«No reabrimos heridas porque siguen abiertas»

Rosalía Jiménez, junto al memorial del Cementerio de San José que recuerda las víctimas del franquismo./Ramón L. Pérez
Rosalía Jiménez, junto al memorial del Cementerio de San José que recuerda las víctimas del franquismo. / Ramón L. Pérez

«No perdono, siento temor porque vuelvan. Me conformaría con que alguien pidiera perdón por esos crímenes»

Carlos Morán
CARLOS MORÁN

El asesinato de Rosalía Moyano Ariza fue una demostración de crueldad que hoy, 83 años después, todavía espanta. La tarde del 25 de septiembre de 1936, en plena Guerra Civil, un grupo de hombres armados llamó a la puerta de su casa en la pequeña localidad granadina de Escóznar. Buscaban a su marido, pero no estaba. Había escapado a Guadix cuando supo que los franquistas le pisaban los talones. A pesar de ello, los intrusos registraron la vivienda. No dejaron ningún rincón sin rastrear. Ni siquiera el pozo ciego, el agujero excavado en el suelo que antaño servía para recoger las aguas fecales. Pero los golpistas no se mancharon. Anudaron una cuerda a Rosalía y la bajaron al fétido boquete con un candil en la mano. «La utilizaron de linterna para ver si estaba allí mi abuelo», recuerda Rosalía Jiménez Rueda (Armilla, 1962), nieta de Rosalía Moyano, las últimas horas de la infortunada mujer.

Cuando sus verdugos recogieron la cuerda y la devolvieron a la superficie, Rosalía se estaba orinando de miedo y corrió para no hacérselo encima. Todo eso ocurrió en presencia de su hija María, de solo diez años, y Antonio, de ocho.

Los uniformados se marcharon con la misma hosca brutalidad que habían llegado. Quizá en aquel momento Rosalía pensó que no volverían y sintió alivio. Se equivocó. Al anochecer regresaron y la prendieron. Sus niños se agarraron a su falda para que no se la llevaran. Los chiquillos gritaban y ella solo lloraba. Junto al camión que habría de llevarla al paredón, un soldado separó de un culatazo a los niños de su madre. En el remolque iban dos mujeres más y seis varones. Rosalía fue fusilada el 26 de septiembre de 1936 en las tapias del cementerio de Granada. De aquella ejecución sumaria no quedó ningún rastro, ningún papel, nada. Sus asesinos quisieron borrar para siempre la huella de Rosalía, que fuera como si nunca hubiera existido. No lo lograron. Su hija María, que ya tiene 94 años y fue testigo de la violenta detención de su madre, y su nieta Rosalía no olvidan. Ni perdonan. «No reabrimos heridas porque las heridas están abiertas», afirma Rosalía.

-¿Qué le pasó a su abuela?

-Lo peor que le podía pasar a cualquier persona. El día 25 de septiembre de 1936 llegaron por la tarde buscando a mi abuelo Gabriel. Pusieron toda la casa patas arriba, pero mi abuelo ya se había ido a la otra zona, a la zona roja, a Guadix. Es que estaba en peligro. Era socialista y creo que estaba en el sindicato de la construcción. Supongo que alguien le avisaría cuando empezó la guerra y se fue a Guadix.

-¿Quién estaba con Rosalía?

-María, mi madre, que tenía diez años, y mi tío Antonio, que tenía ocho.

-Y ellos iban a por su abuelo Gabriel.

-Eso es. Lo buscaron por todos los sitios y, como no lo encontraron, cogieron a mi madre, la ataron una cuerda y la bajaron al pozo ciego, donde iban los deshechos, con un candil como haciendo de linterna para mirar por allí. Pasó tanto miedo que, cuando la sacaron, se fue directa a orinar. Y corrieron detrás de ella porque se creían que iba a avisar a mi abuelo. Pero la dejaron y luego se fueron. Mi abuela tenía entonces 36 años. Esa misma tarde volvieron otra vez y ya se le llevaron.

-¿Por qué se la llevaron?

-Por nada. Se la llevaron porque no encontraron a mi abuelo. Esa noche se llevaron a nueve de Escóznar. Tres eran mujeres: mi abuela Rosalía, su comadre y 'la Nica', cuyo 'delito' fue disfrazarse de cura durante el carnaval. El que denunció a todos fue el alcalde. Fue un drama. La misma madrugada del 26 de septiembre ya llegaron las noticias de que los habían fusilado en las tapias del Cementerio de San José. En el pueblo, según me ha contado mi madre, no dormía nadie. Es que era un pueblo muy pequeño y se llevaron a nueve, tres de ellos de la misma familia.

-¿Saben dónde están los restos de Rosalía?

-Creemos que están en las tapias del cementerio, pero no nos han dado ninguna esperanza de que se puedan recuperar. La única fosa que parece ser que no se ha abierto es porque hay nichos encima. Pero aunque se pudiera nos han dicho que no hay nada, que en los años sesenta se destruyeron todos los huesos que había allí. No tenemos esperanza. Con todo, hay un banco de ADN y mi madre está dispuesta a que le recojan muestras. Pero, vamos, lo que queremos es que pongan su nombre en el cartel que hay en las tapias del cementerio. Es que ahora mismo mi abuela no existe oficialmente.

-¿Qué hizo su abuelo?

-Cuando se enteró de que habían fusilado a su mujer, quiso venirse a Escóznar porque tenía aquí a sus dos hijos, pero sus compañeros no le dejaron. 'Como vayas tus hijos se van a quedar sin padre y sin madre', le dijeron sus compañeros. Ya acabada la guerra vino andando desde Guadix a Escóznar, pasó por un registro y le dijeron: 'Vete con tus hijos'. Al poco tiempo, claro, vendieron la casa y se fueron de allí, se fueron a Láchar.

-¿Cómo sobrellevó la familia la dictadura franquista?

-Jamás hablaron de Rosalía. El dolor lo tenían por dentro, pero no hablaban de ella porque las paredes oían. Mi madre empezó a hablar cuando se aprobó la Ley de Memoria Histórica en tiempos de Zapatero. Y ahí empecé yo a ahondar más. No ha olvidado nada. Siempre me cuenta lo mismo sin dejarse un detalle.

-¿Y qué le cuenta?

-Que recuerda a mí abuela Rosalía con su vestido marrón y florecillas rojas. Recuerda que ese vestido estaba rozado porque eran pobres. Y recuerda su moño rubio y una mecha blanca que tenía de nacimiento. También que mi abuela era chiquitilla y muy trabajadora.

-¿Hay quien dice que están empeñados en reabrir heridas?

-Cuando le digo eso a mí madre dice: «No reabrimos heridas porque están abiertas». Mi madre todavía sueña que se pone delante de los soldados para que no se lleven a mi abuela. Le robaron su infancia por completo. Tuvo que hacerse mujer de golpe.

-¿Ustedes perdonan?

-Yo no perdono. A mi madre le hicieron sufrir mucho. Siento temor porque vuelvan. Me conformaría con que alguien pidiera perdón por esos crímenes.