Lunes, 12 de febrero de 2007
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Henning Mankell, escritor: «Los hijos son ahora unos extraños para sus padres»
El autor sueco estuvo en Barcelona y habló de las dificultades de las mujeres en el mundo de hoy y de los problemas de África
Henning Mankell, escritor: «Los hijos son ahora unos   extraños para sus padres»
ENTRE DOS MUNDOS. Henning Mankell, autor de novelas policíacas con un inconfundible sabor nórdico, vive la mitad del año en Maputo, capital de Mozambique. / VICENS GIMÉNEZ
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Palabras, las justas, entonadas con una voz que trasluce cansancio. Y la mirada, retadora, con un atisbo de ebullición interior. Así se presenta Henning Mankell (Estocolmo, 1948) en la sede barcelonesa de la editorial Tusquets, vestido con un traje negro y una camisa de motivos étnicos, una combinación de la severidad nórdica y la pasión por África que le define. Alto y fuerte, Mankell era un prestigioso escritor de teatro cuando creó a Kurt Wallander, un personaje que ya ha pasado a la galería de los mejores detectives de la literatura y con el que ha vendido más de 20 millones de ejemplares en todo el mundo.

Pero Mankell le ha dado vacaciones a este policía sueco y a su hija Linda para publicar 'El cerebro de Kennedy', una novela sobre una familia dispersa, cuyos miembros han tomado distintos caminos, uno de los cuales llega hasta Mozambique, el país africano en el que el propio autor reside la mitad del año.

-¿De qué trata su novela? ¿De la debilidad de los lazos familiares?

-Es en parte una visión de la familia de hoy, en un momento en el que nos dedicamos más a trabajar que a conocer a nuestros hijos, hasta el punto de que perdemos el contacto con ellos. En la novela, la madre descubre que no entiende nada de lo que pasa a Henrik, a su hijo, y cuando intenta comprenderle se tiene que ir muy lejos, hasta África.

-Pero la protagonista muestra que el lazo familiar es muy difícil de romper, más aún para una madre.

-No estoy tan seguro. Si ella hubiese conocido más de cerca a su hijo, se habría dado cuenta de que llevaba una vida muy peligrosa. Luego se lamenta, pero es demasiado tarde. Los hijos se han convertido ahora en unos extraños para sus padres.

-Ella representa una mujer con éxito en su profesión, pero con un modo de vivir inestable.

-Las mujeres de nuestra sociedad desarrollada pagan un precio muy alto precio por entregarse a su profesión. El día sólo tiene veinticuatro horas y si dedicas doce o catorce a trabajar, ¿qué te queda para tu familia? Yo suelo leer las revistas femeninas porque te informan de lo que les preocupa a las mujeres, y entre esas preocupaciones está el poco tiempo que tienen para los suyos. Es un tema que aparece una y otra vez, casi en cada número.

-¿Es el precio que tienen que pagar por su liberación?

-Bueno, es un precio que ahora pagan y que no tendrían por qué pagar. Yo, en un sentido profundo de la palabra, soy feminista. La sociedad está dominada por los hombres, y no hemos querido o no nos interesa cambiar las cosas. Ese cambio sólo será posible cuando las mujeres tengan capacidad de decisión.

-¿Por qué se habla siempre de la responsabilidad de las mujeres con los hijos y no siempre se cita la de los hombres?

- Guste o no, los hombres pueden hacer dejación de sus responsabilidades con los hijos de una manera más fácil. Ni su interior sufre tanto ni la sociedad se lo va echar en cara de la misma forma.

Paciencia

-Artur, el padre de la protagonista, siempre está ahí, protegiendo a su hija.

-Claro. Un hombre también puede elegir tener una buena relación con su descendencia, protegerla, estar siempre ahí cuando le necesiten, hacerse cargo. Esa es probablemente la relación más positiva de esta novela. Artur es un hombre mayor, y su vida no ha tenido nada que ver con la de su hija. Pero él ha sido lo suficientemente listo como para mantener el contacto. Se ha preocupado de su hija, de esa parte de su vida que le interesa tanto. Y ha tenido no sólo la inteligencia sino también la paciencia para conservar la relación.

-¿Les falta paciencia a los padres de hoy?

-Sí, pero es muy difícil tener paciencia si no tienes tiempo.

-Otro de los grandes temas del libro es la pobreza de África.

-Tú puedes ver a gente muy pobre en Barcelona, que pide dinero y duerme en la calle. Pero eso no tiene nada que ver con lo que pasa allí. Siempre aconsejo a los jóvenes que viajen. Cuanto más lo hagan, mejor entenderán los parecidos que tenemos todos, y quizá dejen a un lado eso que está tan de moda, las diferencias. Cuando me encuentro con un joven le digo: «Viaja, prepárate, estate dispuesto a aprender, a escuchar». En este sentido, el choque con África no se produce cuando lo ves, sino cuando lo conoces y comprendes.

-¿Qué vio usted la primera vez que pisó el continente?

-Yo iba preparado y no sentí un gran golpe a primera vista. Es algo que se produce con más lentitud, cuando sabes que la pobreza deforma el cerebro y los sentimientos. Para un persona muy pobre, el valor de la vida tiene un precio muy bajo: puede quitarla o perderla por muy poco dinero.

-La diferencia entre Europa y África es actualmente muy grande. ¿Cómo se podrían acercar?

-Si vuelves la mirada hacia la historia, verás que la relación entre Europa y África había sido muy buena hasta hace cuatro siglos. En la Biblia, uno de los tres reyes magos que llevó regalos a Jesús era negro. Pero los últimos cuatrocientos años de colonialismo han destruido la relación. Creo sinceramente que si nos preocupamos por aprender y comprender, podemos volver a llevarnos de un modo razonable en dos o tres generaciones. Yo no viviré lo suficiente para verlo, pero mis hijos, sí. Los africanos y nosotros somos vecinos, gente cercana. Lo normal es que tratemos de no agredirnos.

-Ya. Pero, ¿cómo cambiamos las cosas?

-Insisto en una propuesta que llevo años poniéndola sobre la mesa y que la digo en serio. Deberíamos construir un puente entre Gibraltar y África, y lo deberíamos pagar entre todos los europeos. Las pateras no ofrecen ninguna solución ni a corto ni a largo plazo. Primero tenemos que establecer canales de comunicación, y luego tenemos que aceptar que necesitamos a esa gente. Los europeos envejecemos, tenemos pocos hijos...En fin, para asumir todo esto se necesita tiempo.

Corrupción

-¿Se puede integrar toda la avalancha? ¿Están ellos realmente preparados para trabajar en Europa?

-Los inmigrantes aprenden y van mejorando muy rápido, como demostraron algunos españoles que se fueron a Suecia o Alemania. Dales diez años. Ya verás cómo salen adelante.

-¿Puede decirse que uno de los grandes temas de su obra consiste en cómo afrontar la injusticia?

-Sí, eso es cierto. Y añadiría que la pobreza no es sino otra forma de llamar a la injusticia. Hay cosas injustas a muy pequeña escala, a la vuelta de la esquina, y otras que circulan por las altas esferas, y eso es lo que conocemos por corrupción. La delincuencia está por todos los lados.

-Entonces, el ser humano lleva el mal en las entrañas.

-No, no estoy de acuerdo con ese planteamiento. No creo que los seres humanos sean malos en sí mismos. Siempre existen tentaciones, circunstancias, nunca se podrá crear un sociedad perfecta y equilibrada. Pero sí podemos poner límites a los peores delitos, a la corrupción de los poderosos, al comercio de armas y drogas. Sé que no es posible un mundo sin crímenes. Ahora, conformarse con lo que está delante de nuestros ojos me parece estúpido.

-¿Sólo el mundo occidental tiene la culpa de lo que pasa en África? ¿No la tienen también ellos?

-Supongo que lo dice por la corrupción de sus dirigentes políticos. Entonces hay que preguntarse de dónde viene esa corrupción. Para que se produzca hacen falta dos manos, una que dé y otra que reciba. Si queremos terminar con los políticos corruptos en África, primero tenemos que parar los pies a todas las personas del Primer Mundo que tratan de corromperles para beneficiarse de ello.

-El sida también ocupa un lugar importante en su novela. ¿Quiénes son los culpables de su incidencia en el continente africano?

-A mí no me gusta hablar de culpa, sino de responsabilidad. Y entonces, sí, somos responsables. Porque usted y yo, si cogemos el sida, no nos moriremos de ello. Pero en África, como todo el mundo sabe, la situación es muy distinta. Y la verdad es que no estamos haciendo gran cosa.

-¿Qué puede hacer una persona, un individuo?

-Primero, ejercer presión sobre las personas que tienen poder para que a su vez presionen a nuestros gobiernos y a la Unión Europea. Y luego lo más fácil: tomar una cerveza menos por semana y dar ese dinero a una ONG. O adoptar un niño y enviarle una cantidad mensual.

-Y eso, ¿funciona?

-Las organizaciones que yo conozco hacen un trabajo maravilloso. Por cinco euros, por cinco malditos euros al mes, puedes cambiar la vida de un niño y de su familia.

 
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