El vocabulario andaluz de Alcalá Venceslada

MANUEL PEÑALVER CASTILLOPROFESOR TITULAR DE UNIVERSIDAD

HAY obras que, en Andalucía, siempre deben ser amparadas, mimadas y protegidas por sus especiales y justipreciadas consecuencias en el ámbito o campo concreto en el que se incardinan. Una de éstas, por méritos propios, en este caso lingüísticos y culturales, es el 'Vocabulario andaluz' del jiennense de Andújar, el polígrafo Antonio Alcalá Venceslada (1883-1955). La primera edición apareció en 1934. Este 'Vocabulario', dilecto en tantos aspectos, a pesar de algunas limitaciones filológicas, constituye una referencia imprescindible en la historia de la lexicografía andaluza. La amistad con el ilustre cervantista y folclorista de Osuna, Francisco Rodríguez Marín, que tenía en proyecto la realización de un diccionario de andalucismos, y que, por diversas circunstancias, no pudo hacerse realidad, avivó el interés del iliturgitano por la elaboración de una obra que respondiera a este planteamiento. Será la edición de 1951, bajo los auspicios de la RAE, la que refleje mucho mejor las virtudes de esta aportación, al haber mejorado su autor la técnica lexicográfica. El número de entradas léxicas aumentó considerablemente, pasando de las 4.245 de la edición anterior a las 17.547 de ésta. El conocimiento de la dialectología y de otros vocabularios regionales y dialectales, que tenían parecidas pretensiones metodológicas, influyó positivamente. Entre 1950 y 1955, año en el que murió, el autor se dedicó a documentar la presencia de más de 700 palabras del 'Vocabulario' en escritores andaluces, entre ellos Machado y Lorca. Como bien ha señalado Ignacio Ahumada, el VA es un prontuario de las hablas andaluzas, ya que, además del léxico, informa sobre la fonética y usos gramaticales. Pero conviene recordar otras manifestaciones lexicográficas anteriores a ésta para analizar sus antecedentes. El 'Diccionario de andalucismos' de José María Sbarbi, del que sólo llegaron a aparecer veinticinco artículos en el 'Almanaque de la Ilustración para el año1893', y, sobre todo, las 'Voces andaluzas (o usadas por autores andaluces) que faltan en el Diccionario de Academia Española' (1920) del granadino Miguel de Toro y Gisbert son los precedentes más destacados, aunque, del mismo modo, hay que valorar la parte que Américo Castro dedicó al estudio del léxico en 'El habla andaluza' de 1924, incluido en su libro 'Lengua, enseñanza y literatura'.

HE tenido la suerte de conocer a la familia de Alcalá Venceslada. En horas de íntima conversación, el tema central ha sido la vocación de un andaluz de bien al servicio de la cultura de su amada y predilecta tierra: en las páginas de los periódicos y revistas, en la voz de sus poemas, en su labor de recopilador de refranes y coplas, en sus finas dotes de observador de voces y usos dialectales; una dedicación que tanto elogiaría Rodríguez Marín en una correspondencia que permanece inédita. El 'Vocabulario andaluz' es -digámoslo convencidamente- una joya, una fuente de andalucismos del 'DRAE' (de los 1.147 regionalismos andaluces, entre los generales y los particulares, que aparecen en el Diccionario académico, al menos 600 están presentes en el VA), como ha puesto de manifiesto Francisco Carriscondo, un tesoro léxico de las hablas andaluzas (precisamente éste será el título de la rigurosa y excepcional obra de Manuel Alvar Ezquerra, publicada en 2000, donde recopila, ordena y sistematiza el léxico empleado en Andalucía y que constituye una guía investigadora de obligada consulta para todas aquellas personas que quieran conocer en profundidad una cuestión tan mirífica), y desde esa relación, dadas sus claras referencias a las más diversas actividades de la vida, de la misma idiosincrasia de una Andalucía que tan bien conocía y que con tanta pasión amó el insigne Maestro. Ignacio Ahumada, prologuista de la edición que hicieron conjuntamente CajaSur y la Universidad de Jaén en 1998, escribía: «El 'Vocabulario Andaluz' (VA) de Antonio Alcalá Venceslada, cuyas raíces se hunden en el interés de los estudiosos por las manifestaciones más genuinas de la cultura popular, supone la culminación de una serie de propuestas y deseos encaminados a conocer las peculiaridades de los andaluces; de manera muy especial, en el uso de su variedad léxica».

DE la obra han aparecido diversas ediciones, como hemos señalado. La última, espléndida, por cierto, la mencionada del catedrático jiennense. Empero hace falta dar un paso más y hacer una nueva edición al alcance de todos, para que pueda estar en la biblioteca particular de cada andaluz, que sienta interés por un tema tan preferido en lo que atañe a la realidad lingüística andaluza. Porque en este sabio tratado lexicográfico se refleja el vocabulario con aires campestres, aromados por el mastranto y el tomillo, enriquecido con voces y giros del pródigo veduño popular; esa lengua española manifestada en hablas en las campiñas de Córdoba y Sevilla, en la serranía rondeña, en los olivares de Jaén, en los caminos de la Alpujarra, bajo las parraleras de Almería, en las minas de Huelva o en las bahías de Málaga y Cádiz; unas hablas que huelen a hierbabuena, a mejorana y a romero; a uvas (albillas, dombuenas, de corazón, de cabrito, moscateles, baladíes, lairenes, pedrojiménez, negras y de otros linajes o vidueños), a manzanilla sanluqueña y a vino Jerez o Montilla-Moriles; a aceitunas gordales, hojiblancas, picuales, picudas, reinas y a verdeo; a alcauciles y espárragos trigueros; a orégano y pajarillas; a arropes y gajorros; a remojón y salmorejo, que son más naturales y castizas que cualquier otro dialecto, habla o hablas por mucho donaire o viveza que tengan.

EL 'bizarro folclorista andaluz', como lo llamó el decano de los folcloristas españoles, Rodríguez Marín, hablaba con admiración de los andalucismos, espigados por la buena siembra en la obra valeriana, distinguida por la esencia andaluza que la informa en la sinceridad, gracia fina y gran expresividad. Le gustaba a don Antonio Alcalá lo natural, lo espontáneo, la solera, lo que muchas veces ha oído ponderar por sus propios labios; huía lo mismo de novedades, pomposidades y altisonancias del lenguaje huero como de lo que es rebuscado, chabacano o falsamente popular. Y señalaba, citando a Valera, que a algo a modo de festín llaman en Andalucía 'pipiripao'; de ahí que, cuando el Comendador Mendoza pidió a la chacha Ramoncica que, en el pipiripao que en su honor se celebrase, hubiese economía, la pobre chacha se devanaba los sesos por no saber qué fuese economía ni como había de servírsela en la mesa. Rafaela, la criada, tras mucho cavilar, hubo de decírselo: «Señora, ¿qué ha de ser? ¿'Ajorro'!». 'Ajorro'; con la aspirada faríngea, ligeramente sonora, tan arraigada en la pronunciación de tantos andaluces.

LAS hablas andaluzas -una vez aprobada, por unanimidad, en el Congreso la reforma del Estatuto, gracias al acuerdo entre PSOE, PP e IU-, deben recibir más atención en los programas de la asignatura de Lengua Española tanto en la ESO como en el Bachillerato, de manera que sus principales características y peculiaridades sean estudiadas y los alumnos de este último nivel se inicien en el conocimiento de aspectos básicos de su historia. En lo que se refiere a la Universidad, la presencia de asignaturas obligatorias y optativas relacionadas con las hablas de Andalucía y con el español de América (y en cuyos contenidos deben estar presentes las obras lexicográficas mencionadas, especialmente el VA) no sólo debe circunscribirse a la titulación de Filología Hispánica, sino a otras como Humanidades, Filología Inglesa o Periodismo. Quizá sea el mejor homenaje que se le pueda hacer no sólo al autor del 'Vocabulario andaluz', 'De la solera fina' y 'La buena simiente', sino también a otros estudiosos, como los recordados y admirados Manuel Alvar y Antonio Llorente, y a todos aquellos investigadores, de ayer y de hoy, cuyos textos y obra tanto nos pueden aportar en la didáctica de nuestra modalidad lingüística. Dicho queda en la memoria de Antonio Alcalá Venceslada, el padre de la lexicografía andaluza.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos