20 kilómetros de oro

Paquillo Fernández inaugura el medallero al renovar su título europeo en marcha con un recital

FERNANDO MARIÑA | GOTEMBURGO
20 kilómetros de oro/
20 kilómetros de oro

Fue una exhibición. Un derroche de facultades. Físicas, psicológicas y, por supuesto, técnicas. Paquillo Fernández, el atleta español del momento, la apuesta segura, renovó su título europeo en Gotemburgo. El marchador de Guadix, 29 años, no encontró rival. Se despidió de ellos en el primer kilómetro, prácticamente saliendo del estadio, y los esperó en la meta después de una hora, 19 minutos y 9 segundos.

Paquillo dio la sensación de ser inmune a cualquier agente externo. Compitió contra él mismo. Marcó sus parciales y con ello le sobró. Primero caminó a cuatro minutos el kilómetro –«un ritmo asequible», se extrañó–, hasta llegar al quinto (20.11) con un colchón de once segundos. No era una marcha desmesurada, pero Paquillo pesa mucho en el concierto internacional. «Yo creo que mis rivales me tienen mucho respeto y por eso me han dejado ir nada más empezar», reflexionó. Y está lleno de razón. El resto de rivales decidieron marcar una raya y hacer una carrera aparte.

Porque Paquillo está en otra órbita. Siempre ha sido un gran marchador, pero desde que se puso en las manos de Robert Korzeniowski, el polaco invencible, el mejor de la historia, ha ascendido a la categoría de estrella. Su nuevo entrenador cogió el testigo del difunto Manuel Alcalde y lo transformó en una máquina casi perfecta. Esta vez cerró su paseo sin nulos.

El andaluz, cada vez más laureado, no ha parado desde que está con Korzeniowski. Su maleta se abre y se cierra cada dos por tres. Esta temporada se ha movido, fundamentalmente, por un triángulo. Ifrane, el cuartel general de Hichan El Guerrouj, a 1.650 metros de altitud, junto a las montañas de Mischliffen, fue el punto de partida de su preparación. Después Guadix, su tierra del alma, por las carreteras donde se hizo marchador, bebiendo el agua procedente de las cumbres de Sierra Nevada. Y al final, Spava, a 100 kilómetros de Varsovia, territorio Korzeniowski.

En este triángulo se empapó de los conocimientos de su entrenador, se concienció de sus posibilidades y cargó el depósito para triunfar en sus dos objetivos del año. Primero, la Copa del Mundo de La Coruña, donde venció ante Jefferson Pérez, el rival que mejor ha sabido encontrar los puntos débiles de Paquillo. Y después, los Campeonatos de Europa, donde ha retenido su trono después de su marcha triunfal por las calles de Gotemburgo, chafando adoquines, tranvía va, tranvía viene, bajo una fina lluvia, bebiendo de las botellas que le tendía Montse Pastor, la viuda de Manuel Alcalde.

«He disfrutado mucho. Hoy creo que hubiera ganado a cualquiera que se hubiera puesto por medio», indicó Paquillo. «¿Incluido Jefferson Pérez?», le preguntaron. «Sí. A él ya le gané en La Coruña».

Paquillo se sentía enorme, descomunal, acercándose cada vez más al mito de Fermín Cacho, la leyenda, el campeón olímpico de 1.500. El número de medallas al aire libre, de momento, ya es idéntico: seis. Y el granadino, además, no se pone topes, sonríe ufano y deja caer su reto. «Después de los Juegos Olímpicos de Pekín me pasaré a los 50 kilómetros y quién sabe si en los Europeos de Barcelona doblaré, haré las dos especialidades».

Molina, descalificado

El festival de Paquillo se tornó en drama en el caso de Juanma Molina. El ciezano, bronce en los Mundiales de Helsinki hace un año, marchaba en el grupo que iba a 1.15 de Paquillo en el kilómetro 15. El ruso Valeriy Borchin, que el 31 de mayo concluyó un año de sanción por dopaje, ya se había escapado. Era el momento de ir a por él o intentar asegurar el bronce ante el portugués Vieria (fue tercero con récord nacional) y el ruso Burayev. Arriesgó y perdió. Y se derrumbó. La señal de la cruz y las manos a la cabeza. Lamentación. Molina trató de explicar lo que pasa por la cabeza de un marchador cuando se deciden las medallas. «Estás al máximo y tienes que controlar lo técnico, lo físico y lo sicológico. Es difícil. A mitad de la prueba había pasado por un bache, pero ya había recuperado la fe y me iba a por el ruso. Pero de repente te llega el mazazo. Me ha dolido mucho», explicó antes de marcharse cabizbajo, colocándose las gafas de sol para ocultar sus lágrimas.