Rafael Gómez Montero

TITO ORTIZ

HASTA que su presencia gozó Granada, nunca hubo un castellano más granadino, un abulense más cantor del Sacromonte, un castizo más defensor del Albayzín, ni un hidalgo más exaltador de la Alpujarra. Rapsoda de versos al viento, Rafael se trajo hasta la Alhambra, los aromas cautivadores de las murallas de Ávila, y embozado en la mejor escritura del piropo, dejó que Granada le robara el alma, en un remanso de paz que se renueva todos los días a eso de las primeras luces del alba. Creador nocturno a la luz de las velas, se impregnaba de la tierra a eso del medio día, cuando su encorbatada presencia, salía de las tres emes en calle Navas, dirigiendo sus pasos hasta 'Los Mariscos', lugar de encuentro y tertulia, que tendría su epílogo en la barra del 'Jandilla' con la mirada hacia el Corral del Carbón. Las veletas de los gallos le hicieron profundizar en el arte flamenco, y no era raro verlo pasear del brazo junto al cantaor Pepe Albayzín, con destino a la acreditada cueva de María 'La Canastera', donde no pocas grabaciones de nuestro folklore vieron la luz bajo su dirección, por eso los gitanos de Granada le ofrecieron todos los reconocimientos en vida, entre otros 'El churumbel de plata' que siempre lució orgulloso en la solapa.

Durante décadas, fue la voz de las noticias de esta tierra en toda España, aún en los tiempos en que la señal no llegaba hasta aquí, y nada sabíamos de su profesionalidad en Radio Nacional, sí en 'La Voz de Granada'. Pero donde su trabajo quedó para siempre de manera indeleble mostrado es en estas mismas páginas, pues fueron muchos los años que en la vieja redacción de Compás de San Jerónimo, al olor del plomo derretido que subía de los talleres, y el sonido melodioso de los compañeros tecleando en las linotipias, en su peregrinar de mesa en mesa, Rafael Gómez Montero contaba el último sobre Franco, el porvenir de un proyecto sobre Sierra Nevada, o la visita del alcalde Manuel Sola al palacio de El Pardo, donde saludó a doña Carmen, creando escuela como cronista social de la tierra de la Alhambra y sus parajes. Degustador de los rincones con historia y mejor divulgador de sus encantos, tuvo hasta la imaginación de crear aquella obra fresca como el agua de un aljibe, en la que el niño Jesús juega al pilla pilla por las calles del Albayzín, y el que después fuera Cristo, aprendió a ver las cruces ante la Cruz de La Rauda.

La democracia le cogió con el talante que dan la cochura en humanidades, los amigos a raudales y la libertad del ejercicio periodístico, propinándole un tránsito corto e imperceptible, aunque quienes habíamos seguido su trayectoria, no olvidábamos la cantidad de explicaciones que tuvo que dar en su momento, cuando decidió promocionar el disco sencillo en el que su compadre, el cantaor Pepe Albayzín se atrevió a grabar la 'Baladilla de los tres ríos' de Federico García Lorca, o cuando con el mismo poeta fusilado, dirigió aquel trabajo llamado 'El entierro de García Lorca', en el que cante y poesía se hacinaban con artistas de la tierra, en un llanto a cara descubierta por el ruiseñor que mataron entre Víznar y Alfacar porque quería cantar. No volverá la Alpujarra granatensis a tener un juglar mejor plantado, bajo los balcones con ristras de pimientos cornicabra, ni Albondón su caldo mejor cantado, ni Lanjarón sus aguas mejor pregonadas. A su pluma hábil, se unía la voz recia de un locutor de escuela, esa que en sus últimos años tuvimos que suplir por el lenguaje de las señas, pues quiso el destino caprichoso, que el portador de una voz cualificada, tuviera que comunicarse con abrazos y palmadas, que es como mejor se acomunican los hombres de bien en Granada. En las noches de Luna llena, sigue viniendo a pedirme mi capa, aquella con la que posó tantas veces en las cenas de los plumillas, porque teniendo yo una para que se iba a encargar él otra. Nuestro paseo es el mismo, de las tres emes, a los diamantes, de los mariscos al jandilla y de la sabanilla al granados. Ante la Patrona nos despedimos, porque él está frente a su casa. Allí me devuelve la capa, y yo le pego otro abrazo, a mí maestro del alma.

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