolote. Avenida que comparte el nombre con la que será la primera parada de metro de Granada. Dentro de unos años, al escuchar «próxima estación, Jacobo Camarero», podemos caer en el tremendo error -como ya sucede en otras grandes ciudades- de que se convierta en uno de esos nombres que flotan en el olvido y que sólo recordamos porque es allí donde tenemos que bajar.

Sentado en un cómodo sillón, Jacobo, a sus 80 años, no olvida ni uno de los pasos que arrastró durante más de una década por aquel barrizal. Fue en el año 45, con la mayoría de edad recién estrenada, cuando tomó la decisión que cambiaría la vida de muchos: «Albolote tenía unos 4.000 habitantes y no había más que dos escuelas para niños, en las que sólo se admitían a cincuenta. Los que se quedaban fuera y tenían dinero, pagaban a profesores particulares, pero los que no tenía nada, la inmensa mayoría, pasaban los días en la calle».

El amigo Camarero no recuerda haber tenido otra vocación en su vida: «Quería enseñar, ser maestro». Y aquella situación le hizo plantarse en el despacho del alcalde para pedirle un local donde poder impartir clases.

Él, por aquel entonces estudiante de bachiller, propuso una vieja cuadra que solía usarse como Casa del Pueblo que el Ayuntamiento no tuvo problemas en cederle. «Estaba completamente abandonada. No le echaron paja ni nada al suelo, así que había casi cuatro dedos de una pasta indescriptible». En aquel momento no estaba sólo. Un par de amigos del colegio le ayudaron a empezar. Pero fueron los mismos niños de la calle los que pasaron cuatro días limpiando, fregando y sacando todo el estiércol con un escardillo.

«Esos primeros niños, los que serían mis primeros alumnos, se convirtieron en mi mano derecha. Me ayudaban en todo». Una vez limpio, necesitaban mesas y pupitres, por lo que hicieron una colecta: «Los chaveas de la calle juntaron ocho gordas, un amigo puso tres pesetas y yo lo que pude. Juntamos once pesetas, que fue lo que me costó parir la escuela».

Once pesetas después

«En aquella primera época reunimos a unos 40 alumnos, entre los 10 y los 18 años. La mayoría eran analfabetos, aunque entre ellos había algunos que habían estado en la escuela -los mismos que montaron conmigo la escuela-, sabían algo y me ayudaban a dar las clases».

El bachiller se acababa y Jacobo tenía que empezar la mili, por lo que tuvo que cerrar la escuela. A primeros de noviembre del 46 ingresó en el Ejército, con la suerte de que pidieran gente que supiera escribir: «Di un paso al frente, vieron que tenía la letra bonita y me mandaron a registro». «Pasé un mes allí, hasta que juré bandera. Entonces, a principios de diciembre, volví a tener tiempo y abrí la escuela de nuevo, aunque esta vez ya no había ninguno de los amigos del colegio. Estaba solo».

El verano del año siguiente, los alumnos ya rondaban la centena y Jacobo volvió a hablar con el alcalde. «Le dije que ya no cabíamos allí y nos cedieron un sitio en las escuelas de niños. Pero al final de las vacaciones de verano, al volver al trabajo normal, se quejaron porque mis niños eran muy grandes y decían que lo iban a romper todo así que de vuelta a la cuadra».

La banca

«En el año 50 la escuela estuvo cerrada». Por aquel entonces, Jacobo, que de siempre había querido estudiar Magisterio, optó por prepararse para trabajar en un banco, ya que de hacer lo primero «le podían mandar a las Alpujarras o por ahí» y él quería quedarse cerca de su escuela.

«Estuve un año preparándome: derecho mercantil, contabilidad por partida doble, matemáticas en cálculo Hice unas oposiciones al Banco de España y me saqué el 10 de 12. Pero hubo una plaza libre en el Banco Popular, me presenté y la gané yo. En cuanto entré en el banco, al día siguiente, me volví a la cuadra Aquello se llenó de tal manera -dice emocionado- doscientos niños. Gracias a Dios, allí estaban los mismos alumnos que me ayudaron a montar la escuela para echarme una mano».

«Fui otra vez en busca del alcalde y le pedí un sitio más grande: El Servicio Nacional del Trigo, que estaba sin usar. Compramos mesas y bancos y a limpiar otra vez: telarañas, barrer, pintar lo hicimos nosotros. Aquello costó una pila de pesetas, 20.000 o por ahí, que pagué a base de prestamos. Pedí a la Delegación maestros que no estuvieran haciendo nada y me mandaron dos. Pero ni con ellos». «Por aquel entonces ya eran cerca de trescientos alumnos -sonríe sincero-. Imagínate si teníamos prestigio, que los alumnos del turno nocturno de un colegio de esos con suelo de madera y todo muy bien puesto se vinieron conmigo, por lo que el alcalde mandó a su profesor, que se había quedado sólo, a venirse a mi escuela».

Corría abril de 1956. Aprendices de todas las edades, desde los 10 a los 40. Y entonces, pasó: «Éramos 297 alumnos, recuerdo que dije que en un par de días seríamos 300 pero en vez de llegar tres personas llegaron los 300 temblores que trajo el terremoto que destrozó Albolote el 16 de abril de aquel año. Dejó la escuela que daba miedo entrar con tanta grieta Fue el fin de una historia».

Satisfacciones

La muerte de la escuela no fue en vano. Años más tarde, el Ministerio de Guerra premió al Ayuntamiento de Albolote con 10.000 pesetas porque no iba ningún soldado analfabeto a la mili. «Fue un gran premio, un orgullo».

«Con parte de aquel dinero nos fletaron dos camiones grandes y nos llevaron a la playa era la primera vez que yo iba», comenta mientras revive aquel sol primerizo en la cara. Con la llegada de la democracia la mitad de aquellos alumnos 'especiales' que ayudaron a Jacobo desde el principio se convirtieron en el corazón del Ayuntamiento.

Otros fueron concejales, empresarios, capitanes del ejército Y la escuela, situada en la plaza central de Albolote, se convirtió en una biblioteca.

Fútbol a los cuarenta

«Yo no he podido ir al cine, al teatro o a bailar, ¿si empecé a jugar al fútbol con 40 años!, no hacía nada más que ir a la escuela, pero aquello fue una satisfacción, porque las satisfacciones del alma son las mejores. Mis alumnos son ahora los dueños de Albolote, son los que ha transformado aquel barrizal en el cemento que es ahora».

También organizó la reconstrucción de la casa de un amigo que se derrumbó, llenó de papeletas de lotería Albolote, llegó a visitar más de 100 pueblos de Granada como apoderado del Banco Popular, tuvo cuatro hijos, fue director de un grupo de teatro que llenó las plazas de Maracena, ilusionó a grandes y pequeños con sus trucos de magia e incluso una vez ganó un patín con los puntos del café. Pero todo eso, ya es otra historia.

Se la cuento en la próxima estación.

 
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