Navidad, Navidad; dulce Navidad...

Los dulces son un producto típico de Navidad./FOTOLIA
Los dulces son un producto típico de Navidad. / FOTOLIA

Da lo mismo que sigamos convencidos de que solo existen cuatro sabores básicos, que nos creamos capaces de haber identificado el quinto -el llamado 'umami'- o incluso el sexto, el graso. Porque el sabor de la Navidad es y será, por siempre jamás, el dulce. Aunque esa es una generalización muy aventurada y para algunas personas, la Navidad es amarga...

POR JESÚS LENSGRANADA

Es cierto. También puede ser ácida. Por ejemplo, para seres como el Lench, que no pierde oportunidad de meter sus pullas y poner a prueba la capacidad de resistencia del espíritu de la Navidad. Aunque, si nos ponemos, también puede ser 'salaílla', para gente con sentido del humor, ¿no les parece?

En cualquier caso, el dulce es el sabor más identificable de estas fechas. Pensemos, por ejemplo, en la estepa. Si a un ruso se le mienta la estepa, ¿qué imagen se le representa? Yo juraría que una muy fría, a caballo entre Siberia y los novelones de Tolstoi o Dostoyevski. A nosotros, sin embargo, nos hablan de estepa y automáticamente la traducimos en mantecados, polvorones, alfajores o roscos de vino.

Sé que hablar de estos productos es arriesgado y que puede disparar los índices de hiperglucemia hasta niveles peligrosos, pero tengo yo la culpa de que empezaran ustedes con la ingesta de dulces navideños allá por el puente de la Inmaculada Constitución -si no antes- con la excusa de montar el Belén.

«Tenemos mantecados de Casa Pasteles». ¡Qué tire la primera tableta de turrón de Alicante, duro como el pedernal, el granadino que, al ver semejante reclamo, no cede a la tentación, aunque sea en el puente del Pilar. Les confieso que le tengo un especial cariño a una de las cafeterías más emblemáticas de Granada desde que, cuando hacía la prestación social sustitutoria al servicio militar, iba a visitar a un hombre mayor del Albaicín que vivía solo.

Quedábamos en su casa, comprobaba que se encontraba bien, charlábamos unos minutos y, de inmediato, se empeñaba en que saliéramos a tomar café. Vivía cerca de plaza Larga, así que el destino era, invariablemente, Casa Pasteles. En aquella época yo solía comer en otra casa famosa del barrio árabe de Granada, Casa Torcuato. Su menú del día era imbatible, incluyendo un suculento postre. Pero eso, a don Manuel, le daba igual. A mi café con leche siempre le añadía dos pasteles. «Porque los pasteles, como los huevos, siempre deben ir por pares», me decía todo serio y repeinado.

-¿Y usted?

-Yo ya no puedo comer pasteles, hijo. Por eso me gusta ver cómo los disfrutáis los jóvenes...

Yo, una vez, también fui joven. Ahora, sin embargo, ni huelo los pasteles y rehuyo del dulce, en general. Eso sí: cuando pillo un alijo de mantecados de Casa Pasteles, siempre me echo dos a la boca, en memoria de don Manuel.

Pero dejémonos de circunloquios y abrámonos en canal. Confesemos. ¿Cuáles son sus dulces de Navidad favoritos? Yo tengo dos debilidades, sin salir de los dominios de Casa Pasteles, -un descubrimiento reciente han sido sus mantecados bombón-: los alfajores y ese mantecado de aceite de oliva virgen extra, tan apegado a nuestro terruño.

Sobre el mantecado bombón solo puedo decir una cosa: no es ni reiterativo, ni empalagoso, ni excesivo. Se trata de un mantecado de almendra al que se le añade cacao y, después, se baña en una cubierta de chocolate. El primer bocado hace crujir esa primera capa exterior y el resto se deshace en la boca. Ambrosía pura.

¿Y los alfajores? Son bocados con historia, que sus antecedentes más lejanos datan del siglo X, de Al Ándalus. Los cita Elio Antonio de Lebrija en su diccionario latino-español y aparecen reflejados en el Guzmán de Aznalfarache, una novela picaresca que acredita su gran popularidad. Tanta que fueron de los primeros alimentos en viajar a América, por lo que no es de extrañar que arraigaran en la gastronomía sudamericana, aunque con notables diferencias respecto a sus homónimos hispanos.

En Argentina y Uruguay se hacen con dulce de leche y, personalmente, sí que me parecen empalagosos. Me gustan los nuestros, esa mezcla de frutos secos -almendra y avellana o nuez- el toque de miel o almíbar y la capa de azúcar. Me gustan por el sabor, por supuesto, pero también por lo que suponen como alianza de civilizaciones. Que el paladar puede unir tanto o más que las ideas.

-Si hablas de dulces navideños, no puedes soslayar una de las cuestiones más polémicas de estas fechas. Sin obviar lo 'mollúo' que te vas a poner como sigas entre polvorones y turrón, que de tu desmedida pasión por el crujiente turrón de chocolate Suchard no has dicho ni 'mu'...

Sé a lo que se refiere mi otro yo, ese Lench tan desagradable: el Roscón de Reyes. ¿Tradicional, con nata o con chocolate? Aquí, llámenme viejuno, soy tradicionalista: me gusta el Roscón a pelo. Ese Roscón que, al mojarlo en el café, te vacía media taza del tirón.

Me pasa lo mismo con la Torta de la Virgen. Si a los dulces de un día especial y señalado les añades nata o chocolate los conviertes en algo parecido a los dulces de diario y pierden su gracia y originalidad. Así que el Roscón, aunque parezca 'basturrón' y 'secorro', sin folletaícas, por favor. Y con muchas sorpresas, para que haya diversión y cachondeo al compartirlo.

-Vale, pero sigues soslayando otro tema, también polémico, cuando hablamos del Roscón...

¡Cierto! Les confesaré que a mí, me gusta. ¡La fruta escarchada, sí! Soy un facilón y me la como toda, incluida la verde, pero si puedo elegir, tiro por las guindas y por la naranja amarga, que me gustan los sabores más agridulces.

Llegados a este punto, nos quedaría hablar de la Cuajada de Carnaval, esa que se hace con los restos de los dulces de Navidad, pero me resultaría casi tan pecaminoso como, a estas alturas del año, empezar a pensar en la Olla de San Antón.