Una moto cruza Alhóndiga, una madre grita

El repartidor tenía todos los elementos a su favor para ser odiado: conducía por una calle peatonal, demasiado rápido y en dirección contraria. Y, además, acababa de atropellar a un niño

Zona de la calle Alhóndiga donde sucedió el accidente/ Foto de Archivo
Zona de la calle Alhóndiga donde sucedió el accidente / Foto de Archivo
JOSÉ E. CABRERO

El grito de la madre empezó unos segundos antes de que la moto chocara con la cabeza de su hijo. El grito, no cualquier grito, nos rompió a todos el alma. Al niño, gracias a Dios, no le pasó nada. Un leve rasguño en la frente que se curó cuando el médico le dio uno de esos palos para la garganta que parecen arrancados de un polo del verano. A los demás el rasguño nos dura más. Quizás dure tanto como un lunar en la piel, como uno de esos recuerdos que cuanto más borras, más recuerdas. Un recuerdo que temes tanto como agradeces porque, al final, no pasó nada.

Como les decía, el grito de la madre sólo ocupó tres segundos de la noche del 23 de diciembre -si les parece poco tiempo, es que no han escuchado nunca a una madre gritar su miedo-. La moto circulaba en dirección contraria por Alhóndiga, en la zona peatonal que arranca en Recogidas. Y circulaba demasiado rápido. Supongo que tendría prisa por entregar la pizza que portaba en la maleta. Los niños, desairados, saltaban de loseta en loseta, disfrutando de una tranquila velada entre amigos. Entonces sucedió todo en tres segundos: el grito, el insuficiente frenazo de la moto que golpea la cabeza del niño y los padres que corren sin aire en los pulmones.

"Cualquier cosa me hubiera valido para soltarle un puñetazo en la cara"

Por un momento deseé que el repartidor se pusiera chulo, en plan “la culpa es de sus hijos” o “a mí no me toquéis los huevos, que estoy trabajando”. Cualquier cosa me hubiera valido para soltarle un puñetazo en la cara. Sin embargo, sus ojos, enmarcados entre el casco y el flequillo de veinteañero primerizo, eran puro dolor. El chaval se apartó, se interesó por el chiquillo y luego señaló la matrícula, como diciendo “haced lo que tengáis que hacer”. Dejó su teléfono y, cuando vio que nos íbamos hacia urgencias a pie, con el niño herido en brazos, se marchó caminando, con la moto a rastras.

Sí, el repartidor tenía todos los elementos a su favor para ser odiado: conducía por una calle peatonal, demasiado rápido y en dirección contraria. Pero hubo algo en su forma de ser, estar y -sobre todo- padecer, que transmitió algo muy profundo. Muy humano. Muy trágico. ¿Cuántas noches habría pasado por Alhóndiga para conseguir llegar a tiempo y cumplir su -precario- trabajo? ¿Cuántas noches cruzará los dedos para que no pase ninguna desgracia? ¿Cuántas noches tardará en superar la vez en que golpeó a un niño en la mitad peatonal de Alhóndiga? De repente, su dolor también se hizo palpable.

¿Disculpo lo que hizo? No, claro. Se equivocó. Pero, tal vez, lo pueda llegar a entender.

Esa madrugada, por cierto, cuando terminó su turno, llamó a los padres del niño. Pidió perdón otra vez. Se alegró de saber que estaba sano. Y deseó una Feliz Navidad.

Qué difícil querer odiar tanto.

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