Este contenido es exclusivo para suscriptores

¿Quieres una experiencia sin límites y con servicios exclusivos?

logo-correo-on2.svg
Acceso ilimitadoApp para smartphone y tabletContenido extraNewsletters exclusivasClub del suscriptor

La perversión del poder

Hoy, el poder democrático, que corresponde al pueblo, se ha ido trasladando a otras estructuras de decisión diferentes

JUAN SANTAELLAGRANADA

Muy pronto se inicia en nuestro país un amplio proceso electoral, que comenzará en Andalucía el 2 de diciembre. Después vendrán las europeas, autonómicas, municipales y generales. La democracia liberal, aunque es muy sencilla, cuesta trabajo desarrollarla. Se basa en la separación de poderes y en la igualdad política de todos los ciudadanos, cuyos derechos han de ser respetados, así como su participación en la acción política. Pero desde hace algún tiempo, muchos de esos fundamentos se resquebrajan: es difícil aplicar la división de poderes, pues el poder de los partidos, el de los jueces o el de otras instancias se hace cada día más patente. Junto a ello, va aumentando el enfrentamiento político que deriva en ingobernabilidad. Además, el tema se recrudece cuando el poder, en lugar de estar en las instituciones, se desplaza a los que controlan los mercados y los centros de poder económico. Por ello, los gobernantes pierden más atribuciones, y los ciudadanos confían menos en el sistema.

Hoy, en España, el poder democrático, que corresponde al pueblo, se ha trasladado a las estructuras de poder de los partidos, siendo éstos los que establecen las listas electores y, más tarde, a través del Parlamento, los que nombran al Tribunal Constitucional, al Consejo General del Poder Judicial, al Defensor del Pueblo, al Consejo de Estado, a los responsables de las televisiones y medios de comunicación públicos, a los miembros del Banco de España, a la Cámara de Cuentas... Es necesario un sistema de designación de responsables de las instituciones públicas que esté basado en el mérito y en la capacidad, como se pretende hacer en RTVE, para que se pueda fiscalizar con rigor al poder económico, para que se designen órganos de control independientes y libres, para que los concursos en empresas y organismos públicos se resuelvan con equidad y transparencia...

En otras ocasiones, la democracia termina dependiendo de otro poder: el de los jueces. En Brasil, por ejemplo, la magistratura, como está ocurriendo en gran parte de Sudamérica, está incidiendo, excesivamente, en la vida política pues, como decía, recientemente, Felipe González, «cuando se judicializan los procesos, irremediablemente la justicia acaba politizándose, lo cual conduce al gobierno de los jueces». Esto mismo es lo que ha ocurrido en Cataluña: la progresiva ausencia del Estado allí, ha colocado a la justicia en el centro del debate político. Debido a ello, ésta se ve hoy sometida a toda clase de insidias y descalificaciones, politizada como está por la despolitización de los políticos, no solo en el tema de Cataluña sino también en otros muchos asuntos como la violencia de género o la corrupción política y administrativa.

Además de esa perversión del poder, el debate político se ha embrutecido y degradado. Las descalificaciones que los grupos políticos se lanzan en el Parlamento han superado la línea de lo permisible. Hoy no se puede discutir el Presupuesto ni otras muchas leyes, porque se buscan atajos para impedirlo. La polarización política actual, agitada por determinados medios y por las redes sociales, está sirviendo para minar aún más la democracia. La ausencia de reflexión política es indignante. Fernando Vallespín nos recuerda que Clara Campoamor, desde el exilio en Lausanne, elogiaba de Julián Besteiro su «reciedumbre moral y su elegancia espiritual». ¿Dónde aparecen, hoy, en nuestro Parlamento tales virtudes? Sin altura moral, no sería extraño que surgiera entre nosotros un Bolsonaro. En Cataluña, ya lo tenemos

Contenido Patrocinado

Fotos