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Rosario Guerrero Blanco, primera matrona de la Comandancia de la Guardia Civil de Granada. Pepe Marín

La mujer de los mil cacheos

Rosario es la última matrona de la Comandancia de Granada, una figura creada cuando no había mujeres en el cuerpo; ahora la han reconocido por su labor durante casi 40 años

Laura Velasco

Granada

Sábado, 15 de noviembre 2025, 23:40

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Rosario no se ha olvidado de esa joven madre y su bebé de pocos meses de edad. «Tengo su imagen grabada. Si eres un poco humana, eso te impacta, te conmueve», dice mientras mira al suelo, rememorando aquella escena, a priori una más de tantas, que le tocó vivir en el Aeropuerto Adolfo Suárez-Madrid Barajas. Aquella chica había viajado en avión y había escondido droga en el pañal del niño. «Estuve toda la noche con ella. No tenía ni para darle leche, bajé a la farmacia a comprarle. Esa humanidad la aprendí de la Guardia Civil», reconoce la sevillana. Ella nunca ha llevado un tricornio. No es agente, pero conoce el cuerpo como la palma de su mano. Es la última matrona de la Comandancia de Granada, una figura muy desconocida por la sociedad que aportó -y aporta- un gran valor: «Fuimos las primeras mujeres de la Guardia Civil».

Las primeras matronas eran hijas huérfanas o viudas de guardias. A lo largo del siglo XX cumplieron una función primordial: realizaban registros corporales a féminas cuando no había mujeres dentro del cuerpo para llevarlos a cabo -ya que aún no estaba permitido-. Fueron ubicadas en aeropuertos y puestos fronterizos terrestres.

Cuando Pilar Guerrero Blanco era una niña, aún desconocía lo que era ser matrona; estaba demasiado preocupada por seguir adelante. «A los 12 años me quedé sin madre y no había cumplido los 14 cuando falleció mi padre», cuenta con pesar, pero con entereza. Su progenitor era guardia civil, así que se había criado en un cuartel. Era, a todos los efectos, una hija del cuerpo, ese que se hizo cargo de ella y sus tres hermanos pequeños cuando la vida les propinó el golpe más duro.

Tiene la fecha bien grabada. El 20 de mayo de 1981 ingresó en el colegio de huérfanas de la Benemérita, situado en Valdemoro, en el mismo lugar donde se encuentra el colegio de guardias jóvenes Duque de Ahumada. «Puedo decir orgullosa que la Guardia Civil cuida de sus huérfanos, me dieron una educación», insiste. Allí transcurrió su adolescencia y juventud, hasta que finalizó los estudios obligatorios. Coincidió con que convocaron la primera oposición para matronas y no dudó en postularse. «Se me abrió el cielo», recuerda. Se presentaron 4.200 solicitudes para 69 plazas. Ella logró la número 23.

«Fuimos las primeras mujeres en la Guardia Civil que pisaron una academia militar; de hecho, hicimos instrucción. Eso sí, estábamos separadas de los guardias, no nos podíamos ni cruzar por el patio», cuenta. Estaban en un limbo. No tenían carácter militar, pero sí acceso a pabellón (vivienda). Al año siguiente a esa oposición, en 1988, se convocó la primera promoción de la Guardia Civil en la que las mujeres sí podían presentarse, pero tuvieron que pasar varios años para que llegaran a los aeropuertos, fronteras y puertos. Las matronas seguían siendo necesarias.

Rosario fue destinada al Aeropuerto de Madrid Barajas, donde realizó miles de cacheos durante años. «Conocíamos el cuerpo a nivel laboral y personal y sabíamos cómo trabajaban. Tomábamos la iniciativa y en el 98% de los casos no nos equivocábamos. Escondían droga en el sujetador, en suelas de zapato o impregnada en la ropa. He cogido de todo: cocaína, heroína, LSD, perlas, oro… Los cacheos los hacíamos, siempre, con mucho respeto. Nos tocaban, incluso, otras funciones que no nos correspondían. He custodiado a muchos detenidos y he pasado noches enteras con mujeres para que expulsaran bolas de droga», manifiesta. El servicio de sanidad era el encargado de hacerle radiografías a los sospechosos/as.

«Estábamos saliendo del cascarón»

Era una España muy diferente a la actual, en la que la mujer, admite, tenía que demostrar su valía constantemente. La Benemérita era un mundo de hombres en el que había que hacerse hueco. «No podías permitir que te vieran débil, aquellos años fueron una aventura, aunque he de decir que siempre he tenido compañeros y jefes excelentes. Hay que tener en cuenta que en aquella época la mujer empezó a liberarse, a ocupar puestos directivos en empresas, los movimientos feministas comenzaban a hacerse notar. Estábamos saliendo del cascarón e intentando lograr la igualdad», sentencia.

En 1990 se reguló el régimen de matronas que aún prestaban servicio y pasaron a ser funcionariado de la Administración General del Estado. Sus plazas iban a ser amortizadas progresivamente hasta su desaparición. Fue en 1999 cuando pasaron a ser funcionarias civiles y cambió su labor: comenzaron a realizar labores administrativas. Por aquella época, Rosario ya se había enamorado de un guardia civil al que conoció en un corto periodo de tiempo que pasó trabajando en Melilla. Acabaron comprándose una casa en Granada, la tierra natal de él, y ella pasó destinada a la Comandancia provincial, donde tuvo que reinventarse. «He hecho de todo: mandar correos electrónicos, preparar oficios y cartas, gestionar la licitación de la cafetería o compras relacionadas con el material. Me ayudó tener formación de auxiliar administrativo», cuenta.

En 2010 le propusieron trasladarse al área de ayudantía, donde actualmente desempeña su función. Depende directamente del coronel y gestiona su agenda y un sinfín de tareas administrativas más. «Intento que lo que hago sea especial, no para que me reconozcan, sino porque me gusta mi trabajo», dice la sevillana. Pese a que ella no quiere palmaditas en la espalda, recibió una medalla del cuerpo durante el último acto del Día del Pilar. «No tengo palabras para expresar lo que sentí, solo espero poder contárselo algún día a mis nietos, si es que tengo», cuenta Rosario, de 59 años, que ya recibió otra medalla hace tiempo. Lleva 38 primaveras al servicio de la Benemérita y rodeada de guardias: lo son su padre, su marido, dos de sus hermanos y uno de sus hijos. Una mujer que sabe lo que es sufrir y volver a empezar, y que estará eternamente agradecida a la Guardia Civil, a la que se lo debe todo.

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